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EL AFRANCESADO DE PADRÓN.

Por Pedro Antonio de Alarcón


(Nota de la redacción: En las proximidades de Santiago de Compostela, a tan solo quince kilómetros, se encuentra la antigua villa de Padrón, nacida al lado de la vieja sede obispal de Iria Flavia, a las orillas del Sar, ese río cantado por la poetisa de Galicia, Rosalía de Castro, lugares todos ellos recorridos en la tradicional traslación del Apóstol Santiago. Ubicada en el camino entre Tuy y Santiago, por ella atravesaron las tropas francesas que en 1809 disputaron el dominio de aquellas tierras gallegas. Poco duraría su leve y apresurado paso por ellas, y aprovechando estas jornadas, el insigne don Pedro Antonio de Alarcón, supo tramar una hipotética estadía francesa en el villorrio de Padrón, representando en ella la figura del hipotético farmacéutico García de Paredes, que de este modo quedaría como patriótico recuerdo del valor popular.)

En la pequeña villa de Padrón, sita en territorio gallego, y allá por el año de 1808, vendía sapos y culebras y agua llovediza, a fuer de legítimo boticario, un tal García de Paredes, misántropo solterón, descendiente acaso, y sin acaso, de aquel varón ilustre que matara un toro de una puñalada.

Era una fría y triste noche de otoño. El cielo estaba encapotado por densas nubes, y la total carencia de alumbrado terrestre dejaba a las tinieblas campar por sus respetos en todas las calles y plazas de la población.

            A eso de las diez de aquella pavorosa noche, que las lúgubres circunstancias de la patria hacían mucho más siniestra, desembocó en la plaza que hoy se llamará de la Constitución un silencioso grupo de sombras, aún más negras que la oscuridad de cielo y tierra, las cuales avanzaron hacia la botica de García de Paredes, cerrada completamente desde las Ánimas, o sea desde las ocho y media en punto.

            -¿Qué hacemos? –dijo una de las sombras en correctísimo gallego.

            -Nadie nos ha visto... –observó otra.

            -¡Derribar la puerta! –propuso una mujer.

            -¡Y matarlos! –murmuraron hasta quince voces.

            -¡Yo me encargo del boticario! –exclamó un chico.

            -¡De ése nos encargamos todos!

            -¡Por judío!        

-Dicen que hoy cenan con él más de veinte franceses...

-¡Ya lo creo! ¡Como saben que ahí están seguros, han acudido en montón!

-¡Ah! ¡Si fuera en mi casa! ¡Tres alojados llevo echados al pozo!

-¡Mi mujer degolló ayer a uno!...

-¡Y yo... –dijo un fraile con voz de figle- he asfixiado a dos capitanes, dejando carbón encendido en su celda, que antes era la mía!

-¡Y ese infame boticario los protege!

-¡Qué expresivo estuvo ayer en paseo con esos viles excomulgados!

-¡Quién lo había de esperar de García de Paredes! ¡No hace un mes que era el más valiente, el más patriota, el más realista del pueblo!

-¡Toma! ¡Como que vendía en la botica retratos del príncipe Fernando!

-¡Y ahora los vende de Napoleón!

-Antes nos excitaba a la defensa contra los invasores...

-Y desde que vinieron al Padrón se pasó a ellos...

-¡Y esta noche da de cenar a todos los jefes!

-¡Oíd que algazara traen! Pues no gritan ¡Viva el Emperador!

-Paciencia... –murmuró el fraile-. Todavía es muy temprano.

-Dejémosles emborracharse... –expuso una vieja-. Después entramos..., ¡y ni uno ha de quedar vivo!

-¡Pido que se haga cuartos al boticario!

-¡Se le hará ochavos, si queréis. Un afrancesado es más odioso que un francés. El francés atropella a un pueblo extraño: el afrancesamiento vende y deshonra a su patria. El francés comete un asesinato: el afrancesa ¡un parricidio!

 

II

 

            Mientras ocurría la anterior escena en la puerta de la botica, García de Paredes y sus convidados corrían la francachela más alegre y desaforada que os podáis figurar.

            Veinte era, en efecto, los franceses que el boticario tenía a la mesa, todos ellos jefes y oficiales.

            García de Paredes contaría cuarenta y cinco años; era alto y seco y más amarillo que una momia: dijérase que su piel estaba muerta hacía mucho tiempo; llegábale la frente a la nuca, gracias a una calva limpia y reluciente, cuyo brillo tenía algo de fosfórico; sus ojos, negros y apagados, hundidos en las descarnadas cuencas, se parecían a esas lagunas encerradas entre montañas, que sólo ofrecen oscuridad, vértigos y muerte al que las mira: lagunas que nada reflejan; que rugen sordamente alguna vez, pero sin alterarse; que devoran todo lo que cae en su superficie; que nada devuelven; que nadie ha podido sondear; que no se alimentan de ningún río, y cuyo fondo busca la imaginación en los mares antípodas.

            La cena era abundante, el vino bueno, la conversación alegre y animada.

            Los franceses reían, juraban, blasfemaban, cantaban, fumaban, comían y bebían a un mismo tiempo.

            Quién había contado los amores secretos de Napoleón; quién la noche del 2 de Mayo en Madrid; cuál la batalla de las Pirámides, cuál otro la ejecución de Luis XVI.

            García de Paredes bebía, reía y charlaba como los demás, o quizás más que ninguno; y tan elocuente había estado a favor de la causa imperial, que los soldados del césar lo habían  abrazado, lo habían vitoreado, le habían improvisado himnos.

            -¡Señores! –había dicho el boticario-: la guerra que os hacemos los españoles es tan necia como inmotivada. Vosotros, hijos de la Revolución, venís a sacar a España de su tradicional abatimiento, a despreocuparla, a disipar las tinieblas religiosas, a mejorar sus anticuadas costumbres, a enseñarnos esas utilísimas e inconcusas verdades de que que no hay Dios, de que no hay otra vida, de que la  penitencia, el ayuno, la castidad y demás virtudes católicas son quijotescas locuras, impropias de un pueblo civilizado, y de que Napoleón es el verdadero Mesías, el redentor de los pueblos, el amigo de la especie humana... ¡Señores! ¡Viva el Emperador cuanto yo deseo que viva!

            -¡Bravo, vítor! –exclamaron los hombres del 2 de Mayo.

            El boticario inclinó la frente con indecible angustia.

            Pronto volvió a alzarla, tan firme y tan sereno como antes.

            Bebióse un vaso de vino, y continuó:

            -Un abuelo mío, un García de Paredes, un bárbaro, un Sansón, un Hércules, un Milón de Crotona, mató doscientos franceses en un día... Creo que fue en Italia. ¡Ya veis que no era tan afrancesado como yo! ¡Adiestróse en las lides contra los moros del reino de Granada; armóle caballero el mismo Rey Católico, y montó más de una vez la guardia en el Quirinal, siendo Papa nuestro tío  Alejandro Borja! ¡Eh!, ¡eh! ¡No me hacíais tan linajudo! Pues ese Diego García de Paredes, este ascendiente mío..., que ha tenido un descendiente boticario, tomó a Cosenza y Manfredonia, entró por asalto en Ceriñola y peleó como bueno en la batalla de Pavía. ¡Allí hicimos prisionero a un rey de Francia, cuya espada ha estado en Madrid cerca de tres siglos, hasta que nos la robó hace tres meses ese hijo de un posadero que viene a vuestra cabeza, y a quien llaman Murat!

            Aquí hizo otra pausa el boticario. Algunos franceses demostraron querer contestarle; pero él, levantándose e imponiendo a todos silencio con su actitud, empuñó convulsivamente un vaso, y exclamó con voz atronadora:

            ¡Brindo, señores, porque maldito sea mi abuelo, que era un animal, y porque se halle ahora mismo en los profundos infiernos!... ¡Vivvan los franceses de Francisco I y de Napoleón Bonaparte!

            -¡Vivan! –respondieron los invasores dándose por satisfechos.

            Y todos apuraron su vaso.

            Oyóse en esto rumor en la calle o, mejor dicho, a la puerta de la botica.

            -¿Habéis oído? –preguntaron los franceses.

            García de Paredes se sonrió.

            -¡Vendrán a matarme! Dijo.

            -¿Quién?

            -Los vecinos de Padrón.

            -¿Por qué? 

-¡Por afrancesado! Hace algunas noches que rondan mi casa... Pero ¿qué nos importa? Continuemos nuestra fiesta.

-Si... ¡continuemos! –exclamaron los convidados-.

¡Estamos aquí para defenderos!

-Y chocando ya botellas contra botellas, que no vasos contra vasos.

-¡Viva Napoleón! ¡Muera Fernando! ¡Muera Galicia! –gritaron a una voz.

García de Paredes esperó a que se acallase el brindis, y murmuró con acento lúgubre:

            -¡Celedonio!

El mancebo de la botica asomó por una puertecilla su cabeza pálida y demudada, sin atreverse a penetrar en aquella caverna.

-Celedonio, trae papel y tintero –dijo tranquilamente el boticario.

El mancebo volvió con el recado de escribir.

-¡Siéntate! –continuó su amo-. Ahora, escribe las cantidades que yo te vaya diciendo. Divídelas en dos columnas. Encima de la columna de la derecha pon: Deuda, y encima de la otra: Crédito.

-Señor... –balbuceó el mancebo-. En la puerta hay una especie de motín... Gritan ¡Muera el boticario!... Y ¡quieren entrar!

-¡Cállate y déjalos! Escribe lo que te he dicho.

Los franceses se rieron de admiración al ver al farmacéutico ocupado en ajustar cuentas cuando le rodeaban la muerte y la ruina.

Celedonio alzó la cabeza y enristró la pluma, esperando cantidades que anotar.

-¡Vamos a ver, señores! –dijo entonces García de Paredes, dirigiéndose a sus comensales-. Se trata de resumir nuestra fiesta en un solo brindis. Empecemos por orden de colocación. Vos, capitán, decidme: ¿cuántos españoles habréis matado desde que pasasteis los Pirineos?

-¡Bravo! ¡Magnífica idea! –exclamaron los franceses.

-Yo... –dijo el interrogado, trepándose en la silla y retorciéndose el bigote con petulancia-. Yo... habré matado... personalmente... con mi espada..., ¡poned unos diez o doce!

-¡Once a la derecha! –gritó el boticario, dirigiéndose al mancebo.

El mancebo repitió, después de escribir:

-Deuda... once.

-¡Corriente! –prosiguió el anfitrión-. ¿Y vos?... Con vos hablo, señor Julio...

-Yo... seis.

-¿Y vos, mi comandante?

-Yo... veinte.

-Yo... ocho.

-Yo... catorce.

-Yo... ninguno.

-¡Yo no sé!...; he tirado a ciegas... –respondía cada cual, según le llegara el turno.

Y el mancebo seguía anotando cantidades a la derecha.

-¡Veamos ahora, capitán! –continuó García de Paredes-. Volvamos a empezar por vos. ¿Cuántos españoles esperáis matar en el resto de la guerra, suponiendo que dure todavía... tres años?

-¡Eh!... –respondió el capitán-. ¿Quién calcula eso?

-Calculadlo...; os lo suplico...

-Poned otros once.

-Once a la izquierda –dictó García de Paredes.

Y Celedonio repitió:

-Crédito, once.

-¿Y vos? –interrogó el farmacéutico por el mismo orden seguido anteriormente.

-Yo... quince.

-Yo... veinte.

-Yo... ciento.

-Yo... mil –respondían los franceses.

-¡Ponlos todos a diez, Celedonio!... –murmuró irónicamente el boticario-. Ahora, suma por separado las dos columnas.

El pobre joven, que había anotado las cantidades con sudores de muerte, viose obligado a hacer el resumen con los dedos, como las viejas. Tal era su terror.

Al cabo de un rato de horrible silencio, exclamó, dirigiéndose a su amo:

-Deuda..., 285. Crédito..., 200.

-Es decir... –añadió García de Paredes-, ¡doscientos ochenta y cinco muertos, y doscientos sentenciados!  ¡Total, cuatrocientas ochenta y cinco, víctimas!

Y pronunció estas palabras con voz tan honda y sepulcral, que los franceses se miraron alarmados.

En tanto, el boticario ajustaba una nueva cuenta.

-¡Somos unos héroes! –exclamó al terminarla-. Nos hemos bebido setenta botellas, o sean ciento cinco libras y media de vino que, repartidas entre veintiuno, pues todos hemos bebido con igual bizarría, dan cinco libras de líquido por cabeza. ¡Repito que somos unos héroes!

Crujieron en esto las tablas de la puerta de la botica, y el mancebo balbuceó tambaleándose:

-¡Ya entran!...

-¿Qué hora es? –preguntó el boticario con suma tranquilidad.

-Las once. Pero ¿no oye usted que entran?

-¡Déjalos! Ya es hora.

-¡Hora!... ¿de qué? –murmuraron los franceses procurando levantarse.

Pero estaban tan ebrios que no podían moverse de sus sillas.

-¡Que entren! ¡Que entren!... –exclamaban, sin embargo, con voz vinosa, sacando los sables con mucha dificultad y sin conseguir ponerse de pie-. ¡Que entren esos canallas! ¡Nosotros los recibiremos!

En esto, sonaba ya abajo, en la botica, el estrépito de los botes y redomas que los vecinos del Padrón hacían pedazos, y oíase resonar en la escalera este grito unánime y terrible:

-¡Muera el afrancesado!

 

 

 

III

 

Levantóse Hacía de Paredes, como impulsado por un resorte, al oír semejante clamor dentro de la casa, y apoyóse en la mesa para no caer de nuevo sobre la silla. Tendió en torno suyo una mirada de inexplicable regocijo, dejó ver en sus labios la inmortal sonrisa del triunfador, y así, transfigurado y hermoso, con el doble temblor de la muerte y del entusiasmo, pronunció las siguientes palabras, entrecortadas y solemnes como las campanadas del toque de agonía:

-¡Franceses!... Si cualquiera de vosotros, o todos juntos, hallarais ocasión propicia de vengar la muerte de doscientos ochenta y cinco compatriotas y de salvar la vida a otros doscientos más; si sacrificando vuestra existencia pudieseis desenojar la indignada sombra de vuestros antepasados, castigar a los verdugos de doscientos ochenta y cinco héroes y librar de la muerte a doscientos compañeros, a doscientos hermanos, aumentando así las huestes del ejército patrio con doscientos campeones de la independencia nacional, ¿repararíais ni un momento en vuestra miserable vida? ¿Dudaríais ni un punto en abrazaros, como Sansón, a la columna del templo, y morir, a precio de matar a los enemigos de Dios?

-¿Qué dice? –se preguntaron los franceses.

-Señor..., ¡los asesinos están en la antesala! –exclamó Celedonio.

-¡Que entren!... gritó García de Paredes-. Ábreles la puerta de la sala... ¡Que vengan todos... a ver cómo muere el descendiente de un soldado de Pavía!

Los franceses aterrados, estúpidos, clavados en sus sillas por insoportable letargo, creyendo que la muerte de que hablaba el español iba a entrar en aquel aposento en pos de los amotinados, hacían penosos esfuerzos por levantar los sables, que yacían sobre la mesa; pero ni siquiera conseguían que sus flojos dedos asiesen las empuñaduras: parecía que los hierros estaban adheridos a la tabla por insuperable fuerza de atracción.

En esto inundaron la estancia más de cincuenta hombres y mujeres, armados con palos, puñales y pistolas, dando tremendos alaridos y lanzando fuego por los ojos.

-¡Mueran todos! –exclamaron algunas mujeres, lanzándose las primeras.

-¡Deteneos! –gritó García de Paredes, con tal voz, con tal actitud, con tal fisonomía que, unido este grito a la inmovilidad y silencio de los veinte franceses, impuso frío terror a la muchedumbre, la cual no se esperaba aquel tranquilo y lúgubre recibimiento.

-No tenéis por qué blandir los puñales... –continuó el boticario con voz desfallecida-. He hecho más que todos vosotros por la independencia de la Patria... ¡Me he fingido afrancesado/... Y ¡ya veis!... los veinte jefes y oficiales invasores..., ¡los veinte!, no los toquéis..., ¡están envenenados!...

Un grito simultáneo de terror y admiración salió del pecho de los españoles. Dieron éstos un paso más hacia los convidados, y hallaron que la mayor parte estaban ya muertos, con la cabeza caída hacia delante, los brazos extendidos sobre la mesa, y la mano crispada en la empuñadura de los sables. Los demás agonizaban silenciosamente.

-¡Viva García de Paredes! –exclamaron entonces los españoles, rodeando al héroe moribundo.

-Celedonio... murmuró el farmacéutico-. El opio se ha concluido... Manda por opio a La Coruña...

Y cayó de rodillas.

Sólo entonces comprendieron los vecinos del Padrón que el boticario estaba también envenenado.

Vierais entonces un cuadro tan sublime como espantoso. Varias mujeres, sentadas en el suelo, sostenían en sus faldas y en sus brazos al expirante patriota, siendo las primeras en colmarlo de caricias y bendiciones, como antes fueron las primeras en pedir su muerte. Los hombres habían cogido todas las luces de la mesa, y alumbraban arrodillados aquel grupo de patriotismo y caridad... Quedaban, finalmente, en la sombra veinte muertos o moribundos, de los cuales algunos iban desplomándose contra el suelo con pavorosa pesantez.

Y a cada suspiro de muerte que se oía, a cada francés que venía a tierra, una sonrisa gloriosa iluminaba la faz de García de Paredes, el cual de allí a poco devolvió su espíritu al Cielo, bendecido por un ministro del Señor y llorado de sus hermanos en la Patria.