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Zaragoza en el año 1808. COSO ALTO y COSO BAJO

Cementerio de franceses y escuela de dignidad

Por B. García Menéndez. Zaragoza, 1944

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Nadie desconoce esa vía ancha y llena de luz que empieza en La Rebolería, barrio de tenerías y forjadores, y acaba frente al palacio de Luna, sede de virreyes y de justicieros caballeros, cuna de la Ley y del Honor. Era la recta vía por donde circulaba la Zaragoza de antes; línea vertebral y dominadora de la ciudad. Desfiladero de las ambiciones y de las alegrías, de las cabañeras y de las carrozas de los señores. Escenario amplio de lisonjas y homenajes, de ajusticiamientos y de manifestaciones. Estadio y balcón, corredor y museo, retablo y paseo. Todo lo que puede ser la cinta en que se han de medir los actos de la vida pública y social...

Es el Coso como una vena harta de vida, por la cual discurría y campaba la noble raza zaragozana, avisada y fuerte. En los carasoles del Arco Cineja se comentaba, casi sin saberlo, con la intuición con que el pueblo advierte los grandes acontecimientos, el Tratado de Fontainebleau, la invasión de España por los franceses, llevada de una manera cínica, con la colaboración de ciertos españoles y con el pretexto de conquistar a Portugal. Los labradores sabían que nuestros "aliados" empleaban la astucia para apoderarse de los puntos fuertes. Y los labradores se reían, con timidez y respeto, de aquello que cierta proclama regia decía:

"Que las tropas de su caro amigo el Emperador atravesaban el reino con ideas de paz y amistad."

Corrían por el Coso como liebres las versiones y los sobresaltos. Y en el espléndido vivir de esa magnífica calle tuvieron los vecinos de Zaragoza el sentimiento de la dignidad con entusiasmo general, dedicándose al aprendizaje del uso de las armas.

Se formaron batallones y compañías por gremios y oficios. Acudieron los vecinos del Arrabal y se formaron tempestades y motines... Y mientras se aprendía Coso arriba y Coso abajo el arte de la disciplina militar en un plazo fenomenal de siete días, el general Lefebvre llegaba a los muros de Zaragoza, y teniendo segura la presa, se internaron por las calles, donde quedaron, víctimas de su atrevimiento. Empezó la guerra. Partidas de banderas de algunos regimientos, una muchedumbre de paisanos, trescientos voluntarios desfilaban por la calle principal. Brazos de hierro y pechos de diamante.

Y el enemigo asomó a las huertas de Santa Engracia y de Campo Real. Y llegaron los franceses hasta el Coso. Por primera vez los zaragozanos pasaban de la simple categoría de seres sin importancia a formar la pléyade de héroes que habían de asombrar al mundo. En el Coso Bajo fue el P. Ignacio de Santa Romana quien, haciendo alarde de gran tirador, se enfrentó en la plaza de la Magdalena con el ejército del emperador Bonaparte. Los defensores se animaban. Y el Coso quedaba convertido en un frente de batalla, sobre el cual se había de discutir si los aragoneses perderían el derecho de ser aragoneses, el derecho a ser españoles.

Y esa calle, magnífica durante días, meses y años fue la línea en la que se realizó una de las acciones más grandes en defensa del honor y de la dignidad humana. Barricadas y trincheras. Ayes y jotas. Brigadier y soldado, caudillo y pueblo.

Y en el Coso Alto, como en el Bajo, se "batió" el cobre el pueblo sin otros medios que el recurso moral de una raza gigantesca. Sus piedra se tiñeron de sangre... Las casas padecieron la mutilación de la metralla... Corrieron los fantasmas de la peste y de la miseria... La vergüenza de la capitulación y la derrota... La gloria de la revancha y de la victoria... El desorden de la huida... Evacuación y abandono... Llorar y abandonar... Pero registró el Sol un amanecer lindo y brillante, y hubo desfiles y misas, algarabías y canciones... Andaban y cantaban los triunfadores... Callaban, en elocuente silencio, los que dormían el sueño inefable de la gloria; dignos y grandiosos muñecos de carne y hueso, con alma templada y pasiones tumultuosas... El Coso fue todo: media población y línea general de un frente de batalla. Desfiladero de la huida y vía ancha y gloriosa de la victoria. Cementerio de aragoneses y estadio ancho, donde brilló la victoriosa Independencia española.

El Coso fue teatro de las glorias aragonesas. Dos millares de episodios y de anécdotas guerreras que llenarían todo un voluminoso libro. Quizá el más caracterizado episodio fue aquel en que los dos escribanos de Cámara, don Miguel Garín y don Nazario Mozota, dejaron la pluma y manguito, sellos y despachos, y se convirtieron en héroes verdaderos de la defensa de Zaragoza. Agonizante la acción defensiva de "a punto del Coso", fue el que eligieron Garín y Mozota para teatro de sus glorias. "Los repetidos toques de generala llevaron a este punto principal y memorable a todos los vecinos de Zaragoza capaces de llevar armas". Y en el palacio de los duque de Híjar se iban exhortando y preparando hasta los más ancianos, que salían a morir a cuatro metros de donde se hacía el último esfuerzo de la defensa.