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La batalla de La Coruña, fue decisiva en una campaña vital

Por Cyril Falls. Ex-profesor de Historia de la Guerra, en la Universidad de Oxford.

 

El pueblo británico piensa en la campaña de La Coruña y en la batalla final como hechos gloriosos. Y tiene todo su derecho, ya que la Historia demostró que los efectos fueron favorables y realmente vitales. En aquel entonces la reacción inmediata fue la vergüenza y la ira. El Gobierno se tambaleó. Los contemporáneos, en su mayoría, consideraban el suceso de La Coruña, como un desastre peor que se consideró el de Dunkerque en nuestros días. En realidad, La Coruña proporcionó ventajas inestimables; Dunkerque, casi ninguna.  

La perspectiva era complicada. A fines de 1807 Napoleón había decidido cerrar los puertos portugueses al comercio británico. Podía mandar sus tropas a través de España, todavía su aliada, aunque sus intenciones le infundían muchas sospechas. Uno de sus generales, Junot, empujaba directamente hacia Lisboa y obligó al Gobierno portugués a refugiarse en la flota británica.    

El glorioso Dos de Mayo

Gran Bretaña procedió con rapidez. Fuerzas al mando de Sir Arthur Wellesley, futuro Duque de Wellington, desembarcaron al Norte de Lisboa y el 21 de agosto de 1808 derrotaban a Junot en Vimeiro. Mientras tanto, Napoleón había traído más tropas a España. Había secuestrado a la familia real española y había determinado hacer de España un satélite francés. El 2 de mayo de 1808, el glorioso Dos de Mayo, un levantamiento contra la guarnición francesa fue ahogado en sangre, pero sirvió de señal de la resistencia española frente a Napoleón.

Gran Bretaña actuó una vez más. El Gobierno decidió que el ejército victorioso en Portugal, considerablemente reforzado desde la metrópoli, partiera en ayuda de los españoles. Wellesley regresó a Inglaterra. El 6 de octubre, Sir John Moore asumía el mando.

Napoleón actuó también. Espoleado por la furia más intensa de su vida a causa del ominoso desastre francés en Bailén, el mes de julio, en el que un ejército completo se rindió a los victoriosos españoles, había empezado a introducir fuerzas a través de los Pirineos, y él mismo llegó a España, pisando los talones a las últimas, el 5 de noviembre. Su plan no era solamente recuperar Madrid, de donde había huido su hermano José, el Rey pelele, sino vencer toda la oposición y someter España tan completamente al mando francés, que pudiera despreocuparse de ella en el futuro. Iba a utilizar unos 250.000 hombres para conseguirlo, incluyendo este número fuerzas que ya se hallaban en España.  

Frente a fuerzas numéricamente muy superiores

Este número era superior al doble de las fuerzas que España podía poner en el campo de batalla. Además, el ejército español, a pesar de su ardiente valor, carecía en alto grado de víveres, armas, caballos y transportes, así como de abrigos para una campaña de invierno y, en ocasiones, también carecía de calzado. El país había llegado virtualmente a causa de la actuación del notorio favorito Manuel Godoy.  

Parecía que Moore podría hacer poco para nivelar la balanza. Sus fuerzas, aun después de habérseles unido una división que había desembarcado en Coruña, no excedería de 30.000 hombres. El mismo, sin embargo, no se daba cuenta del volumen de la diferencia, por no tener conocimiento exacto de la fuerza francesa. Había de avanzar en la dirección nordeste por Salamanca y Valladolid, recoger la fuerza que al mando de Baird debía desembarcar en Coruña y unirse con los españoles.  

Moore decidió avanzar con objeto de alejar la presión de los franceses sobre Madrid, y dio contraorden a Baird sobre su propia retirada. Permaneció agresivo incluso cuando se enteró de que Madrid había caído. Invadiendo al menos las comunicaciones de Napoleón podría ayudar a los españoles a reorganizarse. Posteriormente, un mensaje interceptado le descubrió que había una posibilidad de asestar un golpe de sorpresa a Soult en León. Se dirigió hacia el Norte, se unió con Baird y marchó para caer sobre Sahún, donde su caballería se batió con la de Soult, derrotándola; esta fue la proeza más admirable de la caballería británica en toda la guerra peninsular.  

Amenazar las comunicaciones de Napoleón eran tan peligroso como intentar arrebatar la presa a un león. El día después del combate Moore se enteró de que las tropas francesas se dirigían hacia el Norte. Al recibir por primera vez noticias del paradero de Moore, el Emperador reaccionó con terrible energía. Puso en movimiento 80.000 hombres a la velocidad máxima y con un tiempo abominable. Esta vez Moore hubo de retroceder. Afortunadamente, Napoleón no continuó la persecución personalmente; creyó que 25.000 hombres a las órdenes de Soult serían suficiente; llamó al resto y regresó a Francia.  

La retirada de Moore fue una pesadilla. Hizo avanzar sus tropas con gran rapidez, pues estaban perfectamente capacitadas para contener a los franceses siempre que Soult se atreviera a hostigarlas. El estado de fatiga condujo, como generalmente sucede, al merodeo y a la embriaguez. Lo único que conservaba el ejército unido era la perspectiva de una batalla, y en una ocasión, un grupo de desertores, dirigidos por un sargento, puso en huida a la caballería de la guardia avanzada francesa. En la retirada se perdieron 5.000 hombres, gran número de los cuales murieron de frío y agotamiento. Sin embargo, cuando las fuerzas de vanguardia llegaron a Coruña, el 11 de enero de 1809, después de encontrar una columna de transportes con víveres procedente de la ciudad, el ejército se repuso en alto grado.  

El día 14, los transportes del almirante Sir Samuel Hood, detenidos por los vientos desfavorables, entraron en el puerto. Moore pudo mandar a bordo a sus heridos y enfermos, pero tuvo que destruir provisiones, hacer explotar una gran cantidad de pólvora abandonada por la Junta gallega y sacrificar casi todos sus caballos restantes. Sabía, además, que habría de sostener una batalla crucial antes de poder embarcar, ya que Soult le estaba pisando los talones. Su contingente se había reducido, ya que había mandado 3.500 hombres a Vigo para que embarcaran, lo cual hicieron sin obstáculo. Dos cadenas de colinas formaban la defensa evidente del puerto, pero carecía de fuerzas para sostener la exterior. La interior o septentrional, Monte Moro, tenía el inconveniente de terminar en el campo abierto, ascendiendo hasta las verdaderas puertas de la ciudad, y podía dar lugar al cambio completo de la situación. Sería además dominada, aunque a distancia, por la artillería de la loma meridional, la cual habría de ser abandonada al enemigo. Dándose cuenta de que Soult trataría de aprovecharse de este terreno bajo, Moore colocó una Reserva detrás de este flanco.  

La tregua de que disfrutó a causa de que los franceses se habían extraviado también, le bastó para transformar sus fuerzas. Los herrumbrosos mosquetes se cambiaron por otros nuevos almacenados en Coruña. Los hombres descansaron y se alimentaron. Cuando Soult avanzó para atacar, el 16 de enero, alguien que estaba junto a Moore, observó “la alegría juvenil de su aspecto”. Como Moore había esperado, Soult solo pensó contener su ala izquierda y su centro, envolviendo su derecha para separarle de los transportes.  

Al principio, la lucha más enconada fue por el pueblo de Elviña, en el que penetraron los franceses. Moore se dirigió a este sitio y ordenó al Regimiento núm. 42 que contraatacara, arengando a sus hombres: “Mis bravos escoceses: acordaos de Egipto”. Respondieron valientemente, pero los franceses retornaron con denuedo y volvieron a recuperar el pueblo. Moore dirigía los dos batallones del Primer Regimiento de Guardias de Infantería –hoy Guardias Granaderos- para otro contraataque, cuando fue alcanzado por una bala de cañón que le arrancó la clavícula, quedándole el brazo casi totalmente desprendido. Tanto él como los que le rodeaban se dieron inmediatamente cuenta de que la herida era mortal. Baird había sido también gravemente herido, y Hope hubo de encargarse del mando. Moore, herido, fue llevado a Coruña envuelto en una manta. Sus últimas palabras ininteligibles, fueron: “espero que mi pais me hará justicia”. No fue así inmediatamente, pero, posteriormente sí.  

El contraataque que Moore había iniciado, dio resultado. Se recuperó Elviña, y la mortífera fusilería británica la retuvo. Más importante aun; el movimiento de envoltura del ala izquierda francesa fue totalmente derrotado por la reserva que Moore había apostado detrás del ala derecha británica para este objeto precisamente. Tan venturoso fue su avance que su comandante, Edward Paget, creía que habría podido capturar la artillería francesa de la loma exterior, si Hope no le hubiera ordenado que se pegara al terreno. El ala derecha francesa hizo poco más que demostrar su presencia, pero hubo una enconada lucha por el pueblo de Pedralonga que terminó aferrándose cada una de las partes a una sección del mismo.  

Soult esperaba refuerzos antes de reanudar el ataque, pero llegaron demasiado tarde. Constituye una medida del revés que había experimentado el que el embarque se llevara a cabo sin dificultad alguna.  

Alguien podrá objetar: “Sí; pero fue una evacuación y, por tanto, una derrota”. Pero se olvida a Portugal, donde Moore había dejado una pequeña fuerza.  

Esta pequeña fuerza fue la semilla que floreció en el espléndido ejército que Wellington luego conduciría a la gloria y al triunfo y que, aparte de sus propias hazañas, contribuiría en tan alto grado a la reorganización de los ejércitos de España y de Portugal. De no haber sido por la campaña de Moore, todo Portugal podría haber sido invadido por los franceses y es dudoso que pudiera haberse recuperado para servir como base. Un beneficio accesorio fue que la España meridional se conservó libre de franceses. A pesar de la retirada de Coruña, la campaña fue un poderoso factor en el desgaste de la Francia de Napoleón y en la derrota de éste.        

Hemos tenido la oportunidad de conocer este trabajo del profesor Falls, elaborado en 26 de julio de 1959, y en él, desde luego su autor realiza un análisis muy correcto de lo que fue aquella larga marcha a través de la geografía peninsular, aunque hemos de disentir en algunos aspectos, tanto de este como de otros trabajos que se ocupan del general Moore y su cuerpo de Ejército. Lo haremos en nuestra experiencia militar y en el estudio e investigación de los ejércitos sobre la península Ibérica a lo largo de los seis años de aquella epopeya.

  1. Suponiendo que los mapas militares de que disponía Moore no expresasen claramente la orografía por la que se hallaban las avenidas por las que se replegaría el imponente ejército que mandaba, llegados a Villafranca, una ligera inspección por las inmediaciones del puerto de Piedrafita, le habría proporcionado de inmediato un exacto conocimiento de los lugares más idóneos para tender una fantástica trampa, en la cual con escaso personal, podría copar a todo el ejército francés que traía en pos de su cada vez más larga columna militar, desbaratando cualquier estrategia. La orografía berciana le proporcionaba el más imponente sistema abaluartado, que ya no podría tener más adelante. ¡Nunca hubiera necesitado llegar fatigado a La Coruña, y además hubiera vencido, tomando prisioneros a todos los hombre que mandaba Soult!
  2. Se habrían salvado los caudales, víveres, bagajes, armas ligeras, cañones y munición que los británicos fueron dejando caer por los barrancos de aquella imponente fortaleza que era Piedrafita, y por otra parte hubieran tomado los correspondientes a sus enemigos.
  3. El trayecto del vial que partía de Villafranca.
C. Falls.