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CONSIDERACIONES GENERALES SOBRE LA GUERRA DE LA INDEPENDENCIA ESPAÑOLA.

Análisis de algunos de los errores cometidos por los distintos beligerantes en el desarrollo de las operaciones militares.

Por General D. José Ruíz-Fornells. En "DESTINO", núm. 1745 (1965), págs. 40-41.


He leído bastantes relatos y estudios históricos sobre la Guerra de la Independencia española, pero entre ellos no me ha resultado nada fácil encontrar escritos debidos a la pluma de escritores franceses que analicen las campañas. Este hecho me ha planteado a veces el siguiente interrogante:

¿Por qué los historiadores franceses se han mostrado siempre particularmente discretos en los estudios históricos sobre nuestra Guerra de la Independencia?

Estimo que estas lagunas no son debidas a que el tema sea extenso y complejo o poco interesante para un historiador militar; deben existir otras causas para que los franceses estudiosos de esos problemas hayan casi despreciado la investigación y exposición de los orígenes, causas, hechos y consecuencias de aquella guerra en la geografía de la Península Ibérica.

La falta de combinaciones estratégicas que deslumbren y la ausencia de resultados brillantes, unido a que el foco de atención (el propio Napoleón) estuviera en otros teatros europeos, puede servir de disculpa a los estudiosos de la Historia, y a esto puede unirse, tal vez, ese rubor natural a enjuiciar la conducta del imperio, cuando, como en el caso de España, la ejecutoria de sus políticos, sus mariscales y el propio emperador, no brilló por su nobleza e hidalguía en el comportamiento con los españoles.

La ausencia casi absoluta de análisis realizados desde el campo francés, impide que puedan obtenerse unas consecuencias generales con base objetiva y documentada, mas a pesar de ello, me aventuro en ese difícil camino de la crítica con el propósito de deducir y hacer resaltar algunos conceptos que dejo al amable lector para que los analice e incluso los complete, no escapando a esta labor crítica la actuación española, la lusitana, ni la de nuestros aliados, los ingleses.

¿Cómo actuaron los franceses? ¿Con qué mentalidad y criterio se embarcaron en la aventura de invadir la Península Ibérica?

Es indudable que en la mente de Napoleón y en la de sus más allegados consejeros existió un total desconocimiento político y social del problema que originaría la invasión.

Este desconocimiento, ¿fue consecuencia de falta de una información adecuada? Parece que esta sea la causa fundamental, toda vez que los diplomáticos franceses y el propio emperador habían dado muestras, en muchas ocasiones, de dominar el difícil juego de la política y determinar con acierto lo que hoy se ha dado en llamar "riesgo calculado". Parece, por consiguiente, que el riesgo no fue suficientemente evaluado al planificar la invasión a que nos referimos.

No cabe pensar en una de esas improvisaciones o impulsos a los que tan dado era el coloso corso, pues antes de la invasión ya hubo unas conversaciones diplomáticas y hasta personales "en la cumbre", como se dice ahora y ella –la invasión- fue debidamente planeada y preparada política y militarmente. Por ello me inclino a pensar que, como decía antes, la falta de información sobre el verdadero carácter del pueblo español fue la más grave y decisiva equivocación del emperador, que juzgo y valoró la caótica situación política de nuestro país a través de una lente mal calculada que le dio una imagen completamente distinta de la real.

Sobre la base falsa de este pecado de origen se fueron superponiendo otra serie de errores o defectos que, someramente, trato de exponer a continuación.

El Imperio francés podría compararse a una pirámide en cuyo vértice se encontraba el genio y la voluntad de Napoleón, y que tenía por base una plataforma en la que los mariscales se encontraban todos al mismo nivel. Cuando faltaba el emperador, ¿cómo se ejercitaba la sucesión de mando? No existía ésta en la práctica, y sus generales estaban acostumbrados a obedecer, pero no a adoptar decisiones por propia iniciativa, al menos en el plano político y estratégico. Por otra parte, el tan cacareado estado mayor napoleónico era tan sólo un conjunto de oficiales distinguidos, leales o paniaguados, cuya misión se reducía a la de correos, más o menos bella y pomposamente uniformados.

En consecuencia vemos que para la campaña de España no hubo realmente la designación de un mando único –aunque la hubiera teóricamente- que tuviera responsabilidad absoluta en la política y en la condición de las operaciones militares.

Las modernas técnicas de las transmisiones y la existencia de un Estado Mayor integrante del órgano mando, en cuyo vértice se coloca el jefe, permiten hoy situar la presencia física de éste a muchos cientos de kilómetros del lugar de la acción sin que, por ello, las órdenes transmitidas y sus inevitables variantes dejen de llegar a tiempo a los escalones de ejecución.

En la época que enjuiciamos, las directivas y órdenes del emperador eran transmitidas por carta, tardando un tiempo excesivo en llegar a poder de los jefes interesados, y por esta razón, era frecuente que los parámetros que habían intervenido para adoptar una decisión, hubieran variado de forma sustancial a la hora de ejecutarla, debido al tiempo transcurrido hasta que llegó la orden a poder del ejecutante.

La falta de iniciativa a que Napoleón tenía acostumbrado a sus generales y mariscales hacía que no se aprovechara el momento oportuno o que se cumplieran las órdenes en condiciones desfavorables.

Esa ausencia de "mando único" y con entera responsabilidad dio lugar a rencillas y diferencias de criterio entre sus mariscales, pues predominaba la idea de que el que no actuaba de acuerdo con las instrucciones del emperador era incompetente o un desleal.

Equivocación, y no leve, por parte del mando francés, fue la de no conceder en la medida necesaria el interés que requería la organización del apoyo logístico.

Este desinterés fue tanto más extraño cuanto que el propio Napoleón puede decirse que fue, precisamente, el creador de esta rama del arte militar; pero, por lo visto, no logró imponer en sus generales y mariscales la idea de que manejando grandes efectivos de tropa, ganado y material no era posible poner en práctica la antigua fórmula de vivir sobre el país.

Finalmente, los jefes de las unidades francesas subestimaron el valor e importancia de las partidas y guerrillas, nueva modalidad de combate que sorprendió a todos, incluso al propio emperador, que acostumbrado a batirse con ejércitos regulares enemigos no alcanzó a dictar normas para la lucha con un "ejército fantasma" o "invisible", que asestaba el golpe con energía y después desaparecía.

Pudiera parecer por lo dicho que nuestros aliados, los ingleses, fueron un dechado de virtudes. Veamos, entonces, cuáles son los defectos que, a mi juicio, conviene resaltar.

Uno de ellos, quizás el principal, reside en el tradicional empleo de las fuerzas expedicionarias, cuya actuación era siempre apoyada por su Escuadra, y así las desembarcadas en la Península Ibérica se mantuvieron como ligadas con fuertes gomas a las costas y pensando constantemente en el apoyo de los cañones de sus barcos, en el sostenimiento logístico y en la eventualidad de un reembarque.

Por ello, pocas veces se arriesgaron a emplearse a fondo y en profundidad, preferían ceder terreno en cuanto aparecía el más remoto peligro de amenaza de las comunicaciones con sus bases en Portugal, Galicia o Andalucía, dando lugar a esas célebres marchas y contramarchas que todos los críticos e historiadores militares consideran como absurdas.

A la hora de valorar la ayuda que nos prestaron es conveniente poner también en el otro platillo de la balanza las consecuencias derivadas de estas marchas y contramarchas, que en el avance consumían casi todos los recursos de la zona, para la vida de los ejércitos, y en el repliegue, al aplicar el sistema de tierra calcinada, asolaban un área geográfica importante de España y Portugal, empobreciendo el país.

Por otra parte, dejo a la consideración de los lectores la contestación al siguiente interrogante:

¿Hubiera Wellington adoptado este sistema si la acción se hubiera desarrollado en la propia Inglaterra?

Es el notar que esta idea operativa se ha mantenido hasta nuestros días, como demuestran las operaciones en Europa, tanto en la Primera como en la Segunda Guerra Mundial, y en Africa en esta última; pero la permanencia en el tiempo de este criterio es consecuencia lógica de que las grandes batallas en las que ha intervenido el Ejército inglés se han desarrollado siempre fuera de sus fronteras.

¿Está libre de culpa el dueño de la casa? Españoles y portugueses participaron de los mismos errores y defectos:

  • Desconcierto político absoluto y falta de un espíritu nacional arraigado.

  • Influencia de teorías políticosociales no bien sugeridas.

  • La falta de una persona de prestigio que, a modo de caudillo, reuniera en torno a sí mismo la dirección políticomilitar en aquella hora histórica.

  • Las luchas políticas internas, que debilitaron aún más la máquina administrativa e hicieron difícil toda coordinación y convergencia de esfuerzos.

  • Falta de preparación del ejército, defectuosa organización y carencia de armamento y equipo.

  • Desconocimiento absoluto de la logística.

  • Es cierto que en aquella guerra se puso en práctica una nueva modalidad de combate (la guerrilla), pero también es cierto que su éxito se debió al patriotismo y el valor de un puñado de hombres que, en cierto modo, consiguieron corregir algunos defectos, logrando al final una unidad de criterio en lo político, voluntad de vencer, nacimiento y exaltación del espíritu patriótico en el pueblo español; todo lo cual hizo que nuestros aliados fueran adquiriendo poco a poco confianza en la victoria.

    Si no se analizan las causas de los errores cometidos y si las enseñanzas deducidas no sirven para mejorar los sistemas y procedimientos, no hemos conseguido nada.

    No sólo los actores de la escena (franceses, portugueses, ingleses y españoles) han aprendido la lección; también otros países han estudiado estas campañas a fondo y podemos asegurar que las enseñanzas deducidas han servido de base para una toma de conciencia de políticos y militares en cuanto al moderno sistema de la concepción de la guerra:

  • Necesidad de un mando único político-militar, con responsabilidad plena y autoridad absoluta.

  • Estados Mayores para la coordinación de todos los recursos del país, así como para asegurar la continuidad de las operaciones y la puesta en marcha en forma eficaz de las decisiones del jefe.

  • Valoración exacta de los factores, colocando a la logística en el lugar destacado que hoy le corresponde.

    Y, por último, tendencia cada vez más generalizada a utilizar pequeños núcleos de tropa (partidas o guerrillas) en operaciones preparatorias, en misiones de información e incluso en cooperación con unidades regulares de mayor entidad.