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UNA INTERPRETACIÓN DEL LEVANTAMIENTO DEL 2 DE MAYO DE 1808

Hace unos años un importante historiador especializado en el periodo de la guerra de la Independencia española, don Nicolás Horta, realizó una incursión en los sucesos del 2 de mayo de 1808, pero tratando de analizarlos desde el punto de vista de las motivaciones y la subsiguiente represión por parte de los soldados de Napoleón.

Aquel día, las autoridades españolas y las tropas francesas forzaban la deposición de las armas por parte de los vecinos que primero se enfrentaron a pecho descubierto ante los aguerridos soldados galos, y que después algunos de ellos se parapetaron tras los débiles muros del Parque de Artillería de Monteleón, formando cuerpo con los escasos militares que en aquellos cruciales momentos se habían decidido a enfrentarse al invasor.

Los militares que iniciaron decisivamente la desobediencia a las órdenes superiores fueron:

Cuando los agotados y mermados defensores del Parque depositan en tierra sus armas y exánimes salieron del recinto, eran ya las dos de la tarde de aquel para siempre memorable 2 de mayo.

También en su día, con ocasión de la conmemoración del Primer Centenario del Dos de Mayo, el Sr. Antón del Olmet, en su obra "El arma de Infantería en el levantamiento del 2 de mayo de 1808. Aclaración histórica", decía que "... la historia militar del 2 de mayo no ha podido aún ser hecha...". Como nos recuerda en su artículo el Sr. Horta, "... lo sucedido no fue un levantamiento militar...". Fue quizás un movimiento emprendido desde dentro del Palacio Real, posiblemente iniciado por el mismo que había procurado la presencia francesa en España, el ahora caído Príncipe de la Paz y adecuadamente conducido hacia aquellos ciudadanos, que pacíficamente, desde días antes habían visto, como los franceses entraban y se asentaban en los más diversos puntos de la capital madrileña, por lo que se encontraban en fácil disposición para ser precipitados a donde quisiesen los encargados de originar cualquier alboroto o revolución. ¿El motivo? Cualquiera, y ¡qué mejor motivo que el traslado del Infante!.

Tras el motín de Aranjuez, Godoy había reaccionado y comienza a interpretar los movimientos y actitudes de los franceses por lo que cambia totalmente de posición respecto a su tan admirado Napoleón, por ello comenzaría a diseñar los planes que imposibilitasen su asentamiento en territorio español, dificultando todos sus movimientos en lo posible.

Por otra parte los artilleros, de la mano del capitán Velarde, comenzaron a preparar por su parte y quizás sin que en ningún momento hubiese connivencia alguna con Godoy o sus enviados, unos planes internos, muy personales, que sirviesen para defender el suelo patrio ante la progresión que llevaban a cabo las tropas franceses. Por esta parte, los planes eran los más indicados desde el punto de vista de la táctica militar, puesto que según ellos, en un momento determinado podrían colapsarse las comunicaciones y al tiempo, emplearse en cada destacamento contra quienes pretendiesen algún acto de fuerza contrario a los intereses nacionales. Lo ideado por Velarde no parece que hubiese contemplado en ningún momento la posibilidad de auxiliarse con el personal civil, con aquellos ciudadanos que a su modo de ver difícilmente podrían colaborar en el auxilio y éxito de las acciones militares que se emprendiesen. Era un hipotético plan, resultante de las noticias que al él llegaban, y trazado exclusivamente por Velarde y presentado solo en el círculo de sus amistades o directos colaboradores, tales como el coronel Novella, el capitán Daoiz, el coronel Navarro Falcón, el Ordenador de Artillería Silva y el Comisario Gallego.

Se ha comprobado que las autoridades españolas, al menos las de Madrid, reaccionaron colaborando plenamente con las francesas mandadas por Murat, estableciéndose por la ciudad tras el levantamiento, patrullas mixtas que afanosamente buscaban armas o personas sospechosas de haberse batido en las calles o en el Parque de Artillería. Gracias a esta participación quizás fue posible la saca de vecinos para conducirlos ante los pelotones de fusilamiento en El Prado. Asentado en el edificio de Correos, el capitán general Francisco Javier Negrete y Adorno participaba en la Comisión militar que distinguió a sus vecinos con la medalla de su sacrificio, acompañado del general Sesti, mientras los Alcaldes de Casa y Corte ordenaban el registro de muchas viviendas en busca de las escasas armas que albergaban los pobres domicilios madrileños. Cuando no hallaron armas, encontraron siempre alguna persona que podía atribuírsele la participación en el levantamiento.

Dice el Sr. Horta que "... la causa del levantamiento de España contra el invasor, no está en el DOS DE MAYO sino en la represión subsiguiente. Además por la actitud del ejército, primero inoperante, como institución, luego colaborador de la venganza del Gran Duque, rebasa lo anecdótico para enlazarse con importantes aspectos de una guerra que nace popular, que en gran medida se desarrollará como irregular y que, precisamente por esto, muchos de sus actores de uno y otro bando se harán merecedores de la gloria y, a veces del oprobio."

Durante tres días la represión recorrerá las calles madrileñas, el terror del vecindario contribuirá en muchos casos a que estos ciudadanos lleven a cabo también acciones sobre sus propios opresores, vengando de este modo a tantos inocentes como aquellos días murieron e iniciando los primeros vestigios del retorno de los guerrilleros españoles.

Como fácilmente podemos comprender, el ciudadano de a pie, lo mismo que hoy en día ocurre, a pesar de que en nuestros días cada uno de nosotros posea una mayor formación, disponibilidad de medios hablados de difusión, infinidad de modos de informarse, seguimos sin conocer o participar activamente en las decisiones de quienes tratan de dirigirnos y cuando a él llegan las noticias, suelen ser conducidas, como siempre, por los intereses de los que se erigen en dirigentes.

Este pudo ser el modo en que se buscaron las adhesiones al levantamiento popular madrileño, y debió de ocurrir así, algunos allegados a Palacio se repartieron por la ciudad, dejando pasquines, pero también trasmitiendo de viva voz, el peligro que se cierne sobre la familia Real, a la cual solamente el pueblo podría salvar. Así es como los madrileños fueron hábilmente conducidos por personas allegadas a Palacio, que aprovechando la simplicidad de quienes les rodeaban, arengaron con fáciles palabras a quienes si podían impedir la progresión francesa.

La nobleza fernandina, los aristócratas, los Gentilhombres se apoyó en la idea de dar el aspecto de un movimiento popular a lo que realmente ellos habían previamente trazado en Palacio. Las personas encargadas de ir por barrios incitando al pueblo con aquellas siempre bien acogidas frases de "fuera el extranjero", que ahora tras los primeros pasos franceses por España deberían de producir un fortalecida y fácil reacción contra el invasor.

Refiriéndonos a testigos de aquel día, Alcalá Galiano en sus "Memorias", nos da una muy directa versión de lo que por aquellos días se esperaba en Madrid, y nos dice: "... hallábame vistiendo para salir a la calle con la inquietud natural en aquellas horas, cuando mi madre, azorada, le dijo: Ya ha empezado. No necesitaba designar el hecho que tenía principio, sino que se daba noticia de su llegada como de cosa conocida a suceder..."

Podemos por ello intuir que al menos una determinada clase social madrileña conocía los planes preestablecidos en aquellos días ante Palacio, sin embargo los caídos de aquellos días son los de la clase social más humilde, prueba que ellos fueron los que realmente, como casi siempre ocurre, los que llevaron el mayor peso, al menos el de la tumultuosa reacción española a los abusos de las tropas de Murat.

Pasquines situados el 24 de abril en todas las confluencias de los caminos y calles prohiben las reuniones, los mítines y cualquier otra forma de concentración de personas.

El siguiente domingo 1º de mayo, de madrugada comenzaba la habitual y esperada reunión del gentío madrileño y del procedente de los pueblos vecinos que venían a la anual feria de Santiago el Verde, que concentraba en la ribera del Manzanares a quienes venían a rezarle al Santo y a la que seguía uno de aquellos atrayentes y folclóricos desayunos en las praderas ribereñas. Madrid este día se llenaba de familias que en tono de fiesta acudían a la romería que desde años atrás allí se celebraba y que era esperada con ansiedad, era el momento de hallarse con aquellos amigos que tras un año de separación allí concurrían puntualmente. Por ello también se aprovecha la oportunidad y desde las primeras horas de la mañana se habían repartido por todo Madrid una serie de hojas clandestinas, en las que al decir de algún cronista parece ser informaba del modo siguiente:

"Las diez de la mañana es la hora fatal acordada para alzar el telón a la más sangrienta tragedia"

Por ello desde muy temprana hora del día 2 las gentes se arremolinaban en torno al Palacio Real. Sobre las 9 de la mañana los más próximos a las caballerizas del Palacio Real son testigos de la actividad que en ellas se lleva a cabo, carreras por los pasillos, idas y venidas, hasta que finalmente un carruaje sale en dirección a la calle Del Tesoro, en él se alejaba de Madrid la reina de Etruria, por la que los madrileños no sentían aprecio alguno al considerarla cómplice de Murat. Entretanto, dejando transcurrir el tiempo entre un carruaje y otro, los cocheros Reales, Pedro del Castillo y José Antonio Ortega esperaban la indicación del Ayudante de Murat, coronel Rucher para salir en pos del otro coche, esta vez conduciendo al Infante don Francisco de Paula. Cuando están a punto de salir del patio, corriendo llegaba allí un hombre de confianza de Fernando VII, era José Blas Molina y Soriano, quien al ver aquellos movimientos, dio la vuelta y salió corriendo al tiempo que gritaba:

¡Nos llevan al Rey y ahora quieren llevarse a toda la Familia Real!

¡Mueran los franceses!

Aumentando la desesperación, en uno de los balcones se asoma un Gentilhombre, el teniente-coronel de Infantería Rodrigo López de Ayala que grita a los concentrados:

¡Vasallos, a las armas!, ¡Que se llevan al Infante!

Pocos instantes después el teniente coronel muere víctima de un certero disparo. En ese momento la muchedumbre comienza a correr hacia el carruaje del Infante, corta las correas del tiro de las caballerías. Comenzando a zarandear a los soldados de la Guardia francesa. Rebasado en sus posibilidades el coronel Rucher, estuvo a punto de ser muerto, de no haber intervenido 11 granaderos de la Guardia Imperial que el vigilante Murat había enviado como refuerzo y se incorporaban en aquel instante.

Los franceses ante los movimientos de los madrileños, previniendo tumultos, habían emplazado tres cañones ante la plaza de Palacio, lo mismo que habían hecho en otros puntos de la ciudad, y desde allí realizaron los primeros disparos contra el indefenso gentío.

Dispersanse los madrileños y aceleradamente corren en varias direcciones, propagando la noticia del suceso a todos con los que se encontraban. El grupo que subió por la calle de Santa Clara y de la Palma Alta, iba bien dirigido en busca del armamento que suponían se almacenaban en el Parque de Artillería de Monteleón. Mientras, otro de los grupos fue hacia la Puerta del Sol por el camino más recto, esto es, por la calle Mayor, cuando llegan a ella serían ya casi las once de la mañana. Contra el pueblo se acercaban las columnas francesas por todas direcciones. Por el Sudoeste entraron los que se hallaban acantonados en la Casa de Campo, lo hicieron divididos en dos columnas, una por el puente y calle de Segovia y otra por la puerta y calle de Toledo, cruzando por la plaza de la Cebada donde dieron muerte a algunos patriotas, terminando su recorrido en la Plaza Mayor. Por la Carrera de San Jerónimo subía un Compañía de la caballería francesa acampada en el Retiro, que apartó a los bravos madrileños y prosiguió al galope en dirección a Palacio.

Poco después de cesar las hostilidades de los que se habían concentrado en el Parque de Artillería, Murat emitió un bando mediante el cual trataba de reprimir las ansias populares de libertad. Realmente en este caso, el Bando se imprimió después de haberse iniciado la represión popular. Decía así:

"ORDEN DEL DÍA.

SOLDADOS: El populacho de Madrid se ha sublevado, y ha llegado hasta el asesinato. Sé que los buenos españoles han gemido por éstos desórdenes. Estoy muy lejos de mezclarlos con aquellos miserables que no desean más que el crimen y el pillaje. Pero la sangre francesa ha sido derramada; clama venganza; en su consecuencia mando:

Artículo 1º El General Grouchy convocará esta noche la Comisión militar.

Artículo 2º Todos los que han sido presos en el alboroto y con las armas en la mano, serán arcabuceados.

Artículo 3º La Junta de Gobierno va a hacer desarmar los vecinos de Madrid. Todos los habitantes y estantes quienes después de la ejecución de esta orden se hallaren armados o conserven armas sin una licencia especial, serán arcabuceados.

Artículo 4º Todo lugar en donde sea asesinado un francés será quemado.

Artículo 5º Toda reunión de más de ocho personas será considerada como una junta sediciosa y desecha por la fusilería.

Artículo 6º Los amos quedaran responsables de sus criados; los jefes de talleres, obradores y demás, de sus oficiales; los padres y madres de sus hijos, y los ministros de los conventos de sus religiosos.

Artículo 7º Los autores, vendedores, distribuidores de libelos impresos o manuscritos provocando a la sedición, serán considerados como agentes de Inglaterra y arcabuceados.

Dado en nuestro Cuartel General de Madrid a 2 de mayo de 1808. JOACHIM.

Por mandato de S. A. I. y R. El Jefe de Estado Mayor General, BELLIARD."

Un ejemplar comportamiento fue el que tuvieron los presos de la Cárcel de Casa y Corte, los cuales solicitaron y finalmente lograron se les permitiese participar en la lucha. Armados con lo primero que hallaron, palos, cuchillos y poco más, salieron en tropel en dirección a la plaza Mayor, donde lograron desarmar al destacamento de artillería francesa que allí se encontraba y que no contaba con tan inesperado y tamaño ataque. Tomada la pieza de artillería, se emplazaron en el lugar y realizan la defensa frente a un escuadrón ligero que les ataca, al que logran causar bastantes bajas. Agotada la munición, se dividen y prosiguen por diversos puntos de Madrid, atacando, matando y a su vez muriendo uno de ellos. En la madrugada del día 3 de los cincuenta y cuatro que habían salido, regresan a la Cárcel, cincuenta y uno, uno de ellos herido. Faltaron tres, uno por haber muerto en la lucha, otro que muy gravemente herido se encontraba en una cama del Hospital, el tercero desaparecido, posiblemente por haber perecido también en una de las calles, pero sin que se le identificase.

Linsy Oflodor.