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COLABORACIONISMO INTELECTUAL EN 1808.

Los Centros docentes de Madrid durante la guerra de la Independencia.

Por José Simón Díaz. En "El Español", junio de 1945.


A modo de contrapartida de la viril hostilidad con que el pueblo español acogió a los ejércitos napoleónicos aparece el que hoy denominaríamos "colaboracionismo" de ciertas minorías selectas, a cuyo favor se aduce la ignominiosa conducta de los gobernantes como si la más preclara de sus víctimas, Gaspar Melchor de Jovellanos, no hubiera escrito y demostrado que ello no justificaba nunca la traición.

Arma de efecto seguro, que Cambronero y otros, interesados en rehabilitar a cuantos sirvieron a los invasores esgrimen siempre, es la relación de individuos sobresalientes que se contaron entre ellos, sin que nada importe el que las biografías de varios sean aún totalmente desconocidas, y que en las de otros, muy destacados, existan lagunas tales, que en una mínima prudencia aconseje no sentenciarlos en firme mientras se ignoren las particularidades de su conducta.

Poetas y dramaturgos gozan de particular predilección a tales efectos, y los nombres de Moratín, Meléndez Valdés, Lista, etcétera, nunca faltan en los alegatos. Pero aún suponiendo que lo tocante a ellos no admita discusión, bueno será recordar que la cultura española no se limitaba al campo literario, y que muchos otros hombres eminentes hubieron de enfrentarse con los mismos acontecimientos.

Sin salir de la Corte, en dos de sus centros docentes se hallaban reunidos los maestros seleccionados en reñidísimas oposiciones –pues a veces eran 30 y 40 los aspirantes a una sola plaza-, que en algunos casos habían sido antes catedráticos de las universidades de Salamanca o de Alcalá. Veamos pues, como reaccionaron ante la guerra los miembros de los Estudios de San Isidro y del Real Seminario de Nobles de Madrid.

El antiguo Colegio Imperial de la calle de Toledo había iniciado el siglo conservando en gran parte el alto nivel que alcanzó al ser reorganizado por Carlos III, después de la expulsión de los Jesuítas. Lo dirigía don Estanislao de Lugo y Molina, natural de La Orotava, Caballero de Carlos III, Consejero de Indias y gran amigo de su paisano el fabulista Iriarte, cuyas obras publicó, con adiciones, en 1805.

De cómo transcurrieron los años de la guerra en el caserón de los Estudios dan idea las Actas de las reuniones de su Junta de Hacienda, conservadas en la Academia de la Historia. Jamás se trataron cuestiones menos importantes (el precio del aceite para los faroles de la escalera, los altercados promovidos por la familia de un catedrático de Latinidad, etc.), y sólo preocupaba la irregularidad con que se percibían los haberes; lo que se expuso al monarca el día 8 de junio de 1810, sin obtener ni tan siquiera una respuesta.

La mayoría de los catedráticos permanecieron en Madrid durante la ocupación, y el hecho de que algunos, como Verdejo Páez y Orchell, fuesen designados por José Bonaparte para ostentar las insignias de la Orden Real de España o ser miembros de la nueva Academia Nacional, debe interpretarse como tentativas de captación, puesto que del patriotismo de tales maestros certifica el hecho de que no fuesen sancionados posteriormente. Ha de tenerse en cuenta, además que la proyectada reforma de la instrucción pública, con su creación de dos liceos en la Corte, les afectaba muy directamente.

El 18 de octubre de 1812, después de haber sido reconquistado Madrid por los españoles, se inauguró en la antigua capilla de la Congregación de la Inmaculada un nuevo curso académico, con una vibrante disertación del catedrático Esquerra. Pero ya entonces el Claustro de profesores hab´ñia sufrido ciertas alteraciones.

El director, propuesto para representar a las Canarias en las Cortes de Bayona, pudo a duras penas eludir el encargo. Por su adhesión a los franceses se significaron desde un principio el bibliotecario Estala, notable helenista, y el catedrático de Lengua Griega, don José M. Gómez Hermosilla; acaso porque como Rubén Darío, la que amaban era "la Grecia de Francia". Singular relieve había cobrado el primero acompañando al intruso en calidad de cronista durante su viaje a Andalucía, y sosteniendo tenaz y periódicamente desde las columnas de "El Imparcial" que en el afrancesamiento absoluto radicaba la única salvación de España. Los nombres de ambos aparecieron en el bando dictado por el arzobispo Lizana contra los principales "colaboracionistas", y sus bienes fueron confiscados.

Durante algún tiempo enseñaron en este establecimiento don Martín Fernández de Navarrete y don Félix Torres Amat, luego famoso arzobispo galicano, que explicó Retórica.

La Regencia designó para ocupar la dirección al traductor de los "Salmos", Tomás González de Carvajal, cuando cesó en su cargo de Secretario de Hacienda del Gobierno provisional. Había huido disfrazado de Madrid para no verse obligado a jurar fidelidad a José Bonaparte, y fue Intendente general del Ejército Nacional. Su presencia determinó una adhesión ostensible de los Estudios a la causa nacional y un cierto matiz castrense, en la organización disciplinaria, lo cual, inexplicablemente, sorprendía a Vicente de la Fuente.

Otro poeta notable, Francisco Sánchez Bartero, fue nombrado Bibliotecario, después de haberse distinguido en Cádiz por sus violentos artículos de "El Conciso". Al inaugurarse la cátedra de Constitución, destinada a comentar la de 1812 (menudencia que suelen olvidar los que hoy se extrañan al oír hablar de "educación política"), leyó en un acto público una oda (conocida por una versión memorística, facilitada por Mesonero Romanos), cuyos ditirambos llevan a la blasfemia, y donde se pinta un porvenir paradisíaco, que él mismo no tardó en disfrutar, ya que Fernando VII le envió a los presidios marroquíes, donde transcurrió el resto de su existencia.

En resumen: de catorce catedráticos, igual número de pasantes, bibliotecarios, director, secretario y demás personal del San Isidro, tan sólo dos individuos apoyaron decididamente a los invasores; algunos otros fueron agasajados por ellos, y los demás procuraron pasar inadvertidos durante aquellas trágicas jornadas.

Por otra parte, en el Real Seminario de Nobles sucedió algo análogo. La institución, remozada por Jorge Juan, forjó muchas inteligencias preclaras, y aunque los documentos abundan, se ignora casi todo cuanto con ella se refiere. En otra ocasión daremos a conocer abundantes y curiosas noticias inéditas sobre el proceder que observaron, semana a semana, el duque de Rivas, Zorrilla, Madrazo, Arriaza y otros muchos caballeros seminaristas, que de la clase de Sintaxis latina pasaban a la de Violín, y de la de Matemáticas a la de Equitación.

Muchos de los que modelaron tales inteligencias enseñaban en 1808, y el resultado de la depuración, realizada al finalizar la campaña, esclarece cómo se condujeron todos y cada uno bajo la dominación extranjera.

Con los franceses marcharon tan sólo el director de sala, Simón Gallardo, y sus compatriotas Sabatier y Dupoy, que explicaban la lengua de Molière. No lo hizo el catedrático de Filosofía moral, Ruíz de Celada, nombrado por ellos Alcalde del Crimen de la Chancillería de Valladolid.

En cambio, el director general, Andrés López de Sagastizábal, desempeñó un alto cargo en el Ejército nacional; su segundo, el latinista Valbuena, huyó de la Corte en 1809 y pasó a regentar un archivo en Sevilla: el catedrático de Geografía, Isidoro Antillón, fue diputado de las Cortes gaditanas, y otros muchos prestaron diferentes servicios a la causa nacional.

De cincuenta empleados incluidos en las nóminas, tan sólo los tres mencionados se creyeron en peligro de ser sancionados por su actuación.

Sin embargo, los acontecimientos depararon al Seminario una de las más altas glorias. El joven Victor Hugo ingresó en sus aulas, y en sus obras abundan los recuerdos de aquella estancia en suelo español.

Otros muchos datos podrían aducirse acerca de la repercusión de los sucesos bélicos en otros establecimientos docentes, como las Escuelas Pías, donde los bandos de Murat inspiraron verdadero terror. Pero lo reseñado basta para testimoniar cómo entre los que destacaban en el país por su saber fueron muy pocos, casi ninguno, los que dispensaron al invasor una acogida cordial. Y para cercionarse aún más de la unanimidad de aquella reacción antifrancesa, compárense los resultados de esas depuraciones con los que ofrecerán las que están realizando ahora en cualquier país europeo, y que de ser justas dejan bastante malparada la legendaria imagen de muchos legendarios patriotismos. Mas en honor de los que padecen persecución debe observarse que en esta ocasión la existencia de un peligro común para Europa justifica en parte toda adhesión a una política que rebase los conceptos nacionales.