Make your own free website on Tripod.com
Enero | Febrero | Marzo | Abril | Mayo | Junio | Julio | Agosto | Septiembre | Octubre | Noviembre | Diciembre
Siguiendo el "Año militar español" .

5-11-1808. ACCIÓN DE VALMASEDA 6-11-1809. HEROICO ACTO EN SANTA COLOMA DE GRAMANET

10-11-1808. BATALLA DE ESPINOSA

10-11-1808. BATALLA DE GAMONAL O DE BURGOS

18-11-1809. COMBATE DE ONTÍGOLA

19-11-1809. BATALLA DE OCAÑA

23-11-1808. BATALLA DE TUDELA

23-11-1809. ACCIÓN DE MEDINA DEL CAMPO

24-11-1812. DEFENSA DEL CASTILLO DE ALBA DE TORMES

28-11-1809. ACCIÓN DE ALBA DE TORMES

29-11-1811. BALLESTEROS IRRITA A SOULT

30-11-1808. ACCIÓN DE SOMOSIERRA

5-11-1808. ACCIÓN DE VALMASEDA

Después de la acción de Zornoza (ver el 31 de octubre) avanzó el mariscal Lefebvre hasta Valmaseda, cuya posesión no quiso disputarle Blake, retirándose el 3 de noviembre a La Nava, dos leguas distante; el mariscal francés dejó en Valmaseda la división Villate y retrocedió a Bilbao. Mas como el mariscal Victor había marchado hacia Orduña amenazando flanquear la derecha de las posiciones de los españoles y aislar las divisiones que mandaba Acevedo por el camino de Bilbao, moviéndose las demás fuerzas hacia El Berrón, Arciniega y Orrantia, por cuyo lado se presentaron las divisiones comprometidas, libres ya de todo peligro. La IV División, que mandaba D. Estéban Porlier y Asteguieta, atacó con la mayor resolución a la de Villatte arrojándola de Valmaseda; y como al mismo tiempo, algunas tropas que envió Acevedo hacia el flanco del enemigo, amenazaban cortarle la retirada, el movimiento retrógrado de los franceses se convirtió en desordenada fuga hasta Güeñes, dejando en poder de sus contrarios un cañón, carros de municiones y muchos equipajes, incluso el de Villatte. La proximidad de la noche impidió sacar más partido de la victoria continuando la persecución, y la división derrotada pudo continuar tranquilamente desde Güeñes a Bilbao, donde se reunió con la de Sebastiani (ver el 10 de noviembre).

Ir al

6-11-1809. HEROICO ACTO EN SANTA COLOMA DE GRAMANET

D. Sebastián Gotti, Vista de la Aduana de Barcelona, antes de jurar al rey intruso, prefirió perder el destino y lanzarse al campo, organizando una pequeña partida con la que, sin apartarse mucho de las murallas, casi siempre bajo el cañón de la plaza, dio mucho que sentir a los destacamentos franceses. Perseguido por varias columnas, fue al fin rodeada su fuerza, 30 hombres, cerca de Santa Coloma de Gramanet, junto al Besós, por una columna de 150 imperiales. Gotti opuso una resistencia desesperada, y cuando vió muertos a 20 de los suyos, trató de capitular, siempre que sus contrarios accediesen a la condición de permitirles entrar en Barcelona formados con armas y tambor batiente, para ir a entregar aquellas en casa del gobernador militar. Los franceses, bien sea admirando la heroica defensa de aquellos hombres, o temerosos de las consecuencias de la desesperación de los que quedaban vivos, accedieron a tan extraña imposición, y el vecindario de la capital del Principado pudo presenciar con gran satisfacción el raro espectáculo de atravesar las calles, a las tres de la tarde del 6 de noviembre, aquella pequeña fuerza de diez hombres, arma al brazo, el valiente Gotti a su cabeza con la espada desenvainada, y precedido de un tambor batiendo marcha española. Con aquel militar aparato fueron a deponer las armas frente a la Comandancia militar, para ser conducidos prisioneros a Francia, donde el heroico Gotti terminó miserablemente sus días víctima de penoso cautiverio, como tantos otros patricios.

Ir al

10-11-1808. BATALLA DE ESPINOSA

El general Blake peleó todavía en Güeñes el 7 con sus 1ª y 2ª Divisiones y la de Vanguardia, después de la acción de Valmaseda (ver 5 de noviembre); pero ante la superioridad numérica del enemigo y la falta de subsistencias, decidió aquella misma noche retirarse definitivamente desde sus acantonamientos de Valmaseda, Sopuerta y Orrantia, efectuándolo con bastante orden el 8, no sin un nuevo y rudo combate sostenido por las fuerzas situadas en el primero de dichos puntos para proteger el movimiento, pues los franceses las acometieron con decisión; y aunque el grueso del ejército de Galicia o de la Izquierda entró en la tarde del 9 en Espinosa de los Monteros, como aquellos le acosaban de cerca, determinó el general español hacerle frente en dicho punto, a pesar de las desfavorables circunstancias en que se encontraba.

Blake situó sus tropas del modo siguiente. La División asturiana del general Acevedo (diez batallones) a la izquierda, ocupando la altura de Las Peñucas o Peñuelas; a su costado la 1ª División (siete batallones) y la de Reserva (cinco batallones), ésta detrás de aquella, a cargo de sus respectivos jefes D. Genaro Figueroa y D. Nicolás Mahy; más a la derecha, ocupando en el valle lo más abierto del terreno, el general Riquelme con la 3ª (nueve batallones), y a continuación parte de la vanguardia de Don Gabriel de Mendizábal, con seis piezas a cargo del capitán de Artillería D. Antonio Roselló, enfilando el camino de Quintana de los Prados, por donde debían presentarse los imperiales, la 2ª (Martinengo); la del Norte (ocho batallones) mandada por el conde de San Román, algo avanzada, ocupando el alto del Ataque, y cubriendo su flanco derecho la 4ª (nueve batallones) bajo las órdenes de Portago, que apoyaba este costado en el río Trueba. Las posiciones eran excelentes y bien elegidas, y la fuerza de los españoles escasamente de 21.000 combatientes.

Esquema de la batalla (41.224 bytes)

El mariscal Victor, que se había unido en Valmaseda al mariscal Lefebvre, se separó de éste en La Naya para seguir tras de los nuestros, mientras el segundo se dirigía a Villarcayo, deseosos de acabar entre ambos con Blake, ya que tenían el encargo del emperador de frapper ferme (según Gómez de Arteche); y a la una de la tarde del 10 se dejó ver la vanguardia imperial, compuesta de la división Villatte, desembocando del pueblo de Quintana. Esta atacó sin demora, ni esperar la llegada de las divisiones Ruffín y Lapisse que le seguían, acometiendo sobre la marcha nuestra derecha la brigada Puthod, al paso que la otra brigada mantenía en jaque el centro e izquierda. Los franceses ganaron fácilmente el bosque que había a la diestra de la línea española, rechazando las avanzadas de la División del Norte; pero cuando, saliendo del arbolado, trataron de conquistar el alto del Ataque, todos sus esfuerzos se estrellaron ante el brío con que los defendieron la posición los regimientos de la Princesa y Zamora, dando brillantes y repetidas cargas a la bayoneta para contener el empuje de sus valientes adversarios. Las otras dos divisiones enemigas apoyaron a su llegada el ataque emprendido; mas a pesar de todo, reforzada la División del Norte por el general Blake, que viendo el peligro que corría, acudió personalmente al sitio del combate con la 3ª División y parte de la reserva, ele enemigo fue siempre rechazado, terminando la pelea a la caída de la tarde con una carga general de nuestras tropas, que obligó a retroceder a los franceses hasta el bosque, bajo los solemnes y victoriosos acordes de las músicas de todos los regimientos que defendían la posición. Esta primera parte de la batalla, tan favorable a los españoles, costó a los contrarios más de 2.000 bajas; pero aquellos pagaron su triunfo con la pérdida de dos de sus mejores jefes: el brigadier-coronel de la Princesa D. Joaquín Miranda y Gayoso, conde de San Román y marqués de Santa María del Villar, herido mortalmente en una ingle al dar una carga a la cabeza de su regimiento (Transportado en un carro de municiones a Cervatos, tuvo al día siguiente que internarse en la sierra huyendo de los franceses, y falleció tres días después en el pueblo de Suco, en cuya iglesia fue sepultado. Su espada se conserva en el Museo de Artillería, bajo el número 1.909), y el brigadier de la Armada D. Francisco Riquelme, muerto también al dirigir los ataques de la 3ª división, de la que formaban parte los batallones de Marina, que se distinguieron notablemente.

Blake estuvo ya poco acertado. Su gente llevaba algunos días sufriendo toda clase de privaciones; y continuando sin recurso alguno, pues los vecinos de los pueblos inmediatos habían huido todos, espantados de los horrores de la guerra, sin dejar tras de sí más que miseria y hambre, ni aun los heridos pudieron recibir el más pequeño alimento; por otra parte, los franceses, superiores en número, pues pasaban de 25.000, no era presumible desistiesen de su propósito con sólo el descalabro parcial que habían sufrido, pudiendo además ser apoyados por las tropas de Lefebvre, no muy distantes. El general español habría obrado pues con gran cordura levantando por la noche el campo sigilosamente para emprender la retirada a Reinosa, y el no hacerlo así fue causa de la derrota que sobrevino el siguiente día.

Reforzada nuestra derecha, y las tropas restantes de la línea en los mismos puestos que ocupaban la víspera, renovaron los franceses el combate en la mañana del 11, dirigiendo ahora sus esfuerzos a la izquierda española, que consideraban, y era efectivamente, la llave de la posición. Encargóse del ataque la brigada Maison, de la división Lappisse, que embistió con gran arrojo a la División asturiana. Esta rechazó al principio la acometida con sus descargas cerradas; mas observando el enemigo el influjo que ejercían algunos jefes en las bisoñas tropas que con tanta serenidad peleaban, hizo adelantar con sus guerrillas tiradores escogidos, y bien pronto cayo muerto de su caballo el mariscal de campo D. Gregorio Quirós, traspasado de dos balazos, y heridos el mismo D. Vicente María de Acevedo ( Alcanzado después un convoy de heridos por los jinetes del mariscal Soult, fueron muchos de ellos inhumanamente rematados. Tuvo tan desgraciada suerte el mariscal de campo D. Vicente M. de Acevedo, muerto a sablazos dentro del coche en que iba, a pesar de las súplicas de su ayudante el capitán D. Rafael del Riego, que quedaría prisionero y enviado a Francia ), comandante general de la División, el jefe de Escuadra D. Cayetano Valdés y otros distinguidos oficiales como D. Joaquín Escario y D. José Peón. Los franceses consiguieron así su objeto, pues los asturianos, viéndose privados de jefe tan querido y que tanta confianza les merecía, desmayaron y cedieron, pudiendo el enemigo coronar en breves momentos las alturas de la izquierda. Entonces Blake ordenó la retirada a Reinosa, pues el centro y derecha estaban amenazados de ser envueltos, y habían empezado también a ciar inquietos por tener a su flanco y al frente al enemigo, que avanzó con sus acostumbrada diligencia, por lo cual hubo que abandonar en el paso del río Trueba las seis piezas de Roselló, quien había protegido hasta aquel instante el movimiento de la reserva de Mahy. El desorden fue ya general y la dispersión completa, en términos que no se llegaron a reunir en Reinosa más de 12.000 hombres; sin embargo, el número de muertos (Contáronse entre ellos los oficiales de Ingenieros, capitán D. Juan Francisco Azpiroz y el teniente D. Dionisio López.), heridos y prisioneros no fue de consideración por la prontitud con que abandonaron el campo las tropas de Blake. Distinguióse en la confusión de la derrota el sargento de Hibernia D. Ildefonso Gil, que salvó la bandera coronela de su regimiento, arrebatándola de las manos de los franceses cuando ya se vanagloriaban con dicho trofeo. (Para conmemorar este hecho de armas se creo una Cruz de distinción semejante a la de Albuera con sólo la diferencia del nombre y cinta, que era de color rojo, con filetes en los cantos y lema: "Fernando VII. Espinosa" )

No paró aquí la desgracia del ejército de Galicia. El mariscal Soult, apenas hubo derrotado al de Extremadura en Gamonal (ver "Batalla de Gamonal"), corrió desde Burgos, de orden de Napoleón, a ponerse a espaldas de Blake o cortarle la retirada, ignorando aún el resultado de la batalla de Espinosa, lo que obligó al poco afortunado caudillo, acosado por todas partes, a continuar precipitadamente a través de las montañas, sin otro alimento que maíz y castañas, hasta León, donde hizo entrega del mando de su ejército (El 24 de noviembre tenía todavía un efectivo de 15.930 soldados y 508 oficiales.) al marqués de La Romana, el cual experimentó todavía nuevos disgustos y sinsabores en su retirada a Galicia en unión con el ejército británico del general Moore (ver el 16 de enero).

Ir al

10-11-1808. BATALLA DE GAMONAL O DE BURGOS

El mismo día en que se libraba la batalla de Espinosa, era completamente batido el llamado ejército de Extremadura en Gamonal, cerca de Burgos. El conde de Belveder (Le había nombrado la Junta Central para reemplazar a D. José Galluzo en el mando de dicho ejército.), llenó de buen deseo como todos nuestros generales, pero imprudente en demasía, cometió la más loca de las temeridades (Así lo califica el ilustre general Gómez de Arteche) adelantándose desde Burgos al encuentro de los invasores para contrarrestar en campo abierto y en terreno despejado, con sólo 8.000 hombres de todas armas, mal organizados y bisoños en su mayoría, el empuje de las numerosas y aguerridas fuerzas que conducía Napoleón. Este había llegado a Vitoria el día 8, y asegurados sus flancos por los Cuerpos I y IV (Victor y Lefebvre) lanzados contra Blake, y el III Cuerpo (Moncey) desde Lodosa contra el ejército del Centro, que mandaba Castaños (ver 23 de noviembre), él en persona, con los Cuerpos II y VI (Soult y Ney), la Guardia Imperial y la reserva tomó el camino de Burgos resuelto a dirigirse a Madrid.

El conde de Belveder se encontraba desde el 7 en Burgos con la Primera División del ejército de Extremadura; la Segunda no empezó a incorporarse hasta la tarde del 9; la Tercera no había pasado todavía de Lerma. Al tener noticia de la aproximación de los franceses, en lugar de hacerse fuerte en la antigua capital de Castilla, hizo adelantar hasta Gamonal la 1ª División, que mandaba D. José María Alós, y parte de la caballería, a las órdenes de D. Juan de Henestrosa, no tardando él en incorporarse con el cuartel general y las pocas fuerzas restantes de que disponía, formándolas todas en batalla entre Gamonal y Villafría, en dos líneas, para oponerse a la marcha del enemigo, con algunas guerrillas a los flancos, hacia la Cartuja de Miraflores, en la margen izquierda del Arlanzón, por un lado, y junto a Vellimar, en la orilla derecha del Ruvena, por el opuesto.

Temprano, al amanecer del 10, avanzó decididamente Soult hasta Villafría, llevando a la cabeza la división Mouton, que emprendió el ataque del bosque situado frente a la derecha española, mientras formaba en segunda línea la división Bonet, sirviendo a ambas de reserva la de Merle, todavía algo distante.

Esquema de la batalla (59.804 bytes)

Entre las tres reunían 20.000 infantes, y llevaba además otras dos divisiones de caballería (4.000 caballos), regida esta arma por el mariscal Bessières, quien tenía a sus órdenes como jefes de aquellas a los generales Lasalle y Milhaud. Basta lo dicho para comprender que las aguerridas huestes imperiales no necesitarían de muchos esfuerzos para conseguir el vencimiento de las pocas tropas que así se atrevían a hacerles frente. La maniobra envolvente de aquella formidable masa de caballería francesa, que inútilmente trataron de contrarrestar nuestros jinetes, fue suficiente para que, apenas iniciado el combate, se declarasen en desordenada fuga los batallones de Belveder, con excepción honrosa de los de Guardias Españolas y Walonas, en particular el último, que formó en cuadro y resistió heroicamente las repetidas cargas de los escuadrones de Lasalle; pero alternadas aquellas con el fuego por descargas de la infantería y artillería enemigas, quedaron bien pronto reducidos a 74 los 300 valientes que formaban el Cuerpo, y sólo entonces se desbandaron, cediendo a tan reiterados embates (El jefe accidental del Batallón, D. Vicente Genaro de Quesada, su ayudante mayor, se mantuvo en su puesto esperando la muerte, y cuando algunos jinetes franceses se le acercaron exigiéndole la entrega de la espada, aún intentó defenderse, en cuya pelea heroica sacó fuera de combate a uno de los enemigos e hirió a otro, hasta que rendido de fatiga y acribillado de heridas, cayó casi exámine sin conocimiento, que no recobró hasta al ser curado en el hospital de sangre, donde un general francés, testigo de su hazaña, le devolvió la espada con las mayores muestras de estimación). Acuchillados los vencidos por la llanura de Gamonal, entraron revueltos con ellos los vencedores en Burgos, cuya ciudad fue entregada al saco por los soldados de Napoleón (Cogieron también como botín 2.000 sacas de lana merina, que vendida en Bayona produjo muchos millones) no satisfechos todavía con su fácil victoria.

La derrota de Gamonal costó a los españoles 2.000 muertos, heridos y prisioneros, doce banderas y catorce piezas de campaña.

El conde de Belveder se reunió el mismo día 10 en Lerma con la 3ª División de su ejército, y por Aranda prosiguió hasta Segovia, donde hizo entrega del mando a D. José de Heredia, nombrado por la Junta central para sucederle.

Nuestra particular visión de lo sucedido en Gamonal:

Desde que habían salido de Extremadura, el general Galluzo se había quejado del deplorable estado que presentaban sus tropas, ello fue motivo para que la Junta pusiese al mando a un bisoño militar, el joven hijo del marqués de Castelar, general marqués de Belveder, con 32 años de edad y muchos de servicio en los salones de la Corte madrileña, pero nada o muy poco al frente de soldados.

Los vigías españoles comunican el día 7 que son grupos numerosos los que recorren las inmediaciones de Burgos, llegando incluso a tirotearse entre patrullas.

Los desnutridos y harapientos soldados que llegan el 9 a las órdenes del general Henestrosa, son los componentes de la 2ª división.

Burgos era en aquel tiempo muy distinto a como hoy lo podemos ver. Por el lado Norte del río Arlanzón, hacia el Este, se iniciaba un bosque que subía hacia las colinas circundantes. Entre el bosque y las que se conocían como colinas de San Miguel, se extendía la llanura de Gamonal, de más de una legua de longitud y media de latitud, por la que atravesaba el Camino Real a Francia, y que a su vez dividía al pueblo de su mismo nombre, y que distaba de Burgos un cuarto de legua.

En las últimas horas de la noche del 9, la caballería francesa al amparo de las sombras y del bosque de Gamonal, había logrado situar unos 800 caballos ante el pueblo de Villafría. Durante la tarde los franceses habían observado la bondad del terreno de Gamonal, desde su puesto de mando situado en la Cartuja de Miraflores, que ocupaban desde el 10 de agosto en que la Comunidad de Cartujos abandonó el lugar, tras haber convertido los soldados la Casa en cuartel y la iglesia en cuadra.

Alertado Belveder por las avanzadillas que continuamente recorrían los campos entre los ríos Arlanzón y Vena, ordena que salgan todos los Cuerpos que se hallaban en Burgos, inclusive la artillería, dirigiéndose a las veredas de la carretera de Francia, donde se apostan, sin contar con otro apoyo que el que les pudiera ofrecer el cauce del rió Arlanzón. Allí situados, esperan únicamente las nuevas órdenes de Belveder, cuando aparecen nuevamente a su vista parte de la caballería francesa, " ...que caminando al paso, parecían mas ir a una parada militar, que hallarse en una campaña militar...".

Los soldados españoles enardecidos ante aquella inusitada muestra de prepotencia, poco necesitaron para lanzarse en pos de aquellos. "Los zapadores, Granaderos provinciales, compañía de Tiradores, y algunos escuadrones de Voluntarios de España, auxiliados por la Primera compañía de artillería a caballo, mandados por Henestrosa,... con gran ardor se adelantan y arrojándose sobre ellos, los fuerzan a replegarse a Villafría, desde donde tras corta oposición enemiga vuelven a ser desalojados..."

Temeroso Belveder que aquella pequeña victoria inicial, no hubiese sido más que una argucia francesa, y pudiesen éstos haber preparado una emboscada "... ya que observando que el terreno empezaba a cerrarse por las alturas y ordena el desalojo de las posiciones y el cese momentáneo de las operaciones..."

Sobre la una de la madrugada del 10, con el mayor orden y procurando hacer el menor ruido, realizan las tropas españolas la retirada, dejando tras de sí varios enemigos tendidos en el campo. Cuando esto ocurría, ya la presencia francesa era mucho mayor; la caballería iba acercándose a vanguardia de un numeroso Cuerpo de tropas al mando de Bessières, que marchando al paso se dirigían hacia Burgos.

A esa hora, aún desconocía Belveder la proximidad del Emperador, así como el número de tropas que se hallaban en sus inmediaciones.

No bien había finalizado la ordenada retirada, cuando los puestos de avanzadilla que habían quedado sobre el terreno abandonado, se vieron hostigados por pequeños grupos de caballería francesa. Recibidos por Henestrosa informes relativos a los movimientos que se estaban produciendo, envía urgente aviso a Belveder, y éste dándose cuenta del error cometido al no haber continuado atacando desde Villafría, ordena a Henestrosa que se sitúe sobre el pueblo de Gamonal, con las dos divisiones de que disponía.

Las compañías de Guardias Valonas, primeros batallones del 2º regimiento de Mallorca, y Badajoz, 1ª compañía de Artillería a caballo, seguidos del Cuartel General al completo, se dirigieron a tomar nuevas posiciones en puntos quizás no muy favorables por la cercanía del enemigo.

Desplegados a ambos lados del bosque de Gamonal, a la izquierda y sosteniendo la artillería establecida en aquel flanco, se situaron a su vez en las suaves laderas sobre las que se asentaba el pueblo de Villimar; a continuación, a su derecha, entre el río Vena y la carretera de Francia, amparados por el bosque de Gamonal, se situaron, el 4º batallón de Guardias Españolas, y los Voluntarios de España. Seguía la línea defensiva establecida, con los regimientos de Badajoz y Mallorca, batallón 2º de Cataluña, regimientos de Voluntarios de Zafra, valencia y Alburquerque, y 4º batallón de Guardias Valonas, todos los cuales se asentaron entre la margen derecha de la carretera de Francia y el cauce del río Arlanzón, tomando posiciones más seguras como las que les ofrecían el Palacio y el pueblo de Villaguda, que les permitiría la defensa, en caso de verse apurados, desde las estribaciones donde se hallaba la Cartuja ( La Cartuja de Miraflores fue fundada en el s.XV, por Juan II de Castilla).

Frente a ellos, y a no más de un cuarto de legua sobre la carretera de Francia y a la entrada del bosque de Gamonal, se hallaba la División de Mouton, seguida de la que mandaba Bonet, teniendo a sus espaldas, y tras el pueblo de Villafría, la Reserva de Caballería. Entre la citada carretera y el río Arlanzón, teniendo a su derecha el bosque, la caballería de Lasalle seguida de los temibles Dragones de Milhaud.

Los escasos 9.000 hombres que tenía reunidos Belveder, tienen frente a sí un formidable ejército, formado mayormente por veteranos soldados, curtidos en sus anteriores combates por Europa, bien pertrechados e instruidos en la disciplina de combate, que en número de unos 20.000 infantes y 4.000 caballos, vienen al mando del mariscal Bessières, teniendo como jefes de sus divisiones a Bonet, Lasalle, Merlé, Milhaud, Moutton y Soult.

De improviso, con los primeros rayos del día, " ... siendo las siete de la mañana, con el mayor ímpetu aparece la división de Mouton, que procedía de Villafría... seguida de la que mandaba Bonet... dejando a Soult en el puesto de observación de Vega de Villafría...". En columna cerrada se abalanzan sobre el centro de las tropas españolas, "... y sin disparar un solo tiro, valiéndose únicamente de las bayonetas, destrozan con infortunio nuestro las defensas establecidas...". Nuestra artillería no pudo realizar más de dos o tres descargas, dado el ímpetu del ataque. La resistencia española queda rota y los soldados imperiales comienzan a sembrar el desconcierto en aquellos improvisados soldados.

Al tiempo, y por la otro ala de la defensa española, la caballería de Lasalle a galope tendido ataca las avanzadillas españolas, " siendo el fuego que les hacían nuestras líneas de la mayor viveza. Los enemigos cargaron fuertemente sembrando la desconfianza, el desaliento y de ahí la confusión y desorden, reculando toda la fuerza en huida, sólo el centro se mantuvo, mientras los demás se dirigían arbitrariamente a esconderse en los montes de la Cartuja..."

La maniobra envolvente que a ambos lados de la carretera llevaban a cabo los imperiales, dio como fruto, que rota la defensa, ante el destrozo de que estaban siendo objeto, los españoles huyen despavoridos, pensando únicamente en la salvación individual; la masacre es total. En su huida aquellos bisoños soldados, abandonan el escaso material de que disponían, dejando abandonado gran cantidad de fusiles y munición.

Henestrosa al frente de los Húsares, trata de contener el ataque, al tiempo que intenta impedir la huida de sus hombres, muchos de los cuales mueren ahogados al tratar de vadear el río Arlanzón, mientras otros que huyen a través de los puentes, entremezclados con restos de la caballería y del tren de artillería, son aplastados por sus propios caballos, o lanzados al río. Es desastre es total, ya que cuando aquellos lograban alcanzar las laderas de las montañas circundantes eran ensartados por los lanceros franceses sin compasión.

Desolado Henestrosa, busca incesantemente a Belveder, al cual desde el inicio del ataque francés no ha vuelto a ver. Poco podría imaginarse aquél, que Belveder, a los primeros síntomas del desastre, había emprendido fugaz huida hacia Burgos, pensando sólo en su salvación, y desentendiéndose de la situación desesperada en que se hallaban sus hombres.

¿Quién mejor que Belveder, para encabezar la huida de aquellos pobres hombres, metidos como él a soldados, que en su precipitada huida eran fácil presa de sus perseguidores?

Entretanto Lasalle y Milhaud se entretenían en perseguir a aquellos infelices sin darles cuartel. De tal manera fue el caos, que durante más de tres leguas, en todas direcciones, los franceses fueron dejando un triste reguero de muertos, al tiempo que hicieron muchos prisioneros, al tomar bolsas en las que se hallaban aquellos atemorizados españoles, llevados a una carnicería por un jefe inepto, pero favorecido por los poderosos del momento.

Entre todo aquél desconcierto, sólo se mantuvieron dos focos de resistencia ejemplar, uno en cada ala de las fuerzas españolas.

En el ala derecha, los hombres del 4º batallón de Guardias Valonas, al mando del coronel don Vicente Genaro de Quesada, se habían desplazado ante el bosque de Gamonal, teniendo a su izquierda la carretera que dividía el valle. Formaban el batallón 307 hombres, los cuales al recibir las primeras cargas de la impetuosa caballería de los Cazadores de Lasalle, organizados en cuadro, soportan estoicamente los ataques sin ceder un palmo del terreno. Concentradas en ellos las acometidas de los franceses, los Valones son diezmados, aunque a costa también de gran número de atacantes, que quedan en torno suyo, como la mejor corona de laurel que pudiese servirles de homenaje a su valeroso comportamiento.

De los 307 Guardias que iniciaron la acción, quedaban a las 9 de la mañana, 74 supervivientes, cubiertos de sangre, sus uniformes destrozados y sus armas melladas o descompuestas por el gran esfuerzo realizado. Los atacantes pudieron comprobar, que en ningún momento el cuadro formado por los Guardias Valones, dejó hueco alguno en sus filas. Cuando un soldado caía, otro ocupaba su lugar y, si ello era dado, aprovechaba sus armas.

Quesada cubierto de heridas, viendo la inútil merma que estaban experimentando sus hombres, decide ceder a la avalancha que los extermina. Cesa en su resistencia entregándose después de tan valeroso comportamiento de sus Valones.

Envía Lasalle unos jinetes a aprender a Quesada. y "... llegados a su término, exigen la entrega de su espada de la manera más violenta, ante lo que, en un esfuerzo postrero, hace retroceder a los que así se lo demandan, hiriendo a uno de ellos... finalmente rendido por la fatiga, y la sangre perdida, cayó inerme en tierra...", perdido el conocimiento, sólo lo recobró cuando llevado a Burgos por sus aprehensores fue curado en un hospital de sangre, momento en que Bessières le devolvió la espada, en prueba de respeto y admiración ante tan bravo soldado.

El otro foco de resistencia que decíamos, surgió en el ala izquierda española. Ocupadas las estribaciones de Villimar por los Voluntarios de España y los Granaderos provinciales, habían podido ver, como después del ataque inicial, los españoles que se hallaban al otro lado del río Vena, habían emprendido una atropellada huida, uniéndoseles algunos de los que lo verificaron a través del puente sobre el río.

Al mando de los Granaderos provinciales se hallaba el joven teniente coronel de Marina don Juan Díaz Porlier, que tan sólo con 20 años de edad, ha sido testigo de un nuevo descalabro de los ejércitos regulares españoles, que mandados por incompetentes jefes, terminaban con sus esperanzas de victoria sobre las águilas imperiales. Empujados `por los impetuosos ataques que sobre sus posiciones ejercían los soldados de Bonet, van cediendo terreno, pero cada paso atrás dado significan varios franceses muertos o heridos.

Cualquier resquicio que se le ofrece, representa un baluarte donde se aferran los Granaderos; los Voluntarios de España, poco o nada pueden hacer, ya que el terreno sobre el que se encuentran no es el más propicio para la caballería en posición defensiva, mientras que para el ataque ofrece posibilidades mayores.

El terreno sobre el que habían iniciado la operación Porlier y los suyos, era una pequeña franja de unas 370 varas castellanas. Grande debió de ser el derroche de valor de estas tropas, ya que cuando el retroceso es más patente, quedan sobre aquel lugar unos 400 hombres y 15 caballos. Corto había sido el tiempo desde que Porlier se había hecho cargo de los Granaderos, pero quizás el suficiente para infundirles el necesario espíritu de sacrificio en la defensa de la Patria.

La retirada a que se vió forzado, debió de ser perfectamente llevada a cabo, ya que aconsejado por el sargento de Granaderos, Amor Pisa, gran conocedor de aquellos parajes y de la protección que les podía brindar el terreno en aquella apurada situación, inician la marcha hacia los montes de Oca y el cauce del Alto Ebro.

Al anochecer de este día, Napoleón recibe en su campamento de Cubo de Bureba, y remite un correo a su hermano José, acantonado en Briviesca, y por tanto muy próximo a las acciones, pero que desconocía el resultado feliz para los franceses.

Napoleón en su carta tilda a los españoles de "... celle-ci infàme canaille fanfaronne... ". A sus comandantes de Plaza les ordena "... que hagan sonar y dejen oír el cañón, no para anunciar la victoria sobre los españoles, sino sobre el ejército inglés...".

Este es el indigno y triste epitafio de aquellos más de 2.000 españoles destrozados en los campos de Gamonal.

La mayoría de las fuerzas que participaron en gamonal, eran de procedencia campesina, carentes de adiestramiento, armamento, vestidos, calzado y hasta la mínima ración de rancho.

"... Sólo habían llevado, desde su salida de Extremadura, un grande sentido patrio, de defensa de la tierra que les había visto nacer, y tristemente... de su rey...". Según informes recogidos en los Archivos del Ejército de Extremadura, entre aquellos se hallaban 2.763 campesinos.

La guerra de la Independencia se mostraba ya, en sus primeros momentos, como la guerra del Pueblo contra el invasor; de ellos saldrían los cuadros que alzarían guerrillas en todo el territorio y de los que a su vez surgirían los generales que resultarían vencedores de aquella larga guerra, que durante seis años asolaría los campos españoles.

(De la obra: "El Marquesito" Juan Díaz Porlier, general que fue de los ejércitos nacionales... (1788-1815), págs. 36 a 47, del tomo I.).

Ir al

18-11-1809. COMBATE DE ONTÍGOLA

En el combate de caballería librado junto al lago de Ontígola, en el camino que va de Aranjuez a Ocaña, la víspera de la batalla de este nombre, el general francés París cayó muerto a los pies del cabo de Pavía Vicente Manzano, que lo atravesó de parte a parte con su sable y despojó del uniforme y papeles que llevaba, siendoo dicho valiente Cabo recompensado con dos escudos, uno de distinción y otro de premio (el sable del general París fue cedido al Museo de Artillería, donde se conserva con el número 1.911, por el teniente general duque de Ahumada).

También se distinguió en este combate, del que salió con once heridas, atravesado el pecho por una lanzada de los polacos, quedando en el campo por muerto, el oficial de Guardias de Corps, don Angel de Saavedra, después duque de Rivas.

Ir al

19-11-1809. BATALLA DE OCAÑA

Después de la batalla de Talavera (V. 28 de julio), sucedió al general Cuesta en el mando del Ejército de Extremadura don Francisco Eguía, quien, cumpliendo las órdenes de la Junta Central, pasó a reunirse con el ejército de la Mancha, que derrotado en Almonacid (V. 11 de agosto) se había situado en Sierra Morena, sentando a fines de septiembre su Cuartel General en Daimiel, donde tomó el mando de todas las fuerzas reunidas, consistentes el 3 de octubre en 51.869 hombres, de ellos 5.766 de Caballería, con 55 piezas: el ejército español más numeroso y lucido que se vio durante la guerra de la Independencia. Situado el ejército inglés de lord Wellington en los confines del reino lusitano, Eguía sólo había dejado en Extremadura unos 12.000 hombres al mando del duque de Alburquerque.

El nuevo general en jefe, bien sea por prudencia o por su carácter irresoluto, en cuanto a los franceses, ya concentrados de nuevo después de su victoria de Almonacid, hicieron un movimiento ofensivo en dirección de Daimiel, por Villarrubia el I Cuerpo (Victor), y por Villaharta a Manzanares el IV (Sebastiani), abandonó de nuevo los campos de la Mancha para volver a su refugio de Sierra Morena. Disgustó en extremo tal determinación a la Junta, que acariciaba la idea de arrojar al enemigo de Madrid, y el general Eguia fue destituido, sucediéndole don Juan Carlos de Areizaga, quien se había dado a conocer recientemente en Alcañiz (V. 23 mayo).

A los pocos días, el 3 de noviembre, se movía ya Areizaga con sus tropas (Estaban organizadas en una vanguardia, siete divisiones de Infantería y otra de Caballería, mandadas respectivamente por los brigadieres don José Zayas, don Luís Lacy, don Gaspar Vigodet, don Pedro Agustín Girón, don Francisco González Castejón; mariscales de Campo don Tomás Zerain y don Pelegrin Jácome; brigadieres don Francisco Copons y mariscal de Campo don Manuel Freire, muy experto el último en el manejo de la Caballería), pasando el Cuartel general a Santa Cruz de Mudela y el 7 a Herencia; la caballería precedía al ejército para explorar el terreno, que se apresuraban a abandonar los jinetes imperiales de Milhaud y París al ver la decisión y rapidez con que avanzaban los españoles, no sin empeñar algún combate, como sucedió en la Cuesta del Madero, y a las mismas puertas de Ocaña, junto a cuya villa se encontraba ya reunido el día 11 todo el ejército español, habiéndola abandonado la noche anterior la brigada Milhaud y la división polaca del IV Cuerpo, que se replegaron hacia Aranjuez. Areizaga se dispuso el 14 a efectuar el paso del Tajo, la División Lacy por Colmenar de Oreja y el resto del ejército por Villamanrique, donde a uno y otro vado arbitraron nuestros ingenieros dos puentes de carros, con gran rapidez y habilidad; mas entorpecida la operación por un temporal de aguas que duró tres días, desconcertó este inesperado contratiempo al caudillo español, y desistió de ella, perdiendo un tiempo precioso, pues mientras él permanecía en Santa Cruz de la Zarza en la mayor indecisión, los franceses reunían en Aranjuez todas sus fuerzas al mando de José en persona, con el mariscal Soult de Mayor general: 40.000 infantes, 6.000 caballos y numerosa y excelente artillería que mandaba el acreditado general Senarmont. Sin embargo, recelosos todavía los contrarios, y sin resolverse a tomar la ofensiva, dejaron que Areizaga avanzase de nuevo a Ocaña el 18, en cuyo día hubo un choque de caballería en Ontígola, pudiendo el general español establecer allí tranquilamente sus tropas en la mañana del 19, al saber que los franceses habían al fin determinado atacarle.

Esquema de la batalla (64.435 bytes)

Los españoles formaron a derecha e izquierda de Ocaña, en dos líneas, con la caballería en las alas, el grupo mayor, mandado por Freire, a la derecha, un poco a retaguardia, y el otro por el coronel Ossorio, y a las diez de la mañana rompieron el fuego las guerrillas de uno y otro ejército, dirigiéndose el mariscal Mortier con las divisiones polaca y alemana del IV Cuerpo, apoyadas por otra del V, contra nuestra derecha y centro, mientras la de Desolles se presentaba al frente de Ocaña por la derecha de aquellas, y el general Senarmont establecía casi toda la artillería de ambos cuerpos en una eminencia que dominaba perfectamente el campo de acción, quedando en reserva el Intruso con la Guardia Real y las tropas restantes. La caballería imperial, puesta a las órdenes del general Sebastiani, dio un gran rodeo para practicar un movimiento envolvente sobre nuestra derecha, objetivo principal del ataque.

La primera acometida de los polacos fue briosamente rechazada por los españoles, que salieron a su encuentro y sólo pudieron ser contenidos en su avance por la artillería francesa, bajo cuya protección se rehizo de nuevo el enemigo; mas éste reiteró el ataque con más energía, y a pesar de los brillantes esfuerzos de nuestra artillería, "que hizo maravillas"(Toreno. Este y el general Arteche, al encomiar el comportamiento bizarro de la artillería española en Ocaña, se fundan en el aserto de los mismo historiadores extranjeros. Dice el alemán Schepeler: "... y la artillería española, perfectamente servida, se mostró superior a la de los enemigos..."; y el capitán badenés Rigel: "...los españoles no retrocedieron, sin embargo, y su artillería estuvo tan bien servida que desmontó dos de nuestras piezas y aun incendió un carro de municiones, causando no pocos muertos y heridos..."), fue empujada la línea española a retaguardia, teniendo al fin que efectuar un cambio de frente, ante la amenaza de la caballería de Sebastiani que se divisaba ya hacia su flanco. Dicho movimiento, de suyo difícil en circunstancias tan críticas, aun para tropas veteranas, lo efectuaron las nuestras, bisoñas casi todas, unas en desorden, otras con el mayor aplomo y serenidad, sobre todo las de la 1ª División, cuyo jefe, el brigadier Lacy, empuñando la bandera del regimiento de Burgos, para alentar a los suyos, escarmentó a los que de cerca le acosaban, siendo herido el general francés Leval, que perdió además uno de sus ayudantes; también fue, por nuestra parte, gravemente herido, el marqués de Villacampo, ayudante de Lacy. Viendo el mariscal Mortier que flaqueaba su primera línea, mandó a Girard que con su división (la 1ª del V Cuerpo), marchase por los intervalos de aquella contra los españoles, los cuales, observando que por su izquierda las tropas de Desolles estaban próximas a penetrar en Ocaña, y que por su derecha nuestra caballería huía vergonzosamente ante la formidable masa de jinetes enemigos dispuestos a la carga, cedieron al fin buscando el apoyo de la vanguardia. Desde este momento, poco más de las doce, en que la caballería imperial, dejando cortados en su rápido movimiento envolvente regimientos enteros, les obligó a rendir las armas, todo fue confusión y pánico en nuestras filas, siendo impotentes los jefes y oficiales para contener la dispersión. Zayas, recibiendo a cada instantes órdenes contradictorias, se sostuvo algún tiempo en su puesto; pero ocupada la villa por los soldados de Girard y de Desolles (Ocupaba al frente de ella algunas casas un batallón de Africa con dos piezas.), tuvo también que retirarse, aunque lo hizo en buen orden, retrocediendo paso a paso hasta llegar a Dosbarrios, donde fue al cabo envuelto en la derrota general; tan sólo la división Vigodet pudo mantenerse unida y en formación ordenada gracias al ejemplo del regimiento de la Corona, cuyo Cuerpo, rodeado de franceses, juró ante su coronel don José Luís de Lioni no separarse de sus oficiales, y salvar cinco piezas de artillería con sus carros de municiones, que maniobrando a la prolonga se le habían incorporado, sirviendo aquella esforzada División de núcleo para que se le reuniesen algunos Cuerpos de las restantes y unos 200 caballos, cuya columna se dirigió a Yepes, más tarde a Laguardia, y hallando este pueblo ocupado por el enemigo a Turleque, en cuyo punto volvió a ponerse a las órdenes de su general en jefe, sin haber dejado en tan largo y tortuoso camino ni un hombre ni una pieza.

Areizaga, torpe al principio, atolondrado luego, permaneció durante toda la batalla encaramado en una de las torres de Ocaña, atalayando el campo, pero sin dar disposición alguna ni dirigir la marcha del combate, y después tomó el camino de Dosbarrios, Laguardia y Daimiel, donde el 20 dio cuenta al Gobierno de la catástrofe. Esta fue espantosa, pues se perdieron 4.000 hombres muertos o heridos, de quince a veinte mil prisioneros, 40 cañones, equipajes, víveres, etc., casi todo el material de aquel antes lucido ejército (El regimiento de España perdió sus dos primeros jefes, 35 oficiales y 800 soldados entre muertos, heridos y prisioneros; el de Málaga las dos terceras partes de su fuerza, y así la mayor parte de los Cuerpos.).

No faltaron hechos muy señalados de valos, además del consignado del regimiento de la Corona, tanto en otros regimientos como en individuos aislados.

Algunos Cuerpos, como el Batallón de Vélez-Málaga, se abrieron paso a la bayoneta por las calles de Ocaña; Burgos y Chincilla dieron también brillantes cargas. La Compañía de granaderos de Bailén de la que era capitán don Francisco Zavala consiguió, auxiliada por el ayudante don Valentín de Torres y los subtenientes don Manuel Sánchez y don Pedro López, desembarrancar una batería y salvar a brazo las piezas.

El cabo Antonio Martín, de Voluntarios de Sevilla, viendo al subteniente abanderado herido y postrado en tierra, recogió de sus manos la bandera, y rodeándola a la cintura debajo del uniforme, la mantuvo oculta todo el tiempo que estuvo prisionero, hasta que, habiendo logrado fugarse, pudo presentarla el 31 de diciembre a su general en jefe en La Carolina. Fue recompensado con la subtenencia de la misma bandera (Gaceta del 3 de abril de 1810).

El sargento de Córdoba Andrés Quercó, al ver que el enemigo arrebataba una de las banderas del regimiento, rompió audazmente por entre las filas contrarias, y llegando al punto donde estaba su insignia, apoderóse de ella con muerte del que la empuñaba y se reunió después con su Cuerpo en Puertollano, ostentando su glorioso trofeo.

Habiendo una bala de cañón arrebatado las dos piernas a un soldado de Málaga, era conducido al hospital de sangre en hombros de sus camaradas, y al pasar por delante de su regimiento tiró al aire su chacó, exclamando lleno de entusiasmo heroico: ¡Esto no es nada, compañeros: viva Fernando VII!

Ir al

23-11-1808. BATALLA DE TUDELA

Batidos en el mismo día en Espinosa y en Gamonal respectivamente los ejércitos de la Izquierda y de Extremadura (V. 10 de noviembre), quedaban todavía hacia el flanco izquierdo de las huestes de Napoleón los ejércitos llamados del centro o de Andalucía, a las órdenes del general Castaños y de Reserva o de Aragón, que mandaba Palafox; el primero, fuerte de 26.000 hombres, 3.000 de ellos de Caballería, con algunas piezas de campaña, tenía establecida su línea de Calahorra a Tudela, con el Cuartel General en Cintruénigo (El ejército del Centro había avanzado por esta parte hasta Logroño, Lodosa y Lerín; mas habiendo capitulado con el enemigo el 27 de octubre las fuerzas destacadas en el último punto, abandonaron respectivamente el general don Pedro Grimarest Lodosa y el general don Juan de Pignatelli Logroño, con precipitación tan poco honrosa el último, que fue destituido del mandato y su División disuelta.); mas a causa del movimiento de los franceses, que concentrándose a su frente reunieron en Lodosa hasta 30.000 infantes, 5.000 caballos y 60 cañones, al mando del mariscal Lannes, duque de Montebello, al paso que el mariscal Ney avanzaba con otros 20.000 hombres por su flanco desde Aranda de Duero y el Burgo de Osma a Soria, donde entró el 21, retiró su izquierda de Calahorra a Tarazona, estableciendo su nueva línea en el río Queiles, desde las faldas del Moncayo al Ebro. Del ejército de Aragón se encontraba al mando el teniente general don Juan O'Neylle, con unos 15.000 hombres, entre Villafranca y Caparroso, a donde se había replegado desde Sangüesa, no sin haber conseguido alguna ventaja sobre el enemigo, pues le obligó a retirarse de Nardues a Monreal, aproximándose después todavía más a Tudela en vista del avance de los contrarios.

Esquema de la batalla (62.833 bytes)

Muy próximos ya los franceses, pasaron las tropas aragonesas el Ebro en la mañana del 23, estableciéndose la División Roca (5ª del Ejército del Centro), en la altura de Santa Bárbara, cerrando la extrema derecha y la parte oriental de Tudela, próxima al puente; la División Saint-March debía dirigirse por las cumbres de Santa Quiteria, cubierta con el Queiles, a ocupar el cabezo Malla, a la izquierda de su ejército y centro de toda la línea: el total de estas fuerzas sería de unos 20.000 hombres. Del ejército del Centro se habían situado: la División Grimarest (2ª), con las pocas tropas que había de la 1ª y 3ª, en Tarazona, y la de Lapeña (4ª) en Cascante; la vanguardia, al mando del conde de Cartaojal, fue enviada en dirección de Agreda para observar a Ney, que se consideraba no muy distante. La línea española, que abrazaba una extensión de más de cuatro leguas, resultaba por lo tanto muy débil en el centro, pues no estando ocupados el alto de San Juan de Colchetas y el pueblo Murchante, por donde podían ligarse los dos ejércitos, había entre ellos un claro de más de media legua.

El mariscal Lannes, apenas hubo reconocido las posiciones que tenía a la vista, encargó a la División Maurice-Mathieu, una de las más fuertes y mejor mandadas, atacase a la derecha española, y a la División Morlot, apoyada inmediatamente por la de Grandjean, se dirigiese a Cabezo-Malla; la caballería imperial desplegó en el llano para tener en jaque a Lapeña. Las tropas de Morlot, sin encontrar resistencia alguna, pues la División Saint-March, en marcha todavía, apenas coronaba la altura de Santa Quiteria, se posesionaron fácilmente de Cabezo-Malla; mas al observar Castaños movimiento tan peligroso para los nuestros, dispuso recuperase dicha altura la División O'Neille, apoyada por la Saint-March, cuya acción fue tan resuelta y ejecutiva, que los franceses, sin pretender disputar tan siquiera la posesión de aquel importante cerro, lo desalojaron y se acogieron al olivar que tenían a su espalda, temerosos de verse cortados. Insistiendo el enemigo en el ataque del centro, pudo ocupar sólidamente San Juan de Colchetas, amenazando muy de cerca de Urzante, a cuyo punto había destacado dos batallones el general Lapeña, que no se movió de Cascante con el resto de sus fuerzas a pesar de la orden de Castaños para aproximarse más hacia Tudela, temiendo las consecuencias de una marcha de flanco a la vista de la caballería francesa.

En la derecha española, por donde había principiado el combate poco después de las nueve de la mañana, se sostuvieron bastantes horas, con bizarría ejemplar, los valencianos y murcianos que formaban los batallones de Roca, apostados en Santa Bárbara, dando a entender a sus acometedores que difícilmente lograrían su conquista. Comprendiendo los contrarios cuan costoso les sería repetir el ataque de frente, teniendo que subir el cerro a pecho descubierto, buscaron por donde envolver la posición, como lo lograron, deslizándose, sin ser vistos por los defensores de ella, entre los escarpes de la montaña y una acequia derivación del Ebro, cuyo terreno, por los obstáculos y dificultades que presentaba, no se había tenido la previsión de vigilar. Este fatal descuido hizo que al apercibirse de ello los españoles de Santa Bárbara, temiendo ser envueltos, huyesen en el mayor desorden, perseguidos por los franceses, que cruzaron tras ellos las calles de Tudela, en dirección de Zaragoza. Las tropas de O'Neille y Saint-March, atacadas a su vez, y con enemigos a ambos flancos, se retiraron peleando, al principio en correcta formación; pero se perdieron poco después en el llano temiendo las cargas de la caballería imperial. Distinguiéndose en aquella ocasión los dragones del Rey y Numancia y la artillería, brillantemente dirigida por don Angel Ulloa y don Manuel de Velasco, muriendo gloriosamente el capitán de dicha arma don Francisco del Mazo y el teniente coronel de Numancia don Diego de Mesa. Los Voluntarios de Alicante, puesto a su frente su coronel don Antonio Camps, fueron los únicos que continuaron sin romperse hasta que se hizo de noche.

En derrota ya la derecha y el centro, cargaron los franceses resueltamente, con el estímulo de la victoria conseguida por sus compañeros de armas, cayendo sobre los dos batallones de Urzante. Estos se batieron con el mayor denuedo, bien situados y cubiertos por el olivar y caserío, y escarmentaron al enemigo, retirándose ya cerca del anochecer a Cascante, donde se incorporaron a su División, sin ser molestados por aquel. Desde dicho punto, a que acababan de llegar de Tarazona las tropas de Grimarest, se dirigieron todas las del centro, con algunas aragonesas, a Borja, donde estaba ya Castaños (Palafox, no aviniéndose a pelear a las órdenes de su colega, se había retirado a Zaragoza desde el principio de la batalla.); de allí continuaron la retirada a La Almunia, en cuyo punto se les incorporó Saint-March, y luego a Calatayud, pasando después a reorganizarse en Cuenca, para ser batidas de nuevo y más ejecutivamente en Uclés (V. 13 de enero.)

Las bajas de los españoles en esta jornada llegaron a 2.000, la mayor parte prisioneros, y a poco más de 500 la de los franceses; se perdieron además 26 piezas de artillería con sus municiones y multitud de bagajes. Tudela y Cascante fueron entregadas al saco, según costumbre de los vencedores.

De la vanguardia de Cartaojal, quedó cortado en Nalda un trozo, que a las órdenes del conde de Alacha llevó a cabo una retirada gloriosa. El buen espíritu de oficiales y tropa se conservó constantemente en aquella fuerza bizarra, a pesar de las penalidades, sufrimientos y peligros, y por espacio de veinte días, acampando y huyendo de los lugares habitados, con alimento y descanso insuficientes, descalzos y casi desnudos en estación tan cruda, consiguieron vencer obstáculos que parecían insuperables, incorporándose al fin el 16 de diciembre, en Cuenca, al grueso del ejército, con la satisfacción consiguiente a su honroso y distinguido comportamiento, y además, con el trofeo glorioso de algunos prisioneros franceses.

Ir al

23-11-1809. ACCIÓN DE MEDINA DEL CAMPO

Como consecuencia de la victoria de Tamames (V. 18 de octubre), ocupó el duque del Parque a Salamanca, donde se reunieron todas las divisiones del ejército de la Izquierda, menos la 4ª, que continuaba en el Vierzo cerrando las avenidas de León y Galicia, disponiendo así aquel de unos 26.000 hombres. Para coadyuvar a la campaña emprendida por Areizaga con su ejército de la Mancha (V. 19 de noviembre), movióse el duque del Parque el 19 de noviembre hacia Alba de Tormes, de donde retrocedió una columna enemiga de 5.000 hombres, esquivando prudentemente el combate, y aquel siguió avanzando por Cantalapiedra hasta el Carpio, tres leguas distante de Medina del Campo, punto designado por el general Kellerman para la concentración de todas las fuerzas del distrito de su mando (Castilla la Vieja).

El 23 al amanecer dispuso el Duque sus tropas para el combate, dejando la mayor parte de ellas ocultas para engañar al enemigo y atraerlo a sus posiciones; mas los franceses no cayeron en el lazo, y entonces, a la una de la tarde, hizo avanzar todo el ejército: la División de vanguardia, a cargo de don Martín de la Carrera, en el centro; la división asturiana (3ª), de don Francisco Ballesteros, a la derecha; la 1ª, de don Francisco J. De Losada, a la izquierda; la caballería en las dos alas, y en reserva la 2ª, a las órdenes del conde de Belveder; en el Carpio quedó la División castellana (5ª) con su jefe el marqués de Castrofuerte. Los contrarios, ante el bien concertado movimiento de los españoles, que marchaban por aquella vasta llanura con un aplomo y precisión admirables, fueron replegándose hasta la eminencia inmediata a Medina, a cuyo alrededor se establecieron sólidamente, procurando contener el avance de las tropas del Duque con un nutrido fuego de artillería, contestando con igual vigor por la nuestra, que no le cedía en lo bien servida y certera (según Gómez de Arteche), permaneciendo a la defensiva hasta que, reforzados por algunos regimeintos de dragones, los lanzaron contra el ala derecha española, cuya caballería cedió el campo, dejando descubierto el flanco de la 3ª División, que se vió a su vez acometida por los jinetes imperiales; mas Ballesteros hizo desplegar los últimos escalones, que con fuego a quemarropa hicieron volver grupas a los contrarios. En esto sobrevino la noche, y aun cuando los franceses se atribuyeron también la victoria, no consideraron prudente mantenerse en sus posiciones, abandonando también Medina del Campo, que el Duque hizo ocupar la mañana siguiente por un fuerte destacamento de caballería (V. 28 de noviembre).

Las bajas fueron por una y otra parte de poca consideración (contáronse, entre los jefes y oficiales muertos, el coronel del regimiento de Lena don Juan Drimgoold, el primer ayudante general don Salvador Molina, del Estado Mayor de la División Ballesteros, y el teniente de Voluntarios de Cataluña don Fernando Valdés).

Ir al

24-11-1812. DEFENSA DEL CASTILLO DE ALBA DE TORMES

Durante la retirada del ejército aliado mandado por Wellington desde Burgos a Portugal, a través de Torquemada y Cordobilla, Cabezón de Campos, Puente Duero, Tudela y Salamanca, peleando constantemente, acosado siempre por el enemigo, pasando y repasando ríos, destruyendo puentes y muy quebrantadas la subordinación y la disciplina de su ejército, alcanza el 18 de noviembre a Ciudad-Rodrigo, desde donde se internaría en Portugal, su base de operaciones y constante refugio, estableciendo cuarteles de invierno y acantonando su gente en una línea que se extendía desde Lamego hasta las Sierras de Vaños y Béjar, el general Wellington encargó a don José Miranda Cabezón, gobernador de Alba de Tormes, sostuviese el castillo mientras le fuese posible. Aquel digno jefe así lo hizo, defendiéndose bravamente detrás de los muros y parapetos, ya medio arruinados, hasta el 24 de noviembre, en cuya noche lo evacuó dejando solo al teniente don Nicolás Solar con 20 soldados útiles, 33 heridos y enfermos y 112 prisioneros hechos en las salidas que había llevado a cabo. Llegado al amanecer al Carpio y teniendo que andar por medio de los enemigos y de sus puestos avanzados, esquivó su encuentro marchando y contramarchando durante los días 25, 26 y 27, pudiendo ya el 28 desembarazarse completamente de sus contrarios por medio de un rápido movimiento y acogerse libre al puerto de Pico.

Ir al

28-11-1809. ACCIÓN DE ALBA DE TORMES

La noticia del desastre de Ocaña paralizó las operaciones emprendidas por el ejército de la Izquierda en la campaña tan brillantemente comenzada con la victoria de Tamames. Algo remiso el duque del Parque en retirarse, como parece debía haber hecho sin pérdida de tiempo, se mantuvo en el Carpio hasta el 27, en que amenazado por el general Kellerman con su numerosa caballería, emprendió la marcha a Alba de Tormes, donde entró el 28, seguido ya de cerca por la vanguardia enemiga, haciendo pasar a la margen izquierda dos de sus divisiones, y dejando en la villa, en la derecha, las fuerzas restantes, con el cuartel general, artillería y bagajes; error incomprensible, no habiendo más comunicación entre ambas orillas que un estrecho puente.

Apenas nuestros soldados se habían esparcido por las calles en busca de comestibles, cundió la voz de que llegaban los franceses, cuya alarma produjo gran confusión, atropellándose hombres y bagajes hacia el puente, que casi quedó obstruido; sin embargo, las primeras tropas que formaron en su puesto de combate rechazaron la inmediata embestida del general Lorcet, que mandaba la extrema vanguardia, toda de caballería, como el grueso, compuesto de más de 3.000 caballos, conducidos por Kellerman en persona. Este no tardó en presentarse, y destacando al general Millet con dos regimientos de dragones para que, cubiertos con los accidentes de terreno, fuesen a caer sobre el flanco derecho de los españoles, el siguió de frente con aquella formidable masa de jinetes, que parece había de anonadar a nuestros bisoños soldados. Arrollada fácilmente la caballería española (800 caballos del regimiento de Borbón, Sagunto y Granada de Llerena) que cubría la derecha, desordenóse también la División Losada y huyeron hacia el puente jinetes e infantes acuchillados por el enemigo (Murieron en aquel trance don Pedro Linares, coronel del regimiento de León, y don Francisco J. Núñez Falcón, que lo era de Granaderos Provinciales. Este último, natural de Vigo, se había distinguido en 1793 en la guerra con la República francesa, como capitán de Cazadores del regimiento de Tuy), abandonando la artillería (La batería de don Diego del Barco, cargada por la caballería francesa, fue destrozada completamente, sufriendo la pérdida de 11 muertos, 6 heridos, incluso el capitán, y 65 prisioneros, sin que se pudieran salvar más que dos piezas gracias al valor y serenidad de los artilleros conductores Pedro Vasconte y Ginés López. El primero volcó el armón para que no pudiese llevárselo el enemigo, salvando el obús, no sin recibir una cuchillada en la cabeza. El segundo consiguió retirar la pieza de la izquierda, a pesar de hallarse rodeado de enemigos. El brillante comportamiento de estos dos valientes artilleros fue recompensado con una pensión vitalicia y el honroso distintivo de llevar en el brazo un escudo con un obús volcado para el primero y un cañón con su cureña el segundo.) (V. "Guía del artillero", por Miguel Michel y Osma, quien lo tomó a su vez del Archivo del Ministerio de la Guerra); mas los generales Carrera y Mendizábal, que mandaban el ala izquierda, compuesta de la vanguardia y parte de la 2ª División, al verse también flanqueados, conjuraron a tiempo el peligro, formando con sus regimientos varios cuadros, que con fuego y bayoneta rechazaron por tres veces consecutivas aquel alud que se les venía encima, y los franceses tuvieron que mantenerse a distancia, con pérdidas considerables de hombres y caballos, que en actitud amenazadora, para dar tiempo a que llegase su infantería y artillería, sin las que se consideraban impotentes para vencer. Anochecía ya cuando se presentó en el campo la brigada Maucune, a tiempo que se retiraban aquellos célebres cuadros, aprovechando la obscuridad; y a pesar del violento fuego de la artillería imperial, marcharon sin descomponerse hasta ganar la orilla opuesta del Tormes, donde contaminados por el triste espectáculo que allí se ofrecía, se desordenaron también y huyeron como los demás, en direcciones divergentes, repartiéndose entre Ciudad-Rodrigo, Tamames y Miranda del Castañar. Kellerman, desorientado, cesó pronto en la persecución y se volvió a Valladolid, dejando ocupada la línea del Tormes. Los españoles echaron de menos, entre las bajas ocurridas en el combate y los extraviados, unos 3.000 hombres.

De los actuales Cuerpos del ejército se distinguieron en este desgraciado combate, tan glorioso para la infantería, los regimeintos del Príncipe, Princesa, Gerona, Zaragoza y Navarra, que formaban parte de la vanguardia y 2ª División.

Ir al

29-11-1811. BALLESTEROS IRRITA A SOULT

Las interminables correrías que entre Algeciras y Gibraltar llevaba a cabo el general Ballesteros irritaban tanto al mariscal Soult, que viéndose sus capitanes impotentes para tener a raya al caudillo español, hizo víctima de su encono a un infeliz prisionero, Sargento de la División de aquel, llamado Manuel López, veterano con veinte años de servicios y honrosas cicatrices. Cogido cuando desempeñaba una arriesgada comisión que le había confiado Ballesteros, le sometió Soult a un tribunal militar que le condenó a la pena de horca a pesar de haberse probado era inocente de los crímenes que se le imputaban, siendo ejecutada tan atroz y bárbara sentencia en este día.

Ir al

30-11-1808. ACCIÓN DE SOMOSIERRA

Derrotados, o más bien, deshechos los ejércitos españoles que en Espinosa, Gamonal y Tudela trataron de oponerse a las huestes de Napoleón, no quiso éste demorar su marcha a Madrid, contando quedaría dominada la insurrección española con su entrada en la capital del reino. Esto no obstante, determinó no dejar punto de reposo a las tropas batidas, impidiendo se repusieran, y asegurar sus flancos, para lo cual mandó a Moncey ir sobre Zaragoza, que Ney continuase en la persecución de Castaños, y a Lefebvre que dominara toda Castilla, extendiéndose hacia Valladolid, Olmedo y Segovia; que Soult tuviese en respecto a los británicos, todavía distantes, y él tomó el camino del Puerto de Somosierra, por donde se salva la cordillera Carpeto-Vetónica, a la cabeza de 40.000 hombres que componían el Primer Cuerpo (Victor), la Guardia Imperial y una parte de la reserva de Caballería.

Los españoles no habían podido reunir, para guardar dicho paso, más que unos 12.000 hombres a las órdenes de don Benito Sanjuan, cuyo grueso se estableció en aquel punto, destacando a Sepúlveda una corta vanguardia mandada por el brigadier don Juan José de Sardeny, coronel del regimiento de Montesa, el cual rechazó el 28 la acometida que dio el general Savary con 4.000 infantes, 1.000 caballos y cuatro piezas (En dicho combate, muy glorioso para los españoles, se distinguieron los dos escuadrones de Alcántara que con otro de Montesa constituían toda nuestra caballería, teniendo los primeros en las diferentes cargas que dieron la pérdida de 66 hombres, comprendidos cuatro oficiales y dos cadetes.), retirándose a Segovia luego que supo la aproximación del grueso de las tropas imperiales. Napoleón había salido el 28 de Aranda de Duero llegando el 29 a Boceguillas, desde donde dispuso el ataque de las posiciones de Somosierra, que emprendieron los franceses al amanecer del 30, tratando de franquearlas dos columnas, una por cada lado, encaramándose, a favor de la densa niebla, en las alturas que las dominan, mientras otra columna avanzaba por la carretera bajo la protección del fuego de seis piezas de artillería que estableció el general Senarmont. Más irritado el Emperador con la resistencia, al ver la inutilidad del fuego de su artillería, ventajosamente respondida por al nuestra, e impaciente por abrirse paso, lanzó a todo escape por la calzada contra la batería española del boquete del desfiladero, principal defensa del camino, algunos escuadrones de lanceros polacos, bajo las órdenes del general Montbrun, los cuales, orgullosos con la presencia de Napoleón, cargaron con ímpetu extraordinario. El primer escuadrón fue barrido materialmente de la carretera por la metralla de las piezas y el plomo de los infantes, parapetados detrás de las rocas de la montaña; mas coincidiendo la carga de los escuadrones que seguían a aquél, con la llegada de los tiradores de las columnas flanqueadoras a los altos que dominaban el desfiladero, los españoles que defendían el paso no tuvieron la serenidad necesaria para esperar a pie firme la acometida y abandonaron sus posiciones, entregándose a la fuga más desordenada, que no pudieron contener el general Sanjuan y los demás jefes y oficiales, arrastrados por aquellas fragosidades hasta Segovia, donde estaba el general don José Heredia con los restos del Ejército de Extremadura (De Segovia se trasladaron ambos generales al Escorial, aproximándose después a Madrid; mas al tener noticia de la capitulación, retrocedieron con sus tropas en el desorden más espantosos, cometiendo los soldados mil tropelías; y relajadas por completo la moral y la disciplina, acabaron aquellos por asesinar a don Benito Sanjuan en Talavera en la mañana del 7 de diciembre). El regimiento de Córdoba fue el núcleo principal a cuyo amparo se pudieron salvar muchos de los dispersos, mereciendo ser vitoreado por su mismo general.

En aquella célebre carga tuvieron los lanceros polacos 60 muertos y más de 100 heridos (Entre los segundos, el comandante del Primer Escuadrón, el conde Felipe de Segur, distinguido historiador francés, el cual tuvo su caballo muerto, bajo el que cayó, recibiendo multitud de heridas y contusiones y sacando su sombrero y uniforme acribillado a balazos. Curado por los cirujanos del Emperador, tuvo después la señalada honra de ser elegido por él para presentar en el Cuerpo Legislativo las banderas cogidas a los españoles en esta jornada), en su mayor parte del Primer escuadrón.

Ir al