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16-1-1809. Batalla de La Coruña.

El ejército británico al mando de Sir John Moore, después de la Convención de Cintra, penetro en España y estableció su cuartel general en Salamanca. Desde allí partió el 12 de diciembre por el camino de Valladolid, ansioso de auxiliar la capital del reino, más al tener noticia de que ésta había capitulado, varió de dirección en Toro y Benavente, para reunirse con otras fuerzas británicas que se hallaban en Astorga y con el marqués de La Romana que se encontraba en León, a donde se había retirado después de la derrota de Espinosa de los Monteros, y ver de batir al mariscal Soult. No le dio tiempo Napoleón de verificar su intento, pues el 21 de diciembre, cuando el general británico se hallaba aún en Sahagún, salió el Emperador de Madrid al frente de unos 60.000 hombres, franqueó la sierra del Guadarrama el 23, paso difícil y en aquella época comparable al de los Alpes, pernoctó la noche de Navidad en Villacastín y alcanzó Tordesillas el día 26. El día 1 de enero, después de abandonar la ciudad los británicos se hallaban reunidos ya en Astorga 80.000 franceses, de ellos 20.000 de Caballería. Los británicos, decididos a retirarse hacia Galicia y allí embarcarse en alguno de sus puertos, emprendieron la dura marcha por el puerto del Manzanal en la mañana del 31 de diciembre. Entretanto el marqués de La Romana marchaba por Fuentecebadón en dirección a Puebla de Tribes (Orense), arrastrando los restos de su nuevamente destrozada fuerza. La segunda División del marqués de La Romana había sido sorprendida por el general Franceschi el 29 en Mansilla de las Mulas, envolviendo al Regimiento de León, y obligándolo a rendirse quedarían en su poder 13 oficiales y 996 soldados, entre los muertos se hallaba el comandante D. Mariano Rojo. La primera División seria acometida por la caballería francesa al amanecer del día 1 de enero en Turienzo de los Caballeros. Dos batallones del Regimiento de Mallorca que el 30 de diciembre se habían sostenido durante siete horas de lucha y evasiones, cubriendo los vados del río Tiétar, rechazando cuatro veces con su vivo y certero fuego a los jinetes franceses, quedaron muertos sobre el campo al emprender la desordenada retirada a pesar del denuedo con que se defendieron. El Regimiento del Rey, envuelto de similar modo, hubo de rendirse y así logró salvar algunos oficiales y soldados con las banderas del regimiento.

Las tropas británicas destrozadas de similar modo, perdida por completo la disciplina y dando suelta a las más desenfrenadas pasiones, sin freno alguno, cometían toda clase de tropelías, siendo más temidas por los campesinos que las tropas de quienes eran declarados enemigos. Llegando a su colmo la insubordinación y el desconcierto con las penalidades de aquella precipitada marcha a que obligaba la proximidad del mariscal Soult enviado por Napoleón, desde Astorga con 25.000 hombres, tras de aquellas desenfrenadas huestes. Una Compañía de Mallorca al mando del teniente D. Santiago Otero hubo de tomar posición para hacer frente a otra inglesa que pretendía recuperar por la fuerza los bastimentos que se habían recogido a las vivanderas de su nación y que éstas adquirían por la rapiña y el fraude. Entrando a viva fuerza en las casas, robando y maltratando a los vecinos, abandonando armas, municiones y bagajes, y hasta enfermos y heridos, sacrificando caballos, y entregándose a la embriaguez y a la disolución más espantosa, pudieron, no obstante, llegar el 12 a La Coruña, considerablemente mermadas, por Villafranca, Lugo y Betanzos, dejando triste recuerdo en todos los pueblos del tránsito. Rehechos algún tanto los ingleses en los días 13 y 14, que empleó el enemigo para rehabilitar el puente de Burgo, cortado por aquellos, pudieron embarcar el 15 la impedimenta y pelear todavía honrosamente el 16 antes de abandonar la Península, encontrando gloriosa muerte en la batalla el bravo general Moore, quien derribado de su caballo mortalmente herido por una bala de cañón, falleció a las pocas horas, siendo enterrado al pié de los muros de La Coruña. Al llegar la noche se retiraron las tropas al recinto de la ciudad, embarcándose seguidamente con el orden más perfecto, ayudándoles los moradores con desinteresado celo.

Ver el trabajo de D. Manuel Rodríguez Maneiro sobre la Batalla de Elviņa