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UN GESTO HABITUAL EN NAPOLEÓN.

Por el Dr. Manuel Lamata Desbertrand


No hay cosa que se refiera a cualquier personaje excelso de la Historia que deje de tener la virtud de fijar nuestra atención. Esta cosa podrá ser intrascendente en sus posibles consecuencias, liviana en su densidad científica o histórica, vana en su contenido, nimia o pueril si se quiere; pero es igual: allí está saliéndonos al paso, invitándonos a especular sobre ella, por la simple razón de referirse a alguien que ha tenido la fortuna de quedar inscrito en las páginas que escribe Clío. Que Cristóbal Colón fuese genovés, catalán, o gallego, ¿varía acaso en una micra su sin par periplo? Y, sin embargo, nos preocupa este confuso detalle de su naturaleza, y diéramos por bien empleadas noches de trabajo si resolviera. Julio César, fue desceñido y flojo de hábito y costumbres, como lo recuerda Cervantes? El propio D. Miguel de Cervantes, cuando de sí mismo alega su “lengua balbuciente y casi nula?, ¿quiere decir acaso que era tartamudo? ¿Se llamó Cicerón así por lucir en la parte más saliente de su cara un grano o verruga del tamaño de un “cicer” (garbanzo)? ¿Fue Aníbal tuerto y el magno Alejandro cojo? Sutilezas todas que, si se resolvieran, una vez resueltas nos importarían un ardite. Pero, con todo eso, nos atraen, nos llaman, nos retienen...

Pues bien: uno de esos problemas es el de la conocida actitud que por antonomasia llamamos napoleónica. Véase el cuadro de Isabey, que se conserva en el museo de Versalles, titulado Napoleón, primer Cónsul, y en él veremos aquella actitud, consistente en la mano derecha metida entre dos botones del chaleco. O el de Ingres, en el de Lieja, igualmente apoyada su mano, ahora la izquierda, inmediatamente por debajo del pecho. O el de Delacroix, que representa al ilustre corso en la plenitud de su gloria, con su abotonado frac, sobre el que resalta la venera de la Legión de Honor y deja al descubierto el albo chaleco con tres botones despasados, en cuyo tunel se hurta la mano. O el de Meissonier, del Louvre, rotulado “1814”, o sea la data de la retirada de Rusia (esa retirada que algunos esperan que se repita..., pero non bis in idem), donde se nos muestra cabizbajo, hundido de hombros, caminando al lento paso de su caballo, blanco como la nieve que huellan sus cascos, y con la mano, como siempre, sobre el epigastrio. Así se le ha interpretado casi siempre, pudiendo asegurarse que en las excepciones la composición lo ha impedido, por ejemplo, en el lienzo de Gérard ”Napoleón I, Emperador”, ya que la mano derecha había de empuñar el cetro, o en el de Vernet, “Napoleón en Madrid”, donde la necesita para intimidar al pueblo, momentáneamente vencido. Y, claro es, esta numerosa iconografía ha servido luego a cómicos del teatro o de la pantalla para la caracterización de Bonaparte, desde los que representaron “La Corte de Napoleón”, de V. Sardou, hasta quienes protagonizan la moderna teatralización debida a Mussolini. ¿Qué más? Basta que cualquiera se ponga a través el sombrero y cruce el pecho con el brazo para que el personaje quede sugerido.

Esa actitud napoleónica, ¿era acaso un amaneramiento? ¿Responde, por el contrario, a cualquier motivo o causa justificada? Desde luego, puede intentarse la explicación, y esto es lo que vamos a hacer, aunque la cosa, una vez averiguada, resulte pueril, nimia o intrascendente.

Cuando la Fortuna, cansada de favorecerle, volvió la espalda a Napoleón en Waterloo, resolvió entregarse al pueblo inglés con el siguiente escrito dirigido al Príncipe Regente:

“Alteza Real: Expuesto a las facciones que dividen mi país y a la enemistad de los primeros Soberanos de Europa, he concluido mi carrera política. Cual otro Temístocles, vengo a tomar un asilo en los hogares del pueblo británico; póngome bajo la protección de sus leyes, que reclamo de Vuestra Alteza Imperial como del más poderoso, más constante y más generoso de mis enemigos.”

Sin embargo, los gobernantes ingleses, sin considerar que, aunque derrotado, no era prisionero de guerra, y sin sensibilidad para apreciar lo caballeresco del rasgo, decidieron enviarlo a un solitario peñasco del Atlántico, a Santa Elenea, de donde ya no debía volver. Embarcó, pues, un día, prisionero, en el “Northumberland”, acompañado de un reducido grupo de incondicionales, que voluntariamente se ofrecieron para ir con él al destierro, estando entre ellos una persona casi desconocida del Emperador, el Conde de las Cases, de ascendencia hispana, del mismo tronco que Fray Bartolomé de las Casas, protector de los indios, alma generosa que iba donde nadie le llamaba, salvo su corazón.

El Conde de las Cases pronto se hizo imprescindible al Águila encadenada. Las monótonas horas del viaje, los interminables dáis luego en la isla, establecieron entre ambos íntima comunión espiritual; pero, con todo eso, Napoleón no acababa de comprender a este hombre. Un día, mientras pasaba revista a los motivos por los cuales sus acompañantes estaban con él, decía que se explicaba la presencia del gran Mariscal Bertrand, de su primer ayudante, General Gourgoud, y de los demás, puesto que habían gozado de su protección durante su reinado; pero, ¡Las Cases!... “Amigo, ¿por qué diablos de casualidad se encuentra usted aquí? Pues bien: allí estaba. Charlaban rememorando épicas batallas; recordaban personajes del retablo político europeo, los cuales eran muchas veces reyes y emperadores, que en otros tiempos le llamaban señor y hermano; traían a la memoria situaciones históricas peregrinas y las reformas introducidas en Francia en los breves lapsos pacíficos. Y cuando el sol se hundía en el horizonte atlántico, entonces Las Cases se retiraba a su pobre alojamiento, y a la luz de un quinqué escribía lo que en el día había hecho y dicho el Emperador. Así surgió el “Memorial de Santa Helena”, que hoy nos permite, de un lado, saber de la triste vida que impuso a Bonaparte la nación que supuso generosa, y de otro, conocer, de sus propios labios, la enjundia, la intimidad y la clave de los memorables sucesos en que intervino. Así sabemos, por ejemplo, sus reiteradas gestiones a favor de la paz de Europa que destruyen esa baratija de idea simplista de que el militar desea la guerra. El 2 de septiembre de 1816 anota Las Cases en su diario estas palabras del Emperador:

“El vulgo no ha dejado de atribuir estas guerras a mi ambición; pero ¿estaba en mi mano evitarlas?, ¿no fueron siempre efecto de la naturaleza y del imperio de las circunstancias, y constantemente una lucha contra aquella perenne coalición de nuestros, enemigos que nos ponían en la situación de destruir o ser destruidos?” Cierto que le fue muy fácil a Arthur Lévy demostrar el carácter pacifista del César francés en su obra “Napoléon et la Paix”, premiada por la Academia Francesa.

Otras cosas sabemos por el “Memorial de Santa Elena”. Sea una de ellas la vida mental del desterrado. Su entrenamiento era la lectura; leyó allí “La Nueva Eloísa”; “La Jerusalén libertada”, de Tasso; varias obras de madame Stael; las epístolas de madame de Sevigné; “Las Revoluciones Romanas”, de Vertor; el “Gil Blas de Santillana”, que sólo es de Lesage a trozos; el “Don Quijote de la Mancha”; los “Evangelios”; “Las bodas de Fígaro”; obras diversas de Racines, Corneille y fenelón; la “Medea”, de Eurípdes; “La Iliada”, de Homero... O bien se distraía dictando sus campañas, o en resolver problemas de álgebra y geometría, o, finalmente, en aprender el inglés, de cuya lengua estuvo en condiciones de servirse en muy pocos meses. ¡Curioso espécimen de las aficiones de un guerrero, más común de lo que se cree!

Pero la parte mas emocionante del diario es la que, aquí y allí nos va descubriendo la mísera vida que se vio obligado a llevar. Miserias físicas y morales. La roñosería del Gobernador de la isla fue creciendo día a día. Se le termina y no puede reponer el agua de colonia, que conceptúa indispensable para su aseo personal. Tiene que llevar muchos días las mismas medias blancas, que se maculan en los tobillos, con imposible disimulo, debido a los calzones cortos de la época. Las ratas campan a su placer por las habitaciones, y hay veces que han de ahuyentarlas a palos antes de acostarse. Se le agotan los medicamentos, que si él usa poco, los necesita para sus acompañantes. Un día le falta para el desayuno nada más que el azúcar, el café, el pan y la leche... Para poder subsistir ha de recurrir a vender su vajilla de plata, en la que, previamente, con lima y martillo, borra las cifras imperiales; por cierto, con disgusto de algunos Oficiales de la isla, que ofrecieron hasta cien guineas por pieza completa. “¡Qué novela más extraordinaria es mi vida!”, dice al poner enfrentados el brillante pasado con el oscuro presente.

Mucho más sensibles las vejaciones morales impuestas por el gobernador, sir Hudson Lowe. Un día, como se quejaran los cautivos del abrasador sol que soportaban, les contestó: “¡Ya plantaremos árboles!” Cuando el Gobernador recibía algún libelo, de los muchos que produjo la literatura partidista de la época, no dudaba en enviárselo para su entretenimiento, y por el contrario, retenía las obras laudatorias o indiferentes por el hecho de rezar la dirección “al Emperador Napoleón”. Porque sir Hudson Lowe le llamaba simplemente “general Bonaparte”, pretendiendo además que los propios desterrados, que por propia voluntad le acompañaban, súbditos suyos, no le diesen tampoco el título imperial. Incluso en ocasión que llegó a la isla cierta persona particular, el Gobernador invitó al “general Bonaparte” a comer con ella y él, sin duda para enseñar su presa al visitante. Claro está, que ni fue ni contestó a la impertinencia. Limitación de platos en las comidas, despedida de criados, nombramiento de otros que en realidad eran espías, vigilancia insufrible por innecesaria en un lugar de donde era imposible fugarse, y, finalmente, separación de la isla de algunos de sus compañeros, incluso el mismo Conde de Las Cases, a quien, con fecha 11 de diciembre de 1816, escribió Napoleón al Cabo de Buena Esperanza, a donde fue evacuado, lo siguiente: “Llegado usted a Europa, ya sea que vuelva a la patria o bien que vaya usted a cualquier otra parte, ufánese siempre de la fidelidad que me ha mostrado y de todo el afecto que le profeso. Si viere a mi esposa y a mi hijo, abrácelos usted; de dos años a esta parte no he tenido noticias de ellos ni directas ni indirectas. Seis meses ha que está en este país un botánico alemán que los ha visto en el jardín de Schoenbrun algunos meses antes de su partida; los bárbaros han impedido cuidadosamente que viniera a darme noticias suyas...”

Con razón, pues, hubo de decirle Napoleón a sir Hudson Lowe: “El peor proceder de los ministros ingleses no ha sido el enviarnos aquí, sino encargar a usted del mando de la isla. Usted es para nosotros un azote mil veces más intolerable que las miserias de este espantoso lugar.”