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23-5-1809. BATALLA DE ALCAÑIZ

Organizado en Tortosa el llamado Segundo ejército de la Derecha o de Aragón y Valencia, de cuyo mando se encargó el general D. Joaquín Blake, salió éste de dicho punto el 7 de mayo, en cuanto supo habían disminuido considerablemente las fuerzas enemigas que ocupaban el primero de dichos reinos, y tomando la dirección de Zaragoza con unos 9.000 hombres (500 de caballería), obligó el 18 a la división francesa del general Laval a evacuar a Alcañiz. El general Suchet , que acababa de tomar el mando del III Cuerpo, mandado antes por Junot, tuvo noticia de ello en Zaragoza el 20, y deseando escarmentar a Blake, salió sin pérdida de tiempo de la capital con casi toda la Segunda división, marchando a reforzar a la Primera, que era la de Laval, concentrada en las alturas de Híjar, reuniendo entre ambos 10.000 infantes y 800 caballos. Los españoles habían tomado posiciones en las alturas inmediatas a Alcañiz, ocupando el cerro de los Pueyos de Fórnoles, en la derecha, el general Areizaga; el cerro de las Horcas, en el centro, Blake y su segundo el marqués de Lazán, con casi toda la artillería, a cargo del brigadier del arma D. Martín García Loigorri, y la izquierda, apoyada en el cerro o cabezo de Perdiguer, el general Roca. A la izquierda de éste, y un poco avanzado, se situó el coronel don Martín González de Menchaca, con la caballería y su columna, al abrigo de unos olivares.

A las seis de la mañana del 23 apareció el enemigo por los caminos de Zaragoza y de Samper, retirándose, a su aproximación, la vanguardia española que regía D. Pedro de Tejada. Los franceses atacaron primeramente nuestra derecha, sobre la que se dirigieron, precedidas de fuertes guerrillas, dos columnas, una de frente y la otra hacia la cañada que había en su flanco, con ánimo de envolverla; mas fueron rechazados fácilmente, replegándose con orden y algunas pérdidas, perseguidos por las tropas de Areizaga. Pareciendo que el enemigo persistía en su intento, ordenó entonces Blake que la columna de Menchaca y la caballería hiciesen una diversión por el centro y cargasen de flanco a los contrarios, si intentaban un segundo ataque a los Pueyos, como sucedió efectivamente, avanzando de nuevo los franceses con su acostumbrada bizarría. Trató de acometerlos en aquel momento la caballería española; pero algo desordenada por las descargas de los infantes situados en la falda del cerro del Portel, de las que cayó herido su jefe el brigadier D. Miguel Ibarrola, salió al encuentro de nuestros jinetes la caballería imperial, muy superior en número y calidad, y no pudiendo resistir la carga, retrocedieron aquellos al abrigo de los infantes de Menchaca, replegándose unos y otros ordenadamente a la línea de batalla bajo la protección de las tropas de la derecha. Los enemigos acometieron ya sin obstáculo alguno, con la mayor decisión; pero todos sus esfuerzos se estrellaron contra la firmeza de los soldados de Areizaga, en su mayor parte aragoneses, que por segunda vez los escarmentaron, obligándolos a desistir definitivamente de su empresa.

A pesar de este revés, no perdió Suchet la esperanza de conseguir el triunfo con que pensaba inaugurar su mando, y formando una gruesa columna de más de 2.000 hombres con las tropas que no habían tomado todavía parte en el combate, la lanzó, guiada por el valiente general Fabre, contra el centro de los españoles, mientras los demás cuerpos franceses amenazaban y tenían en jaque a las restantes tropas de las alas para que no acudiesen en auxilio de aquél. Arma al brazo, con gallardo continente y resuelto paso, avanzaron los imperiales por el llano, sin alterar un instante su correcta formación, a pesar del fuego de la artillería y de la infantería españolas, que se hacía más vivo y certero a medida que se iban aproximando; mas nada contiene la furia francesa y arrolladas las guerrillas caían ya los enemigos sobre el cerro de las Horcas, manifestando su confianza en la victoria por los hurras y entusiasmo que los animaba, cuando a pocos pasos de las piezas vacila la columna, se detiene y entrega momentos después a la fuga más desordenada. El fuego vivísimo de los infantes de Saboya, América y Valencia, y sobre todo el de metralla de la artillería española, brillantemente dirigida por el brigadier García Loigorri y servida con una firmeza, serenidad y sangre fría imponderables, había barrido materialmente las primeras fracciones de la columna y desbaratado las demás, dando la victoria a nuestras armas. Abandonaron los franceses por la noche el campo, en que dejaron unos 500 cadáveres, pudiendo por lo tanto suponer que se elevaron sus bajas a 1.500, sin que pasasen las nuestras de 300. Blake, con fundada prudencia, siendo su caballería escasa y floja, no se atrevió a perseguir a Suchet en su movimiento retrógrado hacia Zaragoza, adonde llegó el general francés el 30 con sus tropas bastante desmoralizadas (Cerca ya de Samper de Calarda, bastó el infundado grito de alarma de un tambor de que llegaban los españoles, para que echasen a correr los soldados franceses, particularmente los de la Primera división, que iba en cabeza, poseídos de pánico tal, que tiraban unos sobre otros, entrando en dicha villa revueltas y mezcladas todas las armas, y en la confusión más espantosa. Fusilado el tambor, detúvose dos días Suchet para restablecer algún tanto la disciplina, pudo así entrar en Zaragoza sin dar a conocer su vencimiento).

El brigadier García Loigorri, que se había distinguido ya notablemente en las derrotas de Llinás, de Molins de Rey y de Valls, obtuvo el 1 de junio siguiente, por su incontrastable denuedo y bizarría, el empleo de mariscal de campo, a los ocho meses de su ascenso a brigadier, y posteriormente la Cruz laureada de San Fernando (de cuarta clase), la primera que brilló en el uniforme del Cuerpo.

Por esta gloriosa batalla se creó en 14 de mayo de 1815 una Cruz de distinción, teniendo la forma de la de San Andrés. Sus brazos, esmaltados de rojo, rematan en un globito de oro; en su parte superior tiene una corona de laurel, y entre los brazos una llama de color de fuego y sangre, formando su centro un óvalo en campo blanco con la cifra Fernando VII en letras de oro, y alrededor del óvalo dorado con esta inscripción: Alcañiz. Se llevaba pendiente de una cinta roja.