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Siguiendo el "Año militar español" .
5-8-1809. Acción de Aranjuez 8-8-1809. Carácter español 9-8-1808. Patriotismo de las tropas españolas en Dinamarca
11-8-1809. Batalla de Almonacid 12-8-1812. Entrada de los aliados en Madrid 14-8-1808. 1er sitio de Zaragoza
16-8-1808. 2º sitio de Gerona 16-8-1808. Entrada franceses en Bilbao 16-8-1812. Rendición de Guadalajara
17-8-1808 Batalla de Roliça 18-8-1812 Rendición de Astorga 19-8-1811 Pérdida del Castillo de Figueras
25-8-1812 Levantamiento del sitio de Cádiz 26-8-1810 Expedición francesa a Murcia 27-8-1808 Episodio de la guerra en Alfaro
27-8-1812 Entrada de los aliados en Sevilla 31-8-1813 Batalla de San Marcial 31-8-1813 Asalto y destrucción de San Sebastián

5-8-1809. ACCIÓN DE ARANJUEZ

Establecido el ejército español de la Mancha en la margen izquierda del Tajo, hasta donde había avanzado para coadyuvar a la campaña de Talavera (ver 28 de julio), el general Venegas, que lo mandaba, tomó sus disposiciones para defender el paso del río por Aranjuez, que intentaron los franceses el 5 de agosto para atacar a dicho ejército, libres ya del peligro que les amenazaba por la parte de Talavera, de donde se habían retirado Cuesta y Wellesley. Apostó para ello tres divisiones, al mando de D. Pedro Agustín Girón, para atender los puentes Verde, de Barcas y de la Reina y los vados Largo y del jardín del Infante, con parte de dichas fuerzas como reservas parciales de la plaza de San Antonio, alamedas del Palacio Real, calle de la Reina y alturas de Ontígola, quedándose algo detrás, camino de Ocaña, con las dos divisiones restantes, el mismo Venegas.

Como a las dos de la tarde empezó el combate por la izquierda española, situada en el jardín del Infante, acometiendo poco después el enemigo los tres puentes. El general Girón acudía a todas partes con admirable presteza, secundado eficazmente por los generales Lacy, Vigodet y en especial por la artillería, que en todos los puntos de la línea dejó bien puesto el honroso nombre adquirido ya en aquella guerra, batiéndose a tiro de pistola, pues no había más distancia entre ella y la francesa que el ancho del río ( Cayó mortalmente herido junto al puente de Barcas, mandando dos piezas de a 8, D. Miguel Panes, sin consentir ser retirado del campo de batalla mientras conservó un soplo de vida, y siguió animado a sus soldados con la voz y el ademán, hasta expirar al fin, con el nombre de la patria en los labios). El general enemigo Sebastiani comprendió pronto lo difícil y sangriento de la empresa, y desistió de su intento, levantando el campo al anochecer para dirigirse a Toledo, de cuyos puentes era dueño (ver 11 de agosto).

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8-8-1809. CARÁCTER ESPAÑOL

Después de la batalla de Talavera (ver 28 de julio), retiróse el ejército español a Puente del Arzobispo, cuyo paso defendió el 8 de agosto contra los franceses, continuando luego su retirada. Formaba parte de la 5ª división, regida por D. Luís Alejandro Bassecourt, el regimiento de Murcia, cuyo coronel D. Francisco Copons y Navia, viendo caer a un soldado de su Cuerpo mortalmente herido por un casco de granada y que pedía a voz en grito no le abandonasen, pues deseaba morir en brazos de sus compatriotas, se apeó del caballo, consoló y animó a aquel desgraciado y le ayudó a montar, siguiendo a su lado a pie, sosteniéndole hasta que exhaló el último aliento. Aún entonces, notando que el abanderado D. Francisco Delgado no podía continuar la marcha, casi asfixiado por el calor, le hizo subir en su caballo y tomando en sus manos la bandera marchó así toda la tarde hasta el anochecer en que, repuesto aquel le devolvió la insignia del Regimiento.

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9-8-1808. PATRIOTISMO DE LAS TROPAS ESPAÑOLAS EN DINAMARCA

Humilde auxiliar nuestra patria de los ambiciosos proyectos de Napoleón, gracias a la ineptitud y ruin conducta de sus gobernantes, había facilitado al Emperador una lucida División de mas de 14.000 hombres de escogidas tropas españolas, que mandadas por el teniente general D. Pedro Caro y Sureda, marqués de La Romana, con el general D. Juan Kindelán como segundo suyo, se encontraba a fines de 1807 en Hamburgo, después de haber peleado valerosamente algunos cuerpos en el sitio de Stralsund, muy consideradas y atendidas por el mariscal Bernadotte, príncipe de Pontecorvo y general en jefe del ejército del Elba, a cuyas órdenes estaba (Dicho general había escogido para su escolta o guardia de honor 100 granaderos españoles del regimiento de Zamora y una sección de 30 caballos del Rey). Al llegar la primavera de 1808 pasaron a Dinamarca, permaneciendo al principio reunidas en la península de Jutlandia; mas en el mes de junio, y a consecuencia de los sucesos que se desarrollaron en España, fueron diseminadas por todo el territorio danés, según orden expresa de Napoleón, estableciendo el Cuartel general en Nyborg, capital de Fionia, en cuya isla se repartieron los regimientos de la Princesa y Voluntarios de Barcelona, caballería de Almansa y Villaviciosa, la mayor parte de la artillería y zapadores; en la isla de Zeelandia, no muy lejos de Copenhague, los regimientos de Asturias y Guadalajara; en la de Langeland el batallón ligero de Cataluña; mientras que en Jutlandia quedaron el regimiento de Zamora y los de caballería del Rey, Infante y Algarbe, al mando inmediato de Kindelán.

La orden de prestar juramento de fidelidad al rey José produjo gran excitación en el ánimo de los soldados españoles, muy descontentos ya, por las noticias que habían recibido de su patria; esto no obstante, Kindelán, que desde el principio tomó partido con los franceses, consiguió jurasen las tropas de Jutlandia, con el engaño de que las demás habían jurado ya, si bien costó gran trabajo, produciéndose un grave escándalo y hubiera perecido el oficial que llevó la ordeb, a no huir precipitadamente. En Fiona, unos juraron sin dar los vivas mandados; los artilleros juraron lo que jurasen sus oficiales; los zapadorres se negaron rotundamente a hacerlo; los dragones de Almansa interrumpieron la lectura de la orden con los gritos de ¡Viva España! ¡Muera Napoleón! y al amenazarles con un castigo ejemplar rompieron filas en el mayor desorden y los batallones de la Princesa, después de una escena conmovedora. Al ir a jurar los batallones de la Princesa, por un movimiento no se sabe si convenido o expontáneo, oficiales y tropa se agruparon alrededor de la bandera y fijando en ella la vista permanecieron asi largo rato en el silencio más profundo, que no dejaba por esto de ser muy elocuente, hasta que salió un cabo de filas y dirigiendose al Marques de La Romana con el arma presentada, le dijo respetuoso, pero enérgicamente:

"Mi general; mi compañía no jura a José ni a otro alguno, sino esa bandera, pues en llegando a España veremos a quien representa."

El capitán de ingenieros D. Fernando Miyares cuenta que el cabo dijo exactamente: "Mi general, yo no quiero jurar; sé muy bien que el no obedecer es un delito capital, y me presento para ser fusilado, porque en tratándose del juramento, de ninguna manera obedeceré, mándelo quien lo mandare."

A pesar de aquella manifestación tan expresiva, se leyó la orden y se dieron las voces para hacer las descargas prevenidas; mas en lugar de obedecerlas, los soldados de la Princesa, con asombro general, descansaron las armas tan silenciosos y resueltos como antes. Su coronel el conde de San Román pudo al fin hacerse obedecer; pero toda la noche siguieron disparando sus fusiles al aire con la algazara y desorden consiguientes y en son de mofa.

Solo juraron lo que la Nación reconociese y jurara. Más grave fue lo ocurrido en Zeelandia, donde los regimientos de Asturias y Guadalajara, puestos a las órdenes del general francés Fririon, se amotinaron y quisieron matar a dicho general, que tuvo que huir, debiendo la vida a la intervención de los jefes y oficiales de dichos cuerpos, no teniendo la misma suerte dos ayudantes suyos, uno de los cuales fue muerto y el otro herido, por cuyo motivo fueron diseminados por compañías con promesa de que no jurarían a José, y luego desarmados, siendo esto causa de que no pudieran embarcarse con las demás fuerzas que regresaron a la Península.

Las circunstancias referidas inspiraron a algunos oficiales de Cataluña la idea de fugarse en los buques británicos que había anclados ea la vista de Langeland, siendo los más decididos y resueltos a ello el capitán Don Francisco Vives y el subteniente D. Antonio Fábregues, el cual, encargado de una comisión para Copenhague, pudo, por un acto audaz, ponerse en comunicación con el jefe de la escuadra británica ( A su vuelta, y en la travesía de Nyborg a Langeland desenvainó Fábregues su espada y amenazó a los marineros con la muerte si no le conducían a la escuadra británica. Sorprendido el ordenanza que le acompañaba, dejó arrebatarse el fusil por unos de los daneses, que se encaró entonces con el oficial español para oponerse a su mandato; mas este consiguió imponerse desarmando a su contrario, y obligó a los otros tripulantes a hacer rumbo al navío británico más próximo, donde se avistó con el almirante británico y con el teniente D. Rafael Lobo, acordando los tres los medios de evadirse, que comunicó después a su comandante D. Ambrosio de la Cuadra); y acordado el plan general de evasión, se apoderaron los nuestros el 9 de agosto de Nyborg, capital de Fionia, en cuya isla había más de 3.000 hombres de tropas dinamarquesas, para poder pasar a la de Langeland, donde debían reunirse todos los cuerpos, habiendo confiado a los oficiales de Artillería D. Joaquín Lamor, D. Pablo Ventades y D. Manuel Zacarés (Este fue preso por los dinamarqueses al ir a cumplimentar su comisión y llevado a Francia, donde permaneció hasta enero de 1814, en que pudo fugarse, presentándose en el ejército ruso en el que se le confió una parte de la artillería de la vanguardia. Nombrado después comandante de Artillería y fortificación de la plaza de Toul, en Lorena, la puso en estado de defensa, y llegó a mandar en la vanguardia del ejército ruso una División de artillería volante de los cosacos del Don; y en la batalla de Nemours y toma por asalto de la misma plaza mandó y dirigió la artillería del ataque habiendo sido uno de los primeros en el asalto. En 1815 regresó a España; mas habiendo quedado indefinido en 1823, permaneció en dicha situación hasta 1830 en que se expidió la Real Orden de 20 de septiembre concediéndole el retiro de capitán, cuyo empleo tenía desde 1811, por mo inspirar confianza alguna para continuar en el ejército, a pesar de los brillantes informes de los jefes del Cuerpo. Falleció en septiembre del mismo año) la arriesgada comisión de ir a preparar el embarque y concentración en fionia de los regimeintos que estaban en Jutlandia, no pudiendo efectuarlo el regimiento de Algarve por la infame traición del general Kindelán (La indecisión del viejo coronel de Algarbe hizo perder un tiempo precioso, pudiendo así llegar el traidor Kindelán al Cuartel General de Bernadotte y denunciar la fuga de sus compatriotas. Entonces el mariscal francés hizo salir tropas en persecución de las nuestras, y cuando el capitán de Algarbe, Don Antonio Costa o Coste, francés de nacimiento, pero emigrado al servicio de España, y varios otros oficiales del regimiento se decidieron a seguir la suerte de sus compañeros del Rey y del Infante, se encontraron cerca de Friderícia con quince escuadrones enemigos que les cerraron el paso, teniendo que rendirse prisioneros, menos el capitán Costa, quien, no queriendo entregar su espada ni mucho menos dar lugar a la sospecha de que había engañado o vendido a sus compañeros de armas, se dio la muerte de un pistoletazo); tampoco pudieron incorporarse Asturias y Guadalajara (Conducidos prisioneros a Francia, se organizó con ellos en Avignon, por decreto imperial de 11 de enero de 1809, fechado en Chamartin, el Regimiento Español de José Español, y aunque el objeto era traerlo a España, se desistió de ello temiendo fundadamente se pasarían al ejército español, y se envió un batallón a Flandes y otro a Dalmacia, reuniendo ambos en Holanda en 1811. Incorporado luego el Regimiento a la División Friant, tomó parte en la campaña de Rusia, formando en la vanguardia hasta llegar a Moscú en septiembre de 1812. En aquella célebre retirada, formaba parte de la retaguardia, llegando a Krasnou a mediados de noviembre, reducida dicha División a menos de 1.000 hombres de los 17.000 que al principio contaba. Desde el expresdo punto pudieron pasar los restos del regimeinto a unirse a los rusos, que les trataron con gran afecto, y en la primavera de 1810 se organizó con todos los españoles de distintas procedencias que se pudieron reunir el Regimiento Imperial Alejandro, más tarde Luchana). (Ver 2 de mayo. Creación del Regimiento de Luchana, número 28) por la causa antes indicada. Reunidas las fuerzas restantes en Langeland el 13 de agosto, habiendo tenido algunos cuerpos que recorrer 18 leguas en 21 horas para unirse al Cuartel general, se embarcaron el 21 bajo la protección de la escuadra británica, sin abandonar más que los caballos que no podían transportarse, salvándose toda la artillería (25 piezas) y el 27 llegaban a Guttemburgo, en Suecia, donde permanecieron hasta el 12 de septiembre, dándose al fin a la vela en 37 embarcaciones de transporte, y pisando tierra de España en Santoña y Santander el 8 de octubre.

(Como lectura adicional tenemos en la obra de teatro de Próspero de Mérimée, titulada: "Teatro de Clara Gazul", en cuyo tomo I. págs. 13 a 118, trata de "LOS ESPAÑOLES EN DINAMARCA". Colección Universal, de Edit.Espasa-Calpe, S.A. Madrid, 1933. Traducida del francés por Luís Cernuda).

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11-8-1809. BATALLA DE ALMONACID

Después de la acción de Aranjuez (ver 5 de agosto), animado el general Venegas con la pequeña ventaja conseguida, y en la persuasión de que los franceses no pasaban de 14.000, se encaminó con todo su ejército de la Mancha hacia Toledo, juntando el 10 en Almonacid todas sus fuerzas, consistentes en 22.000 infantes, más de 3.000 caballos y 29 piezas de artillería (Estaba organizado dicho ejército en cinco divisiones mandadas respectivamente por D. Luís Lacy, D. Gaspar Vigodet, D. Pedro Agustín Girón, D. Francisco González de Castejón y D. Tomás de Zerain. Ejercían el cargo de Mayor general de Infantería y de Caballería, D. Miguel de los Ríos y el marqués de Gelo, y los de Comandante general de Artillería y de Ingenieros, los brigadieres D. Antonio de la Cruz y D. Juan Bouligni.), tan confiadas en el triunfo, que no se observó ninguna de las reglas establecidas en los reglamentos para campar en tiempo de guerra (según Gómez de Arteche), sobre todo, estando tan próximo el enemigo, que el día anterior había pasado el Tajo por Toledo y los vados de Añover, estableciéndose el mismo día 20 en el inmediato pueblo de Nambroca, a una legua de Almonacid.

El caudillo español, oída la opinión de los demás generales, conforme con la suya a pesar de saber la retirada del ejército aliado desde Talavera hacia Extremadura, había determinado atacar a los franceses el 12 para dar descanso a sus tropas; mas aquellos se anticiparon, presentándose frente a las posiciones de los nuestros a las cinco y media de la mañana del 11, en número de 26.000 infantes, 4.000 caballos y 40 piezas del IV Cuerpo al mando de Sebastiani, y del de Reserva a las órdenes de Dessole, y del rey José en persona. El ejército de la Mancha se situó apresuradamente delante de Almonacid y en ambos costados: la división Vigodet, un poco retrasada, en la extrema derecha, con gran parte de la caballería; seguían por su izquierda, la Castejón, establecida en el cerro de Utrera, la Zeraín a su lado cubriendo el llamado cerro Santo, y la de Lacy, más próxima al arroyo Guazalate; la 3ª, (Girón), se distribuyó entre la altura de los Cerrojones, extrema izquierda y verdadera llave de toda la línea de batalla, y el cerro de la Cruz o del castillo, llamado así por las ruinas del que asienta en su cima, para servir como de reserva.

Atacada primero la izquierda española por el general Lewal con las divisiones polaca y alemana después de un fuego muy violento de artillería, bien contestado por la nuestra, lograron los batallones de Bailén y Jaén, de la 3ª División, rechazar dos veces a los polacos; pero animados éstos por los alemanes que marchaban a su izquierda y no llegando a tiempo algunas tropas de la reserva para sostener a aquellas escasas fuerzas que tan bizarramente peleaban (Mortalmente herido el coronel de Bailén, Don Juan de Silva, falleció en Toledo cuatro días después.), pudo el enemigo arrebatar a paso de carga las importantes posiciones de los Cerrojones, si bien a costa de pérdidas enormes (Los tres regimientos polacos que constituían la división, tuvieron 47 bajas de jefes y oficiales.), apoyada su derecha en un gran cuadro que avanzaba por el llano al pie de aquel cerro, efectuando un movimiento envolvente sobre la extrema izquierda, sin que pudiera impedirlo una brillante carga de los jinetes de Fernando VII y Granada, dirigidos por el coronel D. Antonio Zea y comandante D. Nicolás Chacón (Murió gloriosamente en dicha carga el valeroso capitán D. Francisco Soto.). La 1ª división, para poder hacer frente a los alemanes, tuvo que retroceder algún tanto y colocarse oblicuamente a retaguardia resintiéndose algún tiempo; pero como entonces retrocedían ya a su vez el centro y la derecha, acometidos por las restantes fuerzas enemigas, apoyadas por la reserva, que con Dessolles y José acababan de llegar al campo de batalla, se vió obligada también a acogerse al cerro del Castillo.

Esquema de la batalla (45.739 bytes)

La 4ª división, rudamente combatida por numerosa artillería enemiga, a cuyo fuego contestaba tan solo una batería a caballo (Su jefe el teniente coronel, capitán de Artillería, Don José Chacón, cayó muy pronto mortalmente herido y murió de sus resultas el 13 en Tembleque. También murió sobre el campo de batalla el teniente coronel del mismo Cuerpo Don Alvaro Chacón.), se sostuvo con gran energía, distinguiéndose por su serenidad y denuedo los regimientos de Jerez, Córdoba y Guardias Españolas, guiado el segundo por su coronel el brigadier Don Francisco Carvajal; mas la caballería de su derecha no llevó adelante la carga iniciada para contener a los franceses (Mandaba la caballería el general vizconde de Zolina, hombre de valor, pero supersticioso en extremo; pues habiendo caído muerto su caballo, tomó el casual accidente como aviso del cielo y detuvo sus escuadrones desistiendo de la carga. El alemán Scheepeler dice de él que llevaba constantemente a su lado un capellán y que se entraba a caballo por las filas del enemigo con el rosario en la mano, pero envainada la espada.) y éstos consiguieron llevar a cabo su ataque con toda felicidad, y como la 5ª división cedió del mismo modo el campo, no tardó mucho el enemigo en ocupar también el pueblo y aun el cerro del Castillo, no pudiendo nuestras tropas resistir en él la terrible lluvia de proyectiles que de todas partes se dirigía la artillería contraria.

Intervino con mucha oportunidad en la contienda, impidiendo que la rota fuese desde luego inmediata y desastrosa, la división Vigodet, que ejecutó con gran presteza y habilidad un cambio de frente, protegida por el vivo fuego de nuestros cañones, conteniendo así la persecución de las desbandadas tropas del centro y pasando luego con el mismo orden a la izquierda, donde las divisiones polaca y alemana amenazaban envolver por completo la línea y cortar la retirada. Allí se opuso nuevamente la 2ª División al avance de los vencedores, los cuales trataron entonces de quebrantar por todas partes aquel inesperado obstáculo que les impedía sacar mayor partido de su triunfo, cargando una gran masa de caballería francesa, los terribles dragones de Milhaud, hacia su izquierda, y en aquel último periodo de la batalla las bizarras tropas de Vigodet se coronaron de gloria, rivalizando las tres armas en valor y abnegación; la artillería, que hacía fuego en retirada, cubriendo de metralla las cabezas de las columnas imperiales; la caballería, formada por jinetes de diferentes Cuerpos que se fueron reuniendo de los dispersos, imponiendo aun con su firme actitud a la muy superior del enemigo; y la brava infantería sosteniéndose impertérrita en medio del violento fuego que recibía y de la confusión y desorden que reinaba a su alrededor ( Un pelotón de granaderos del Provincial de Ronda mandado por el teniente don Antonio Espinosa, haciendo punta hacia los jinetes enemigos con la bayoneta calada, consiguió detenerlos y hasta arrancar de sus manos un cañón, que clavó su jefe. El subteniente de artillería, Don Juan Montenegro logró también salvar una pieza de su batería.) y sacrificándose heroica por sus compañeros de armas; sólo el desgraciado accidente de la voladura de unos carros de municiones, espantando los caballos, produjo algún desorden que aprovechó el enemigo, hostigando y acosando más de cerca de los últimos escalones, para acuchillar unos pocos soldados y coger algunas piezas. Los imperiales, que habían tenido ya 2.500 bajas, no llevaron la persecución activa más allá de Mora, y el ejército vencido pudo tomar la carretera de Andalucía y llegar en buen orden a Manzanares; pero corriendo allí la voz infundada de que los contrarios estaban en Valdepeñas, se desbandaron muchos Cuerpos, no parando hasta Sierra Morena. Las pérdidas de los españoles no pasaron de 4.000 hombres, entre muertos, heridos y prisioneros, contando entre los primeros al coronel del regimiento de infantería de España, de la 1ª división, Don Vicente Martínez, y entre los segundos, el coronel de dragones de Granada Don Diego Ballesteros, que quedó prisionero (Para conmemorar este hecho de armas se creó por Real Orden de 30 de mayo de 1816, una condecoración con la inscripción siguiente en el centro: "Por Fernando VII", y en su contorno: "En Almonacid, 11 de agosto de 1809").

(Ver "Condecoraciones").

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12-8-1812. ENTRADA DE LOS ALIADOS EN MADRID

A consecuencia de la batalla de Salamanca o de los Arapiles (ver 22 de julio), abandonó el rey intruso la capital el 11 de agosto con casi todo su ejército y se retiró hacia el tajo, dejando tan solo en el Retiro una guarnición de 2.000 hombres, y al día siguiente 12 efectuaron los aliados su entrada por la puerta de San Vicente, a las diez de la mañana, siendo los primeros que pisaron el suelo de la Corte los guerrilleros Don Juan Martín, el Empecinado y Don Juan Palarea, el Médico, no tardando en efectuarlo lord Wellington, aclamado por el pueblo. El Retiro fue atacado en la tarde del 13, y en la mañana del 14 capituló su gobernador el coronel Lefond, quedando prisioneros de guerra 2.500 hombres, incluso enfermos y heridos; los aliados se apoderaron de 189 piezas de artillería, 2.000 fusiles y considerable número de víveres y municiones.

Recayó el nombramiento de gobernador de Madrid en Don Carlos de España, quien juró la Constitución en Santa María de la Almudena, prometiendo con gran entusiasmo defenderla hasta derramar la última gota de su sangre, mas la estancia de los aliados en la capital no duró más que hasta el 31 de octubre, en que abandonó el general Hill después de volar la fábrica de porcelana y destruir los almacenes y demás obras del Retiro, retirándose por el Guadarrama hacia Alba de Tormes. José entró de nuevo en Madrid el 2 de noviembre, de donde salió el 7 en persecución del ejército inglés que se retiraba vía de Portugal, volviendo a pisar la Corte el 3 de diciembre.

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14-8-1808. PRIMER SITIO DE ZARAGOZA

El 6 de junio de 1808, el general Lefebvre Desnouettes, encargado de someter y ocupar la capital de Aragón, emprendió la marcha desde Pamplona con 5.000 infantes, 1.000 caballos y seis piezas de campaña, batió el 8 en Tudela y el 13 en Mallen y en Gallur a los 5.000 paisanos y unos pocos soldados que mandaba el marqués de Lazán, no siendo mas afortunado al día siguientes en Alagón el general Don José de Palafox y Melci, hermano de aquél, con los 6.000 hombres que sacó de Zaragoza, entre los que se contaban tan sólo 500 soldados españoles o desertores extranjeros, poco más de 100 caballos y los artilleros precisos para el servicio de cuatro piezas (En dicho combate el ayudante de Palafox, D. Rafael Casellas recobró una bandera española tomada por el enemigo.). Las tres derrotas que acababan de experimentar en pocos días los patriotas aragoneses, no abatieron el elevado espíritu de los zaragozanos, quienes el 15 rechazaron con denodado esfuerzo la primera embestida que dieron los franceses a la ciudad, a pesar de la ausencia de Palafox, que por la mañana había abandonado la ciudad con sus escasas fuerzas, retirándose por Longares a Belchite, donde se situó para reunir dispersos y organizar de nuevo sus tropas.

En la mañana de dicho día se apoderó el enemigo de los puntos avanzados del puente de la Muela y la Casa-Blanca, defendidos valientemente (Dirigió con mucho acierto en el segundo de dichos puntos el fuego de las dos piezas de artillería allí apostadas el capitán del arma D. Ignacio López Pascual.), y al llegar por la carretera de Madrid, junto a la torre de Escartín a un kilómetro de Zaragoza, organizó tres columnas de ataque para dirigirlas contra las puertas de Santa Engracia, el Carmen y el Portillo (ver lámina). Circuída la ciudad por un muro de recinto de poca altura y espesor, simple tapia en muchas partes, tras de él y en los edificios inmediatos se apostaron los defensores para oponerse al enemigo, cuyas columnas, cubriéndose con los olivares, avanzaron resueltamente hacia los puntos señalados. Los franceses fueron recibidos con mortífero fuego de cañón y de fusil, no obstante el cual, y después de inauditos esfuerzos y de ser rechazados varias veces, consiguieron invadir la ciudad por las tres puertas mencionadas, procurando luego hacerse fuertes en el Cuartel de caballería, edificio pegado al recinto y situado en el Portillo y la plaza de Toros, del que fueron arrojados tres veces consecutivas, peleándose con el mayor furor en sus escaleras, patios y corredores. Del mismo modo, acometidos los imperiales por todas partes y acribillados materialmente por el fuego que se les hacía desde las casas próximas y bocacalles afluyentes, obstruidas con barricadas y defendidas con artillería, próxima la noche y rendidos por nueve horas de combate, se consideraron impotentes para conseguir el vencimiento de sus valientes adversarios, paisanos casi todos (De las pocas tropas que había formaban parte 250 artilleros del Primer Regimiento que habían llegado aquel mismo día procedentes de Barcelona.) y retrocedieron ordenadamente para replegarse a las alturas de Santa Bárbara y Val-de-Espartera, habiendo experimentado la pérdida de 800 hombres, algunos prisioneros y seis piezas que no pudieron retirar, las cuales, con una bandera (Fue conquistada por D. Antonio Alcoberro, capitán de una compañía suelta, auxiliado por el soldado Narciso Laabadía.) y otros trofeos, fueron paseados triunfalmente por toda la ciudad en medio del júbilo de los zaragozanos, que señalaron aquel glorioso combate con el pomposo nombre de Batalla de las Eras ( Dicho combate es el episodio del sitio que representa la lámina. Se distinguieron en él el coronel de Caballería D. Mariano Renovales; el de igual clase D. Antonio de Torres; el Sargento Mayor de Voluntarios de Tarragona, D. Francisco Macó de Pont; el capitán de Artillería D. Rafael de Irazabal, que preso en la Aljafería por ser sobrino del anterior capitán general D. Jorge Juan Guillelmi, dirigió el fuego de las baterías del castillo; el subteniente práctico de la misma arma D. Pedro Dango, que mandaba las piezas de la puerta del Carmen; el capitán D. José Laviña y los oficiales retirados D. Mariano Cerezo y D. Luciano Tornos, el cual, preso también por sospecharse de su patriotismo, rompió la puerta de su calabozo, y corrió a desmentir con sus hechos la poco fundada y nada honrosa especie. También el presbítero D. Santiago Sax peleó valientemente en el Portillo.)

Esquema de la batalla (168.402 bytes)

Los defensores cobraron desde entonces nuevos bríos y se dedicaron con febril actividad a fortificar el recinto, convirtiéndose Zaragoza en un inmenso taller donde nadie estaba ocioso, dando acertadas disposiciones el teniente de Rey D. Vicente Bustamante, el Intendente D. Lorenzo Calvo de Rozas y el ilustre ingeniero D. Antonio San Genís que, preso antes por sospechoso, fue al fin puesto en libertad para que dirigiese las obras de defensa. Los franceses, mientras recibían refuerzos y artillería gruesa pedidos después de su descalabro del 15, hicieron una intimación a la ciudad que, como es de suponer, fue contestada dignamente por Palafox, el cual se apresuró entonces a salir de Belchite, y reuniendo unos 6.000 hombres con las fuerzas que estaba organizando en Calatayud el barón de Versages, se trasladó el 21 desde Longares a la Almunia con ánimo de seguir hasta la Muela y estrechar al enemigo contra Zaragoza; pero el general Lefebvre se anticipó al caudillo español, comprendiendo su intento, y salió contra él logrando batir a su contrario en Epila al amanecer del 23 después de un corto combate, en el que se distinguieron el coronel D. Pablo Casaus, de Fernando VII, la batería del capitán D. Ignacio López y los dragones del Rey a las órdenes de D. Francisco Ferraz. Las tropas derrotadas huyeron en desorden hacia Calatayud.

El 26 de junio se incorporó al campo francés el general Verdier, que tomó el mando del ejército sitiador, elevado su efectivo con los refuerzos que sucesivamente recibió a 15.000 hombres, con un tren de batir, compuesto de 30 cañones de a 18, 16, 12 y 8, cuatro morteros y 12 obuses y reconocida que fue la plaza en la mañana del 27, en cuyo día voló con horrendo estruendo el almacén de pólvora situado en el Seminario (Murió en la voladura el teniente de Ingenieros D. Pedro Romero), dispuso el ataque del monte Torrero, operación llevada a cabo el 28, posesionándose casi sin resistencia (El teniente coronel D. Vicente Falcó, comandante del puesto, fue preso y sumariado; y condenado a muerte, se ejecutó la sentencia después del sitio. Igual suerte cupo durante éste al coronel D. Rafael Pesino, gobernador de Cinco-Villas y a otros oficiales, acusados de inteligencia con el enemigo.) los franceses de dicho punto, donde establecieron su Cuartel general. Dueños así los imperiales de toda la margen derecha del Ebro, pudieron circunvalar completamente la ciudad por esta parte, construyendo diferentes baterías, y el 30 comenzó el bombardeo, que continuó todo el día y noche del 1º de julio, dirigiendo además la artillería sus fuegos contra la Aljafería, convento de Agustinos, cuartel de Caballería y puertas de Sancho, Portillo, Carmen y Santa Engracia. Los sitiados, que habían recibido también alguna artillería gruesa y refuerzos de tropa veterana, entre ellos 300 soldados de Extremadura, mandados por el teniente coronel D. Domingo Larripa y 100 Voluntarios de Tarragona, aprovecharon la larga inacción del enemigo, construyendo blindajes, zanjas y barricadas en diferentes calles, preparando sacos para cubrir las brechas y levantar baterías, además de habilitar los sótanos para talleres, y para guarecerse en ellos la gente inerme, y quemar y talar las huertas y olivares, y las quintas y jardines que perjudicaban la defensa. La gente disponible se distribuyó a todo lo largo del frente amenazado, quedando encargado del Portillo, Marco de Pont; D. Pedro Hernández de la puerta del Carmen; Renovales de la de Sancho, y Larripa de la de Santa Engracia.

Abiertos algunos boquetes en el recinto, dio el enemigo el 2 de julio un ataque general, después de un violentísimo fuego, particularmente desde las baterías del alto de la Bernadona, frente a la Aljafería, que aumentó los considerables destrozos hechos ya en esta y en el Portillo. Casi al mismo tiempo fueron acometidos el Castillo, las puertas de Sancho, Portillo y Carmen, cuartel de Caballería y torre del Pino; pero de todas partes fueron rechazados con grandes pérdidas por los denodados zaragozanos ( La tropa que había entonces en Zaragoza no llegaba tan siquiera a 1.000 hombres de las tres armas, pero aquel mismo día entró Palafox en la ciudad con 1.300 soldados de infantería y 60 caballos, a tiempo todavía de tomar parte en el combate. también se presentaron, procedentes de Barcelona, los subtenientes de Artillería D. Gerónimo Piñeiro (de las Casas) y D. Francisco Betbecé, el Rosete, encargándose el primero de la batería del Portillo y el segundo de la del Carmen. Ambos fueron promovidos por Palafox sobre el mismo campo de batalla al empleo inmediato) entre los que se distinguieron algunas valerosas mujeres (La batería del Portillo, reducida al silencio por el estrago causado por los proyectiles franceses, que habían derribado muertos o heridos a más de 50 artilleros, con otros defensores, parecía abandonada, y lo estaba en efecto, pues los que habían sobrevivido corrieron a guarecerse tras de los próximos edificios, no permaneciendo en aquel puesto de honor más que el teniente coronel Marcó de Pont, que mandaba allí, y algunos oficiales. La columna francesa, que al dar los sitiadores el asalto en la mañana del 2, se dirigía presurosa y confiada sobre dicho punto, se hubiera posesionado de él indudablemente, a no haber ocurrido un episodio singular que dio eterna fama a una célebre heroína. Una joven de 20 años llamada por algunos historiadores AGUSTINA DE ARAGÓN, aunque ella se firmaba AGUSTINA ZARAGOZA, llevaba el desayuno a su amante, sargento de Artillería, cuando lo vió caer destrozado por una bala de cañón. Loca de dolor, se arrojó sobre el cuerpo inerte de su amado, que quería reanimar con sus amorosas frases y caricias; mas la gritería de los enemigos ya próximos, sacándola de su estupor, hízole caer en la cuenta de que aquellos que tan cerca tenia eran los que acababan de arrebatarle sus halagüeñas esperanzas e ilusiones. Entonces, inspirada por al venganza y el odio, arranca de las manos del artillero la mecha que oprimía aún convulsivamente, la aplica al cañón cargado de metralla, y la cabeza de la columna, deshecha por aquel oportuno disparo, comunica el desorden a las fracciones que le seguían, acabando todos por retroceder al oír la algazara que se produjo en la batería, tan silenciosa momentos antes. En aquel momento llegaba Palafox, enterado del peligro, al frente de un numeroso grupo de paisanos, y testigo de tan esclarecida hazaña, en el momento en que terminó el combate cogió las ginetas del sargento muerto y las colocó en los hombros de la heroína, agraciada después con el grado de alférez y una pensión vitalicia.).

Los franceses solo consiguieron ocupar el convento de San José, si bien por breve tiempo, pues no pudiendo sostenerse en dicho edificio, lo entregaron a las llamas.

En vista del mal resultado del ataque anterior, el segundo a viva fuerza que se daba, determinó Verdier emprender un sitio metódico, pensando el coronel de ingenieros Lacoste dirigir los trabajos contra el frente de la puerta del Carmen; pero el Emperador no aprobó el proyecto y creyó más acertado, como lo era en efecto, dirigir el ataque contra la torre del Pino y convento de Santa Engracia, como puntos más salientes y por lo tanto menos franqueables del recinto. En su consecuencia, abrióse la trinchera para avanzar en aquella dirección, además de simular otro ataque contra la Aljafería, y trasladáronse algunas fuerzas al otro lado del Ebro para incomunicar la ciudad por la parte del Arrabal, llegando a dominar toda la campiña hasta el Gállego. Los sitiados hacían frecuentes salidas, peleando diariamente con el enemigo, que en la noche del 11 al 12 asaltó el convento de Capuchinos, entregando a las llamas por los nuestros antes de retirarse, y ocupó también el de San José; mas fueron infructuosos todos sus esfuerzos para apoderarse del de Trinitarios, asaltado el 23 con la mayor energía, sin éxito alguno, costando el encarnizado combate grandes pérdidas a los franceses ( De los españoles murió en la defensa el capitán Romeu. En la orilla izquierda murió también en aquellos días el comandante Viana). Este contratiempo no fue obstáculo para que el enemigo adelantase sus trabajos, terminando la paralela, que se extendía de San José a Capuchinos, y construyendo siete baterías, que armadas con 38 piezas de grueso calibre, rompieron el fuego en los primeros días de agosto, lo mismo que otras piezas de campaña hasta el número de 60, siendo muy grande el estrago que causó el día 3, particularmente tomado como blanco los artilleros imperiales.

El fuego se hizo mucho más violento en la mañana del 4, y al mediodía quedaba desmontada la mayor parte de nuestra artillería y abiertas tres anchas brechas: dos en el convento de Santa Engracia en sus ángulos oriental y occidental, y otra en la tapia que unía la puerta del Carmen a la torre del Pino. Los sitiadores, después de varias tentativas para distraer la atención de los sitiados hacia diferentes partes ( En uno de los ataques que precedieron al asalto, redoblaban los franceses sus esfuerzos en el puente del Huerva, a donde habían aproximado un cañón que causaba mucho daño a los defensores. Muertos o heridos los sirvientes, el soldado José Ruíz, de Voluntarios de Aragón, al oír a su comandante Cuadros ofrecer una charretera al que lo clavase, lo ejecutó con gran arrojo y desenvoltura, logrando salir ileso de tan arriesgada empresa), dieron el asalto a la una de la tarde, organizadas sus fuerzas en tres grandes columnas, con sus correspondientes reservas, mandadas la de la derecha por el general Habert, la del centro por el general Bazancourt y la de la izquierda por el general Grandjean. Dichas columnas, dotadas de artillería de campaña, se lanzaron a las brechas al acostumbrado grito de ¡Vive l'Empereur! despreciando el terrible fuego con que les recibieron los sitiados, los cuales disputaron encarnizadamente el convento de Santa Engracia, alcanzando allí la muerte gloriosa el brigadier coronel D. Antonio de Cuadros (Le sucedió en el mando del puesto el coronel San Genís) y el capitán Tirado; pero dueños al cabo del edificio las fuerzas de la derecha, desembocaron en la plaza inmediata y flanquearon la entrada a la columna del centro, que estuvo más de una hora detenida frente a la brecha y puerta de Santa Engracia, sólidamente barreada, y batida de flanco por la torre del Pino. La columna de la izquierda consiguió dominar también la brecha correspondiente y ocupar dicha torre, indefendible ya, dividiéndose luego en dos partes, una para dirigirse al convento del Carmen, que le costó gran trabajo tomar, y otra que se unió a la columna del centro, después de apoderarse del convento Descalzas de San José, defendido bizarramente con solos ocho hombres por el padre franciscano D. Pedro Bretón, sargento de una de las compañías de Cerezo.

Los imperiales, dentro ya de Zaragoza, y dueños de toda la línea comprendida entre la puerta del Carmen y la puerta de Santa Engracia, se vanagloriaban de ser dueños de la ciudad, y se dispusieron para acometer las defensas interiores y la entrada por las calles de Santa Engracia y Azoque, las únicas que conducen directamente al Coso; pero deseando Verdier economizar la sangre de sus soldados, intimó la rendición con esta lacónica frase ¡Capitulación!, a la que contestó Palafox con igual laconismo ¡Guerra y cuchillo!. Sabiendo a que atenerse el enemigo, emprendió un vigoroso ataque por dichas calles, defendiendo la primera de ellas con grande esfuerzo el marqués de Lazán y su hermano D. Francisco, que disputaron el terreno a palmos, retirándose de posición en posición hasta llegar al Coso, después que los invasores pudieron ocupar el convento de San Francisco y el Hospital general (Los oficiales que se retiraron los últimos de la batería que desde el Coso enfilaba la avenida de Santa Engracia, fueron el intendente Calvo de Rozas y don Justo San Martín). Por la izquierda atacó Grandjean el hospital de Convalecientes y convento de la Encarnación, cuyos edificios constituían una especie de reducto interior; mas fue tan enérgica la resistencia que llevaron a cabo los Guardias Españolas y Valonas, que desesperado aquel de tomarlo con la premura que exigía la necesidad de avanzar simultáneamente con las tropas de la derecha, desistió de su propósito y continuó la marcha por la calle de Azoque, contando sería empresa fácil llegar al Coso, seguir luego al Mercado y apoderarse después de San Ildefonso, conforme se le había encargado, cuyo plan no pudo realizar, pues aun cuando logró apoderarse del convento de Santa Rosa, primer obstáculo que encontró en su camino, fue detenida la columna ante el de Santa Fe, defendido con la artillería retirada de la puerta del Carmen, y sólo consiguió ocupar algunas casas próximas a dicho convento. Sin embargo, la llegada de los franceses al Coso llenó a la población de terror, y enterada de la ausencia de su caudillo (La salida del general Palafox de la ciudad en aquellos críticos momentos no la encontramos bastante justificada, pues, para activar la llegada de los socorros que esperaba de un momento a otro de Pina, bastaba hubiese enviado un oficial de su confianza en lugar de abandonar la ciudad en persona, sin hacer tan siquiera entrega del mando, del que se encargó espontáneamente el brigadier D. Antonio de Torres, revistiendo por lo tanto dicha salida los caracteres de una verdadera fuga como si creyese ya perdida Zaragoza, y produciendo el desaliento consiguiente, como sucedió en efecto.) empezaron a buscar su salvación en la fuga, primero la gente inerme, viejos, mujeres y niños, llenando las calles afluentes al puente, pánico que se contagió a los defensores, muchos de los cuales se mezclaron con los fugitivos abandonando o arrastrando a sus jefes y oficiales; por fortuna, algunos valientes oficiales de los del Arrabal, entre ellos D. Luciano de Tornos, abocaron algunas piezas al puente amenazando ametrallar a la multitud, al propio tiempo que otros reanimaban a los más esforzados haciéndoles volver contra el enemigo. Sobrevino pues una reacción favorable, y precipitándose todos de nuevo al encuentro de los invasores, se salvó Zaragoza.

Los franceses, llegados al Coso, se dividieron en tres columnas: una para dirigirse por la derecha a la plaza de la Magdalena hasta la Puerta del Sol; otra que debía reunirse por la izquierda a las tropas de la calle del Azoque, detenidas ante Santa Fe, para ocupar el Mercado y la Puerta de San Ildefonso; y la tercera que debía encaminarse al Puente de Piedra por la calle de San Gil, directa a dicho punto. En los primeros momentos, los imperiales apenas encontraron resistencia, pudiendo llegar la columna de la derecha sin dificultad alguna a la Magdalena; mas allí salió a su encuentro fray Ignacio Santaromana con siete jóvenes del pueblo, que ofreciéndose en holocausto a su patria "... como los espartanos de las Termópilas...", según expresión del historiador alemán Schèpeler, murieron casi todos; y su heroico sacrificio fue la señal de alarma para apostarse en sótanos, balcones, ventanas y tejados, mientras acudían algunos jefes con refuerzos de Puerta Quemada, Molino de Aceite y Puerta del Sol, viéndose los sitiadores rodeados por todas partes y acribillados por mortífero fuego; así que, para conjurar el peligro, trataron de guarecerse en las ruinas del Seminario, donde habrían perecido todos a no haber volado otras fuerzas en su auxilio, retirándose a su amparo, pero vivamente perseguidos por los victoriosos zaragozanos. La columna del centro estuvo a punto de encontrar su perdición en el laberinto de callejones que rodean el Arco de Cineja, por donde se metió equivocadamente en lugar de tomar la calle de San Gil, teniendo que fraccionarse, y diseminadas así las tropas, se entregaron al pillaje en las casas, cometiendo muchos excesos que no quedaron sin castigo, pues muchos de sus autores fueron degollados, pudiendo a duras penas retroceder al Coso en la mayor confusión, acosados por todas partes. No tuvieron mayor fortuna las tropas de la izquierda peleando a un tiempo en la Encarnación, Santa Rosa, Santa Fe y en la parte del Coso próxima al Mercado, a donde no pudieron llegar los franceses, en todas partes vencidos. La refriega duró todavía hasta la noche, luchándose desesperadamente en todos los ámbitos de la ciudad hasta donde habían llegado los invasores ( El historiador francés Belmas pinta con vivos colores aquel desastroso combate. "Laville, dice: "...etait comme un volcan par les explosions continuelles qui avaient lieu. On entendait les cris des vainqueurs et des vaincus; ici la victoire, là le desordre et la fuite; amis et ennemis combattaient tous pele -mele et sans ordre. Chacun se défendait là où il etait attaqué, et attaquait là où il recontrait l'enemi; le hasard seul prèsidait á ce chaos. Les rues étaient jonchées de cadavres; les cris que l'on entendait du milieu des flammes et de la fumée ajoutaient encore á l'horreur de cette scène de dèsolation, et le tocsin, qui sonnait de toutes parts, semblait annoncer l'agonie de Saragosse."), que fueron arrojados otra vez a sus primitivas posiciones de la callde de Santa Engracia sin conservar más que el terreno comprendido entre los conventos de San Francisco y San Diego hasta las puertas del Carmen y Santa Engracia, con el Palacio de Fuentes, Hospital general y convento de Santa Rosa. Tal fue el memorable combate del 4 de agosto, tan glorioso para los zaragozanos, en el que se distinguieron también algunas mujeres (Doña María Consolación de Azlor y Villavicencio, condesa de Bureta, que había organizado desde el principio del sitio varias cuadrillas de mujeres para distinguir municiones y retirar heridos a los hospitales, arrostrando con la mayor sangre fría el horroroso fuego que hacía el enemigo, en cuanto vió invadida la ciudad cerró con dos fuertes barricadas las avenidas de su casa, disponiéndose a defenderla heroicamente hasta morir, con sus deudos y criados.

No menos valor demostró otra mujer del pueblo llamada Casta Alvarez que armada de un enorme palo provisto de una larga y enmohecida bayoneta, corría de puesto en puesto de los atacados por los franceses animando a los defensores y aun poniéndose algunas veces al frente de ellos en los trances mas rudos) y costó al enemigo, según Belmás, 462 muertos y 1.505 heridos, contando entre estos a los generales Verdier y Bazancourt, por lo que tuvo que volverse a encargar del mando del ejército sitiador el general Lefebvre, quien había recibido también una fuerte contusión españoles tuvieron también bastantes pérdidas. Quedó prisionero de los franceses el teniente de Artillería D. Santiago Piñeiro (de las Casas), y gravemente herido el comandante D. Salvador de Ozta, quien no quiso abandonar su puesto de honor hasta que habiendo caído exánime, fue retirado de aquel campo de gloriosa lucha).

Al día siguiente se renovó el combate. Unos y otros habían aprovechado la noche trabajando sin cesar para cubrirse y levantar baterías, de manera que, fortificados dentro de la ciudad amigos y enemigos, no era fácil decir quienes eran los sitiados y quienes los sitiadores. Estos hicieron inútiles esfuerzos para extenderse por sus flancos, peleándose encarnizadamente en el convento de Santa Catalina, que quedó al fin por los españoles, los cuales fueron después asaltando las casas inmediatas al Hospital general, ocupando también el Jardín Botánico; también atacó el enemigo infructuosamente el hospital de Convalecientes y cañoneo sin resultado desde la batería levantada en la calle de Santa Engracia la barricada del Arco de Cineja, no dando otro resultado todos estos combates que sumar los franceses a las pérdidas anteriores la de otros 300 hombres, y dar ocasión para que los sitiados realizarán otros hechos valerosos ( Entre los muchos que se distinguieron durante el sitio merece especial mención el cabo José Monclús. Mandando las avanzadas de la puerta de Sancho dio muerte el 24 de junio a un jefe francés que se adelantó con alguna fuerza a practicar un reconocimiento; el 5 de agosto cogió un cañón que tenían los enemigos cerca del palacio del Conde de Sástago, sin dar lugar a clavarlo, con sus municiones, presentándolo al subteniente D. Francisco Salvador; el 7 penetró en una casa de la calle del Carmen y pasó a cuchillo a dos granaderos franceses, y por la tarde del mismo día presentó al Marqués de Lazán una espada, siete fusiles y el uniforme de otro oficial enemigo, a quien mató en una guardia establecida junto al convento de Santa Rosa. Dicho cabo, promovido a Sargento, fue recompensado por Palafox después del sitio con el empleo de Subteniente.). Pero la situación de Zaragoza iba siendo comprometida por la escasez de víveres y sobre todo de pólvora, a cuya necesidad venía proveyendo el distinguido oficial de Artillería D. Ignacio López ( además de los oficiales de Artillería citados, estuvieron presentes desde los comienzos del sitio el capitán D. Juan N. Cónsul que organizó con gran acierto los talleres de Maestranza en el vasto mesón del Portillo y suntuoso palacio de la Universidad, y el teniente D. Francisco de Camporedondo. El primero ejerció el cargo de comandante del Arma hasta fines de junio en que se presentó el capitán D. Salvador de Ozta, más antiguo, el cual mandaba ya el 1º de julio las baterías de todo el frente de ataque) hacía algún tiempo, elaborando hasta tres quintales diarios; afortunadamente, los socorros estaban próximos, y el mismo día 5 entró en la capital el marqués de Lazán con un pequeño convoy custodiado por un batallón de Guardias Españolas. El general Palafox avanzó desde Osera y reunió en Villamayor unos 500 hombres con otro convoy de más de 200 carros, se enseñoreó de la izquierda del Ebro haciendo repasar el río a las fuerzas que la ocupaban, y el 8 volvió a pisar de nuevo las calles de Zaragoza sin haber perdido un solo hombre. Por entonces se había hecho ya pública la noticia de la victoria de Bailén y evacuación de Madrid por el intruso, y creciendo con ello y los refuerzos recibidos el ardor de los sitiados, parecieron convertirse en sitiadores, pues desde el día 9 en que estos fueron rechazados del asalto que dieron al Hospital de Convalecientes, persiguiéndoles los Migueletes catalanes cuchillo en mano, llegando los españoles, enardecidos con el triunfo, a apoderarse de dos piezas de la batería inmediata, los franceses permanecieron exclusivamente a la defensiva, aunque sin suspender el bombardeo, hasta la madrugada del 14, en que habiendo recibido la orden definitiva de levantar el sitio, emprendió el enemigo la retirada camino de Pamplona entregando a las llamas los almacenes de Monte Torrero, el Hospital general, San Francisco y demás edificios que quedaban en pie de los que había ocupado, volando el monasterio de Santa Engracia y abandonando hasta 54 piezas de artillería de todos los calibres, con un número considerable de fusiles y gran cantidad de municiones, víveres y efectos de todas clases.

Este sitio glorioso, en el que tanto brilló el patriotismo y denuedo de los zaragozanos y tropa del ejército que en él tomó parte (De los actuales Cuerpos del ejército, sólo el Regimiento de Extremadura), costó a los franceses la pérdida de unos 4.000 hombres, habiendo resultado muertos, heridos o enfermos casi todos los oficiales superiores y quedando algunos regimientos mandados por capitanes. Los españoles experimentaron unas 2.000 bajas.

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16-8-1808. SEGUNDO SITIO DE GERONA

El general Duhesme, preocupado con el mal éxito de su primera expedición a Gerona, no tardó en repetirla con más poderosos medios, deseando vengar el agravio inferido a sus armas. Al efecto, salió el 17 de julio de la capital de Cataluña con 6.000 hombres, cuyas fuerzas, muy molestadas por los somatenes y Tiradores del coronel D. Francisco Milans del Boch, particularmente entre Caldetas y San Pol, donde había practicadas algunas cortaduras que detuvieron bastante tiempo al enemigo, haciéndole sufrir el fuego de algunos buques británicos y españoles, tuvieron que dividirse en dos columnas para flanquear convenientemente la parte de la montaña, siguiendo la fracción principal de la ruta de la costa. La que tomó por el interior, mandada por el general Golás, intimó el 20 la rendición a Hostalrich, enérgicamente rechazada por el capitán de Ultonia D. Manuel O'Sullivan, y ambas, hostilizadas de continuo, experimentaron bastantes pérdidas de hombres y de material, y se reunieron ya cerca de Gerona, a cuya vista llegaron el 20, incorporándose allí a Duhesme el general Reille con nueve batallones y cuatro escuadrones que llevaba de Figueras. Las tropas del primero ocuparon Santa Eugenia, Palau y Salt en la derecha del Ter, estableciéndose las del segundo en los pueblos de Sarriá, Pontmajor y Campdurá, en la margen opuesta. La guarnición de la plaza ascendía a 2.000 hombres, con el 2º batallón de Voluntarios de Barcelona al mando de su jefe D. Narciso de la Valente, y un destacamento de artillería al del teniente coronel del Cuerpo D. Pedro de la Llave, que habían desembarcado en San Feliu de Guixols procedentes de Mahón; y desempeñaba el cargo de gobernador D. Julián de Bolivar.

Los sitiadores, despreciada su intimidación, hecha con las terribles amenazas de incendiar la ciudad y pasar la guarnición a cuchillo, repartieron sus 13 obuses, morteros y cañones de sitio en diferentes baterías (Una de brecha junto a la torre de San Luís para batir la cara izquierda del baluarte de la derecha del frente Norte del Castillo, otra de rebote entre las torres de San Narciso y San Daniel arruinadas también por los sitiados, otra de morteros a espaldas de Santa Eugenia, y la última de obuses en la altura de Palau Sacosta), proponiéndose dirigir el ataque contra el castillo de Montjuich y baluarte de San Pedro y puerta de Francia, y empezaron la construcción de una paralela partiendo del pie del cerro llamado d'en Roca, por la orilla izquierda del Ter hasta la del Onyá, cuyos trabajos no estuvieron terminados hasta el 12 de agosto, en cuya noche comenzó el bombardeo, rompiendo el fuego al amanecer del 13 sobre dicho castillo. Los defensores se prepararon en este largo espacio de tiempo para oponerse al intento del enemigo, y cuando empezaron a tronar los cañones franceses contra Montjuich, la artillería de los sitiados contestó a la contraria con un fuego muy vivo, enérgico y perfectamente dirigido, al paso que se reparaban inmediatamente con gran valor, bajo la inteligente y acertada dirección del capitán de Ultonia D. Edmundo O'Ronan, nombrado ingeniero del castillo por no haber oficiales de dicho Cuerpo, los desperfectos que iban causando las baterías enemigas en el baluarte atacado, y así transcurrieron los días 13, 14 y 15 sin que los sitiadores adelantasen gran cosa en su empresa. Entretanto el brigadier conde de Caldagués, coronel de Borbón que se había apostado en el Llobregat con parte de las tropas desembarcadas en Tarragona procedentes de las Baleares, con las cuales y las que pudieron escapar de Barcelona se había organizado el ejército de Cataluña bajo el mando del marqués del Palacio, había salido el 6 de agosto de Martorell con la compañía de granaderos de su Cuerpo y tres de Soria, 2.000 migueletes y somatenes a las órdenes del coronel D. Juan Baget, tres piezas de campaña mandadas por el teniente D. Diego de Lara y el teniente de ingenieros D. Honorato de Fleyres, con 50 zapadores, encaminándose por Tarrasa, Sabadell y Granollers a Hostalrich, y de allí por Llagostera y Cassá de la Selva a Castellá, donde tenía su campo el coronel D. Francisco Milans del Bosch con unos 800 somatenes, presentándose al propio tiempo el capitán D. Juan Clarós en la ermita de los Angeles con 2.500 voluntarios del país y algunos destacamentos de Guardias Españolas y Valonas sacados de Rosas. Dichas fuerzas, desprovistas de caballería, y con sólo cinco piezas de campaña, se pusieron de acuerdo con los sitiados para atacar en la mañana del 16 las baterías y campo de los sitiadores, como lo efectuaron, adelantándose a todos la guarnición de Gerona; pues llevada de su ardimiento y guiada por el coronel del 2º de Barcelona, D. Narciso de la Valette y el mayor de Ultonia D. Enrique O'Donell, hizo una impetuosa salida sin esperar la llegada de las tropas de Caldagués, que empezaron a subir la montaña de Montjuich por la falda de Levante, hacia el flanco izquierdo del enemigo, cayendo al arma blanca sobre las baterías de San Daniel y San Luís con ímpetu tal, que arrollados los franceses con muerte de muchos, entre ellos el comandante de ingenieros Gardet (De los españoles resultaron heridos el mayor O'Donell y el teniente D. Tadeo Aldea, que se distinguió con el capitán D. Manuel Bodet al frente de algunos granaderos de Soria, como también el comandante de Ultonia D. Juan O'Donnovan.), mientras Calrós con sus tercios de catalanes se posesionaba desde la ermita de los Angeles de las alturas de San Miguel, y bajaba arrollando a los sitiadores en dirección de Campdurá y Pontmajor, se vieron en situación bastante comprometida, y efectuaron un movimiento de concentración hacia la izquierda del Ter para levantar el sitio aquella misma noche, retirándose Reille a Figueras y Duhesme a Barcelona, después de abandonar toda su artillería gruesa y mucho material de guerra. El primero regresó sin contratiempo alguno a sus acantonamientos; no así el segundo, que temiendo el camino de la costa, se metió por las montañas, donde, acosado por los somatenes, tuvo que abandonar del mismo modo parte de su bagaje y la artillería de campaña, metiéndose en la capital de Cataluña en el más desastroso estado. Tan desgraciado y poco lucido fin tuvo la segunda expedición de Duhesme a Gerona, cuando al emprenderla se jactaba con gran petulancia, parodiando el veni, vidi, vinci de Cesar, de terminar la empresa en solos cuatro días.

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16-8-1808. ENTRADA DE LOS FRANCESES EN BILBAO

Habiéndose levantado la villa de Bilbao el 6 de agosto al tener noticia de la victoria de Bailén, el rey José, que en retirada desde Madrid entró en Burgos el 9 de dicho mes, envió contra aquella población las fuerzas que mandaba el general Merlin. Los bilbaínos salieron animosos apostándose a media legua de la ciudad para hacer frente a los franceses; pero éstos pudieron dispersar fácilmente al paisanaje, distinguiéndose el capitán de artillería D. Luis de Power que fue muerto alevosamente al pie del cañón, manejado con gran acierto, después que el enemigo el concedió cuartel, a que se había hecho creedor pos su valentía y de haber salvado con su serenidad la vida de muchos ciudadanos a quienes avisó se retirasen, mientras hacía el último esfuerzo de contener a las huestes imperiales. Los desgraciados habitantes de Bilbao fueron tratados con el mayor rigor, en términos de que el rey José, en su correspondencia cogida en la batalla de Vitoria, blasonaba de haber apagado la insurrección con la sangre de 1.200 hombres.

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16-8-1812. RENDICIÓN DE GUADALAJARA

Guarnecían dicha capital 800 suizos a las órdenes del general Preux, antes al servicio de España, y habiendo sabido aquél la entrada de los aliados en Madrid el 12 de agosto después de la batalla de Salamanca, no tardó en capitular el 16 del mismo mes, entregándose prisionero, con la fuerza a sus órdenes, a D. Juan Martín el Empecinado.

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17-8-1808. BATALLA DE ROLIÇA

Habíamos visto como desde hacia un tiempo, y con la aquiescencia del trono de España, se hallaban internadas en Portugal una serie de tropas francesas, comandadas por el mariscal Jean-Andouche Junot. Uno de sus generales, Henri-François Laborde, mandaba un Cuerpo formado por unos 3.500 hombres (según datos del lado francés):


3.000 de Infantería:70º Regtº de Línea, con dos batallones.
1º Regtº Provisional de línea, integrado por un batallón del 2º Regtº ligero y el 4º Regtº de línea.
4º Regimiento Suizo, con un batallón.
Batería de Artillería, con seis piezas.
500 de Caballería:26º Regimiento de Coraceros, en cuatro escuadrones.

Y según la versión británica, serían unos 4.350 hombres, eso sí, correspondientes a los mismos Cuerpos arriba señalados por los franceses.

Los británicos, como ya sabemos, al mando del general Sir Arthur Wellesley, eran sobre 15.000 hombres, encuadrados en los siguientes Cuerpos: (otros autores cifran sus efectivos en 8.000 hombers)

1st. Brigade, mandada por el general Hill, y compuesta por: 5th. Foot.
9 th. Foot.
38th. Foot.
2nd. Brigade, al mando del general Fergusson, comprendía:36th. Foot.
40th. Foot.
71st. Highland Light Infantry.
3rd. Brigade, al mando del general Wightingale, formaban:29th. Foot.
82nd. Foot.
4th. Brigade, mandada por el general Bowes, integrada por:6th. Foot.
32nd. Foot.
5th. Brigade, con el general James Caitlin Craufurd, con:45th. Foot.
50th. Foot.
91st. Foot.
6th. Brigade, mandada por el general Fane, formada por:5th. Battalion del 60th. Foot.
2nd. Battalion del 95th. Rifles.
Tropas portuguesas, al mando del coronel Nicholas Trant:2.590 hombres.

Artillería, formada por una batería a pié, con 6 piezas. Y otra batería a caballo, con otras 6 piezas.

Tras la llegada de los emisarios españoles a Londres, el gobierno británico había enviado una fuerza de desembarco al mando del general Wellesley, con la finalidad de tomar entre dos fuegos a los franceses. El desembarco se inició el día 1 de agosto de 1808, en la bahía de Mondego, y culminaría cuatro días después. Los británicos habían desembarcado según sus propios datos unos 14.000 hombres.

Las tropas británicas se verían reforzadas por 2.590 portugueses, encuadrados rápidamente a las órdenes del coronel Nicholas Trant.

Wellesley tras haber hablado con sus confidentes y oficiales desde hacia tiempo destacados en Portugal, y después de haber estudiado sobre el terreno las posibilidades de emprender acciones, esperaba que sus tropas se hallasen descansadas de la travesía marítima y organizadas en la semana siguiente a su llegada y así pudiesen emprender la marcha hacia sus objetivos, en condiciones adecuadas a los enfrentamientos que les esperaban.

Inexplicablemente el desembarco británico sorprendido al mariscal Junot. Los movimientos ejecutados por los británicos parece que no fueron observados desde la costa hasta que casi era tarde, puesto que las primeras noticias las recibe cuando algunas tropas ya han desembarcado en las playas portuguesas. Con la finalidad de retrasar en lo posible el avance británico, Junot había enviado un Cuerpo al mando del general Laborde, para que observase sus intenciones e incluso les hostigase con algún ataque que pudiese darle tiempo a Junot para agrupar sus tropas y contrarrestar como fuese la inferioridad numérica en que se hallaba ante aquella precipitada contingencia. Laborde avanzó durante los días 14 y 15 en busca de los británicos llegando hasta las inmediaciones de Alcobaça, e intentando hallar un lugar idóneo donde apostarse favorablemente. Era el día 15 cuando las avanzadillas de Laborde hallaron vestigios de los británicos, durante aquellos casi catorce días los británicos avanzaron sin problema alguno por aquellas campiñas portuguesas. En su avance solamente halló un lugar ideal, cerca de Roliça. Las diferencias numéricas entre ambos contingentes eran en una desorbitada proporción favorables a los británicos.

Esquema de la batalla

Laborde situó a sus hombres en una colina al Oeste de aquella Villa, sobre una cordillera que corría de Este a Oeste, unos dos kilómetros por detrás de ella, donde quedaron esperando la proximidad de los británicos. Estos sin embargo acechaban a los franceses mediante el plan establecido por Wellesley, quien pretendía realizar una doble maniobra de envolvimiento. Para ello situó al coronel Trant, con tres batallones de Infantes portugueses, apoyados por medio batallón de Caballería, en su ala derecha. Estos infantes se hallaban apostados a lo largo del angosto paso del Oeste y volvían hacia Roliça, cerrando así un amplio círculo abierto, pero que podría abatirse y cerrar en infranqueable copo, batiendo desde aquellas alturas a quien se aventurase a pasar por allí.

A su izquierda situó al general Fergusson, con su Brigada completa. A Bowes, y seis cañones le situó en posición que batía perfectamente el flanco Este de la posible llegada de los franceses. En el centro quedaron el resto de los Cuerpos, las cuatro Brigadas de Infantería y 400 caballos, mitad portugueses, mitad británicos, el Batallón de Cazadores y otros 12 cañones, y que en dos líneas y en conjunto cubrían un ancho e impenetrable frente.

En el ala derecha colocó la Brigada Hill, Fane a su izquierda y Nightline en el centro, mientras que a Craufurd, con dos batallones y los Cazadores quedaban detrás, en la Reserva.

Los fusileros de la brigada Fane se adelantaron y molestaron a las avanzadillas francesas, pero sin intentar progresar sobre el terreno que tan favorable les debería de resultar.

Laborde comenzó su ataque ordenando un avance de los Suizos y que a su proximidad a la cordillera, disparasen a las alturas, con la finalidad de imposibilitar o al menos dificultar que los británicos allí apostados pudiesen disparar contra sus hombres que bajo aquella protección pretendía pasasen hacia Roliça y así envolverlos.

Por su parte Wellesley intercambió las posiciones de Trant y Fergusson, y a continuación realizo cuatro ataques, en los que siendo las mismas tropas aparentasen ser en cada uno de ellos, un regimiento diferente. El ardid no dio el resultado esperado y por ello cuando el Regimiento 29º, mandado por el coronel Lake atacó la trinchera que le habían fijado, la segunda de la izquierda, lo hizo precipitadamente e inmediatamente se halló rodeado de enemigos por tres de sus costados. A pesar del incruento fuego que les hacían, prosiguieron en su avance, colina arriba, empujados siempre desde atrás por los ofensivos franceses que ahora les perseguían. Los británicos hubieron de retirarse, no sin antes dejar muertos sobre el campo a su coronel Lake, 6 oficiales más, varios soldados muertos y 30 prisioneros.

El segundo ataque, fue realmente mal llevado a cabo. Sobre un terreno muy abrupto que aumentaba la ansiedad y el desasosiego de aquellos soldados que intentaban progresar en lugar tan difícil, fue realizado por los fusileros desde Levante y por el 5º Regimiento a pie, desde el Oeste. Los franceses tranquilamente situados en sus posiciones esperaron la proximidad de los atacantes, dejándoles llegar a la cima de aquella colina y entonces cargaron sobre ellos, forzando a que los fatigados británicos se echasen desordenadamente colina abajo, con graves pérdidas.

El tercer ataque, fue también de resultado muy desfavorable para las tropas de Wellesley.

El cuarto asalto fue el resultado de un ataque combinado en el que Fergusson por el Este comenzó a atacar la derecha francesa de modo tan preciso que les desalojó con su vigoroso empuje, obligándolos a dispersarse y emprender la retirada, siendo perseguidos hasta el estrechamiento de Azambujeira dos Carros, quedando muchos soldados franceses prisioneros, aunque los que se retiraban lo hicieron gradualmente y en buen orden, logrando una retirada sin más contratiempos hasta las proximidades de Vimeiro. Los británicos no quisieron pasar al otro lado del desfiladero, pues temían que pudiesen hallarse parapetadas tropas frescas, que Laborde mantuviese en reserva.

Las pérdidas de esta primera batalla de la guerra peninsular, en tierras lusas, reportaron las siguientes cifras:

A pesar de que las tropas británicas eran superiores en una proporción de 4 a 1, Laborde perdió unos 600 hombres y 3 piezas de artillería. Por su parte los británicos perderían unos 500 hombres, de los que 190 pertenecían al 29 th. Foot.

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18-8-1812. RENDICIÓN DE ASTORGA

A consecuencia de la batalla de los Arapiles (ver 22 de julio) y entrada de los aliados en Madrid, trataron los franceses de recoger las guarniciones que habían dejado en Zamora, Toro y Astorga, bloqueadas por los españoles, a cuyo efecto destacaron del ejército llamado de Portugal 6.000 infantes y 1.200 caballos a las órdenes del general Foy, consiguiendo salvar las de los dos primeros puntos; no así la de Astorga, que el 18 de agosto se rindió al coronel D. Pablo Eurile, quedando prisioneros 1.200 hombres que la componían. Foy recibió la noticia tan desagradable en La Bañeza cuando se encaminaba a dicho punto; así que, en lugar de seguir adelante, se dirigió a Carvajales en persecución de las tropas que habían levantado el bloqueo de Zamora, de lo que tuvo también que desistir por haberse acogido aquellas a la provincia de Tras os Montes (Portugal).

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19-8-1811. PÉRDIDA DEL CASTILLO DE FIGUERAS

Sorprendida dicha fortaleza por los guerrilleros catalanes (ver 11 de abril), fue inmediatamente bloqueada por el general Baraguay d'Hilliers con un ejército de más de 10.000 hombres, levantando en torno suyo una doble línea de trincheras y reductos que coronaban todas las alturas inmediatas y hacían de todo punto imposible el socorro de la plaza a no ser con fuerzas considerables, no siendo muy afortunado el marqués de Campoverde al intentarlo ( ver. 3 de mayo). La guarnición, compuesta de 5.000 hombres a las órdenes del general D. Juan Antonio Martínez, se defendió con energía, hizo continuas salidas, consumió hasta 6.000 disparos de artillería y 2.000.000 de cartuchos de fusil, y sobrellevó con ejemplar abnegación las privaciones y sufrimientos inherentes a tan largo y riguroso bloqueo, y cuando después de la pérdida de Tarragona se desvaneció la esperanza de salvación, agotados ya los víveres, los caballos y toda clase de animales, muertos 1.500 hombres en combate o enfermedad, con otros 1.500 postrados en cama, comprendiendo no se podía conservar por más tiempo el castillo, trató de abrirse paso atravesando las líneas enemigas la noche del 16 de agosto. Después de clavar la artillería y destruir cuanto no podían llevar consigo, emprendieron los españoles sigilosamente la marcha hacia el llano, mientras el coronel Rovira hacía ademán de socorrer la fortaleza, atacando con 2.000 hombres los puestos franceses de la parte de Llers, opuesta a la dirección que llevaban los defensores; mas apercibidos los franceses del intento, rompieron sobre ellos un vivo fuego de metralla y fusilería, y no pudiendo salvar los obstáculos de las trincheras y talas de árboles que obstruían el paso, volviendo a encerrarse en la plaza, para capitular el 19, saliendo sin armas ni aparato militar alguno hasta 2.000 hombres útiles, que quedaron prisioneros de guerra, lo mismo que los heridos y enfermos. Los franceses experimentaron 4.000 bajas en los cuatro meses que duró el cerco, habiendo construido más de 4.000 toesas de trincheras y parapetos, con 30 fuertes y reductos bien guarnecidos y artillados y consumido 16.000 tiros de cañón, obús y mortero. Entre los rendidos figuraban Juan Floreta y Juan Marqués, principales autores de la sorpresa anterior, que fueron ahorcados en un rebellín, sufriendo la muerte con gran serenidad y valor al considerar que la recibían por la libertad de su patria. (Entre ellos los tenientes de Artillería, Gómez e Hidalgo.)

Esquema de castillo (91.431 bytes)

Explicación del plano: 1. Baluarte de Santiago; 2. Rebellín de las Animas; 3. Baluarte de Santa Tecla; 4. Rebellín del Rosario; 5. Baluarte de San Narciso; 6. Hornabeque de San Roque; 7. Baluarte de San Dalmas; 8. Contraguardia de San Juan; 9. Rebellín de San Antonio; 10. Baluarte de Santa Bárbara; 11. Caballero; 12. Hornabeque de San Zenín; 13. Rebellín de San José; 14. Baluarte de San Felipe; 15. Contraguardia de San Pedro; 16. Hornabeque de San Miguel.

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25-8-1812. LEVANTAMIENTO DEL SITIO DE CÁDIZ

En este día, por fin, los franceses levantan el sitio de la Tacita de Oro. Meses antes, a primeros de abril, ya corrieron por la ciudad rumores de que los franceses no continuarían el asedio a la infranqueable plaza civico-militar. En las inmediaciones de la confitería-cafe de Cosi, los gaditanos hablaban acerca del alivio que ello representaría para la ciudad, mientras los más atildados se sentaban en sus mesas a charlar acerca de todo aquello que la situación les inducía. En el cercano café, "La Privadilla", la concurrencia era más diversa y popular, aunque las conversaciones seguían los mismos derroteros.

Sin embargo desde el mes de marzo los gaditanos desde sus elevados observatorios, lograban ver los movimientos franceses, y como el día 22 de ese mes, apresuradamente, una gran columna de soldados marchaba en dirección al Puerto de Santa María.

Cuando es evidente que los franceses se han alejado de sus asentamientos, la multitud comienza a salir de sus casas y en loco frenesí ocupan las calles y plazas dando muestras de la alegría que ello les produce. Los más osados se aventuran a lanzar al agua sus botes y llegar a través de los caños al Trocadero e inclusive a Puerto Real.

Curiosamente el levantamiento del sitio originó el declive de la ciudad, algunos refugiados regresaron a los lugares de su origen, las Cortes también se irán a Madrid, los políticos que desde allí dirigían la nación, también se fueron. La prensa diaria ya no tenia noticias que ofrecer. En "El Conciso", del siguiente día 26, un editorialista escribió su famosa "Papeleta de entierro", página satírica que se refiere a los franceses que durante aquellos años habían tenido frente a sí

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26-8-1810. EXPEDICIÓN FRANCESA A MURCIA

Encargado el general Blake del llamado ejército del Centro, compuesto de 14.000 infantes, 1.800 jinetes y 14 piezas de artillería, distribuidos entre Murcia, Alicante, Elche, Orihuela, Cartagena y sus contornos, no tardó en llamar la atención del general Sebastiani (Las fuerzas a sus órdenes ocupaban Granada, Guadix, Baza y Almería), el cual, pensando destruir aquel naciente ejército, salió el 18 de agosto de Granada con unos 10.000 hombres y 17 piezas de artillería. Informado Blake de este movimiento, preparóse a recibir a su adversario, agrupando la mayor parte de sus tropas en la huerta de Murcia, distribuidas del modo siguiente: la derecha, al mando del brigadier Creagh, en Añora; en el lugar de Don Juan la izquierda, a cargo del brigadier Sanz; y el centro, enlazado con la izquierda por medio de un molino aspillerado y una batería construida en una acequia, en la Puebla, cerca de Alcantarilla, estando encargado de ella el general Don Francisco J. Elío. La caballería, al mando de Don Manuel Freire, apostada en la frontera del reino de Granada hacia Huescar, se fue replegando con mucho orden y destreza a la aproximación del enemigo, el cual avanzó confiadamente hasta Lebrilla, a cuatro leguas de Murcia, desde cuyo punto practicó Sebastiani varios reconocimientos el 26 de agosto con ánimo de atacar a los nuestros; pero viendo su firme actitud y las excelentes posiciones que ocupaban, juzgó más prudente retroceder a Totana y luego a Lorca, para retirarse definitivamente a sus anteriores acantonamientos, sin conseguir otra cosa que fatigar inútilmente a sus soldados haciéndoles marchar cerca de 100 leguas en estación tan calurosa, y aumentar la animadversión del paisanaje por las tropelías que aquellos cometieron en todas partes.

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27-8-1808. EPISODIO DE LA GUERRA EN ALFARO

En la acción de Alfaro, el Regimiento de Dragones del Rey, extinguido en 1823, puesto a su frente el comandante D. Francisco Ferraz, rescató en una brillante carga la artillería de la División Lazán de que acababan de apoderarse los lanceros polacos, y en premio de su señalada hazaña mereció el honor de desfilar por delante de todo el ejército formado en orden de parada, siendo calurosamente victoreado.

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27-8-1812. ENTRADA DE LOS ALIADOS EN SEVILLA

Levantado por los franceses el sitio de Cádiz, fueron ellos los españoles que mandaba el general Cruz Mourgeon, a los que se unió alguna fuerza británica a las órdenes del coronel Skerret, después de arrojar de Sanlucar la Mayor a un destacamento enemigo que había quedado allí en observación de los nuestros. El mariscal Soult, siguiendo su movimiento de retirada hacia Murcia, abandonó también Sevilla el 27 de agosto, dejando en ella parte de su retaguardia, la que fortalecida en el reducto de Santa Brígida, fue atacada por los españoles, adelantados desde Castilleja de la Cuesta, distinguiéndose la vanguardia de éstos puesta al mando del escocés Juan Downie (Aquel hombre excéntrico había organizado una legión que llamó Leales extremeños, vestidos como él mismo a la antigua usanza, ciñendo dicho jefe la espada de Pizarro que la marquesa de la Conquista le entregó como merecido galardón a sus servicios por la causa de la independencia nacional). Arrojados de allí los franceses, se apostaron de nuevo en la orilla izquierda del Guadalquivir, junto al barrio de Triana, defendiendo el paso del puente, entablándose otra vez el combate, en el que peleó intrépidamente Downie, pues rechazado dos veces, arremetió sólo otra más, saltando a caballo en el puente, pero con la desgracia de ser derribado y caer prisionero con varias heridas; tuvo, sin embargo, la presencia de ánimo suficiente para arrojar a su tropa la espada de Pizarro, que de otro modo habría servido de glorioso trofeo a los imperiales. Estos se metieron en la ciudad por la puerta del Arenal, por donde penetraron también al poco los aliados, huyendo aquellos en desorden por las de Carmona y Nueva en dirección de Alcalá y abandonando dos piezas, caballos, equipajes y bastantes prisioneros. La caballería de D. José Canterac persiguió algún trecho a los fugitivos, muchos de los cuales tiraron las armas.

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31-8-1813. BATALLA DE SAN MARCIAL

Pensando los franceses socorrer la plaza de San Sebastián, cruzaron el Bidasoa el 31 de agosto, antes del amanecer, por los vados entre Hendaya y el puente destruido del camino real, que cubría el IV Ejército español o de Galicia, a las órdenes del general Don Manuel Freire, apostada la IIIª División en los campos de Sorueta y Enacoleta, parte de la Vª en las alturas de San Marcial y la VIIª en Irún y Fuenterrabía, formando la primera línea, y en segunda o reserva una división británica a espaldas de Irún, la división de Don Francisco de Longa y dos brigadas de la IVª a retaguardia de la derecha, dos brigadas inglesas en la sierra de Aya, y otra portuguesa en unas alturas entre Vera y Lesaca.

Esquema de la batalla (60.984 bytes)

Arrollados los puestos avanzados de los españoles, atacaron los franceses con el mayor ímpetu todo el frente de las tropas situadas sobre las alturas de San Marcial, para penetrar por la cañada de Ercuti y apoderarse de la importante posición de Soroya, que fue bravamente defendida por algunos cuerpos, entre ellos el de Asturias, del cual murió gloriosamente su joven y esforzado coronel Don Fernando Miranda, siendo rechazado el enemigo. En vista de este fracaso, los imperiales echaron un puente volante a un cuarto de legua del camino real, junto al paraje llamado de las Nasas, bajo la protección de la numerosa artillería que tenían plantada en la derecha del Bidasoa, en la altura que lleva el nombre de Luís XIV, y embistieron desesperadamente nuestro centro y parte de la derecha; pero fueron repelidos y arrojados cuesta abajo por una brigada de la división de Don Juan Díaz Porlier, ayudada del IIº Batallón de Marina. Entonces dirigieron sus ataques contra la izquierda española, donde una brigada de la IIIª división de Don José María de Ezpeleta recibió a sus contrarios con serena y firme actitud, a pesar de lo cual consiguieron éstos apoderarse de las barracas de un campamento establecido en una de aquellas cimas; mas acudieron oportunamente D. Juan Díaz Porlier y Don Gabriel de Mendizábal, y arrojándolos sucesivamente de todos los puntos, les obligaron a repasar el río, distinguiéndose en aquella ocasión los regimientos Guadalajara, Asturias y La Corona, tres batallones de Voluntarios de Guipúzcoa, mandados por D. Juan Ugartemendía, y la Segunda compañía del IVª batallón de Artillería dirigida por Don Juan Lóriga. Al mismo tiempo, otra columna se veía forzada a descender del monte Irachaval, que había ocupado el enemigo en la primera acometida, cruzando el Bidasoa por el vado de Saraburo, no teniendo mayor fortuna las fuerzas que habían pasado el río por los vados superiores. Muy entrada ya la noche y lloviendo sin cesar, no volvieron ya los enemigos a dar señales de vida, permaneciendo dentro de su territorio. Su malogrado intento les había costado 3.600 bajas, según propia confesión.

Fue esta jornada muy gloriosa para los españoles, que experimentaron grandes pérdidas, elevándose según el parte oficial del general Freire a la cifra de 161 jefes y oficiales, 2.462 soldados entre muertos, heridos y extraviados. Entre los heridos se contaba con el general Losada, los brigadieres Castañón y Roselló, y el coronel Laviña; el brigadier jefe de Estado Mayor del Ejército Don Estanislao Sánchez Salvador tuvo dos caballos muertos. Los ingleses y los portugueses contaron con muy escasas bajas por haber tomado apenas parte activa en el combate. En cambio los franceses, que fueron rechazados en todos los frentes, debieron de experimentar pérdidas enormes.

Lord Wellington se presentó al final de la batalla y dio después una órden del día tan exagerada e hiperbólica, más propia de la fantasía oriental que del serio carácter británico, que parecía mejor burla que elogio ( Júzguenla Uds. hoy después de 186 años. La expresada alocución que tuvo lugar en el Cuartel de Lesaca, llegó a insertarse en la prensa de la época. Veamos La Gaceta de Madrid, del 19 de octubre de 1813:

"Guerreros del mundo civilizado: aprended a serlo de los individuos del cuarto ejército español, que tengo la dicha de mandar. Cada soldado de él merece con más justo motivo que yo el bastón que empuño. Del terror, de la arrogancia, de la serenidad y de la muerte misma, de todo disponen a su arbitrio. Dos divisiones inglesas fueron testigos de este original y singularisimo combate, sin ayudarles en cosa alguna por disposición mía, para que se llevasen ellos solos una gloria, que en los anales de la Historia no tiene compañera.

Españoles: Dedicaos todos a premiar a los infatigables gallegos; distinguidos sean hasta el fin de los siglos, por haber llevado su denuedo y bizarría a donde nadie llegó hasta ahora; a donde con dificultad podrán llegar otros, y a donde sólo ellos mismos se podrán exceder, si acaso es posible.

Nación española: la sangre vertida de tantos cides victoriosos fue recompensada con 18.000 enemigos y una numerosa artillería que desaparecieron como el humo, para que no nos ofendan más.

Franceses: huid pues o pedid que os dictemos leyes, porque el Cuarto ejército español va detrás de vosotros y de vuestros caudillos, a enseñarles a ser soldados."

No cabe más. Seguramente no necesitaban nuestros valientes soldados de tales ponderaciones para acreditar su acostumbrada bizarría y venir luego el señor Napier con la rebaja, en su "History of the Peninsular War". ¿Lo haría acaso el Lord en compensación de las herejías llevadas a cabo aquel mismo día por los cultos y humanitarios británicos en la infeliz San Sebastián?

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31-8-1813. ASALTO Y DESTRUCCIÓN DE SAN SEBASTIÁN

Después de la batalla de Vitoria (ver 21 de junio), no tardaron en presentarse los aliados frente a dicha plaza, pues ya el 26 había ocupado el general Mendizábal con ocho batallones las alturas de San Marcial y orilla derecha del río Urumea, estableciendo el bloqueo, y en su consecuencia los sitiados entregaron a las llamas el mismo día los arrabales de San Martín y Santa Catalina y el puente de dicho río y empezaron a fortificar el convento de San Bartolomé, en cuyo campanario montaron una pieza de a cuatro, tomando otras disposiciones y procediendo con la mayor actividad. La guarnición consistía en 3.200 hombres, bajo las órdenes del entendido general Rey, y la plaza estaba artillada con 58 piezas: 45 en las diferentes obras y 13 en las baterías del monte Urgull, habiendo además otras 18 en reserva.

El 9 de julio formalizó el sitio el general Sir Thomas Graham con la 5ª división británica, una brigada alemana de la 1ª división y otra portuguesa, componiendo un total de 10.000 hombres; y elegido como frente de ataque el del Este, llamado de la Zurriola, que era el más descubierto y débil, el mismo por donde fue atacada la plaza por el mariscal de Berwich en 1719, empezó la construcción de algunas baterías, dirigiendo los fuegos contra el convento de San Bartolomé y muralla dicha, para abrir brecha entre los cubos o torres de los Hornos y de Amezcueta. Sólo el 17 pudieron los británicos apoderarse de aquel edificio, completamente en ruinas, pues habían tirado sobre él hasta con bala roja, no abandonándolo sus valerosos defensores hasta que se vieron casi envueltos, después de quedar tendidos 250 de ellos. Contuvo de nuevo a los aliados en su avance un reducto circular, que no ocuparon hasta el 19 por la noche; y avivando el fuego de todas las baterías, en particular de una de la de la brecha, que llegó a hacer en quince horas y media 3.500 disparos con diez piezas de a 24 (Fuego tan precipitado no causó en los sitiados, durante el 22 de julio, más de 10 muertos y 27 heridos, a pesar de que algunas granadas contenían más de 400 balines, como pudieron comprobar los franceses con una del calibre de siete pulgadas cuatro líneas, y seis líneas de espesor), dejaron perfectamente franqueable una extensión de muralla de 50 metros, derruida por completo, y practicable otra brecha de diez metros de ancho entre la torre de los Hornos y el baluarte de San Telmo. El asalto lo dieron los sitiadores el 25 a la hora de la baja marea, dirigiéndose una columna a escalar el hornabeque de San Carlos, y otra a las brechas, por la orilla izquierda del Urumea; pero los franceses, que tenían acumulados al alcance de su mano gran cantidad de proyectiles, dejaron aproximar con admirable sangre fría a sus enemigos, y los recibieron con fuego tan terrible, que, desordenados ya algún tanto en sus trabajos marcha desde las trincheras, bastante distantes, por ser el piso muy pedregoso y resbaladizo, lleno de plantas marinas y aguazales, se acabaron de descomponer, y arremolinadas en el foso y al pie de las brechas las dos columnas, sufrieron miserable estrago y acabaron por huir en la mayor confusión, comunicando el pánico a las demás columnas que debían apoyarlas. Los ingleses, que experimentaron muy cerca de 2.000 bajas, tuvieron que pedir una suspensión de hostilidades para recoger sus heridos, en inminente peligro de ahogarse por empezar a subir la marea. Los sitiados no tuvieron más de 18 muertos y 49 heridos.

Esquema de la batalla (83.935 bytes)

Lord Wellington presentóse al día siguiente de tan desastrosa refriega, y mandó suspender las operaciones del sitio hasta que, habiendo recibido más artillería y municiones, se reanudaron aquellas el 22 de agosto. El 26, sesenta y tres piezas, distribuidas en ocho baterías (La número III (2 obuses de a 8 pulgadas); la núm. IV, armada con seis cañones de a 24, cuatro carronadas de 68 y cinco obuses de ocho pulgadas, y la número IX, con quince cañones de a 24, para perfeccionar las brechas antiguas de la muralla del Este y abrir otra en al cara izquierda del baluarte de San Juan; la núm. V (un mortero de 12 pulgadas y cinco de 10) para tirar detrás de las brechas y contra el castillo, batido también por las núms. X y XIII, de cuatro y seis morteros de 10 pulgadas. Las baterías núms. XI y XII (seis piezas de 18 y siete cañones de 24 y dos obuses de 8 pulgadas) debían abrir brecha en el hornabeque y en la cara derecha del baluarte de San Juan. Después se construyó la batería núm. XIV (cuatro cañones de 24) también contra el frente de tierra.), rompieron un fuego destructor, quedando bien pronto la artillería de la plaza reducida al silencio y convertidas poco menos que en escombros la mayor parte de las obras y de los edificios colindantes en una extensión de más de 250 metros. Había llegado, pues, el momento del asalto, que dieron con el mayor brío los ingleses a las once de la mañana del 31 de agosto, dirigiéndose rápidamente las columnas de ataque hasta el extremo derecho de la paralela, a lo largo de la playa, a las brechas del baluarte de San Juan; y pocos momentos después, empeñada ya sangrienta contienda por aquella parte, partía una columna portuguesa de la trinchera de la orilla derecha del Urumea, vadeaba el río, y dividiéndose en dos, se lanzaba también al asalto por la Zurriola. La lid, de larga duración, fue sumamente honrosa para sitiados y sitiadores, pues por una y otra parte se peleaba con valor heroico, tirando la artillería británica por encima de los asaltantes, y después de tres horas de porfiado bregar, llevaba ya visos de malograrse para los aliados, tal era la bravura desplegada por los defensores, cuando una granada produjo casualmente la voladura de un repuesto de municiones que había inmediato a la muralla, ocasionando gran número de víctimas; y los anglo-portugueses aprovecharon aquellos momentos de estupor para meterse en la ciudad. Los franceses fueron replegándose hacia el castillo de la Mota con el mayor orden, sin dejar en poder de sus enemigos más que 280 prisioneros, la mayor parte heridos, conservando el convento de Santa Teresa. Los aliados experimentaron, según el parte oficial del general Graham, 2.573 bajas (Con gran sorpresa hemos visto en el estado detallado de dichas pérdidas, que la mayor parte (261 muertos y 1.327 heridos) corresponden a los españoles, y sin embargo, en la relación que del asalto hace dicho general a lord Wellington el 1º de septiembre en Oyarzúm, no menciona tropa alguna española, pues en efecto no tomaron parte en el asalto; estaban a aquellas horas peleando bizarramente en San Marcial, guardando las espaldas de los que tan villanamente asesinaban y destrozaban a sus propios aliados. Consultado por nosotros el ilustre historiador de esta guerra, general Gómez de Arteche, ha tenido la bondad, que agradecemos, de resolver el enigma, aclarando con los mismos documentos oficiales, que en dicho estado se incluyen también las bajas experimentadas por los aliados en la batalla de San Marcial. Como la cifra correspondiente a los españoles, no concuerda con la que insertamos (parte oficial del general Freire: 161 jefes y oficiales y 2.462 soldados), creemos que éste debió dar el número total de bajas de los aliados (ingleses, portugueses y españoles), entre ellas muerto el ilustre ingeniero Sir Richard Fletcher, principal trazador de las líneas de Torres Vedras, y heridos el teniente general Leith y los mayores generales Oswald y Robinson.

Los habitantes de San Sebastián esperaban impacientes y alborozados a los que creían sus libertadores, convertidos luego en sus cobardes e inhumanos verdugos.

Ansiosos de saludar a los aliados y amigos de España, se asomaban a ventanas y balcones, y aun salían a su encuentro para agasajarlos, agitando los pañuelos para darles la bienvenida; mas la soldadesca correspondió a balazos a tan afectuosas demostraciones (autorizada por la oficialidad, pues no consta nada al contrario) y esta conducta extraña fue triste presagio de los horrores que sucedieron después y cuya sola memoria estremece. Aún no habían los franceses desalojado completamente la ciudad, y ya los vencedores, desentendiéndose de sus valientes enemigos, que tan caro les habían hecho pagar su triunfo, creyeron menos peligroso dar rienda suelta a sus bestiales instintos, asesinando a personas respetabilísimas, violando a mujeres de todas edades y condiciones, entregándose al saqueo y a la rapiña, todo con espantosos y repugnantes detalles que encienden el rostro de indignación y de ira. El incendio puso digno remate a obra tan infernal, propia tan sólo de las salvajes hordas de Atila. Y no se diga que estaban borrachos los autores, pues aunque lo estarían como de costumbre los que dieron el asalto, para acrecer su valor, tomaron parte también en dichos escandalosos sucesos otras tropas que vinieron del campamento de Astigarraga sin fusiles para tener más listas las manos, y hasta los empleados de las brigadas acudían con los mulos de la administración para cargarlos de efectos, teniendo también parte en el botín tripulaciones de los transportes británicos surtos en el puerto de Pasajes. San Sebastián quedó completamente destruida, pues de 600 casas que antes contaba, sólo se libraron del fuego unas 40; y quedaron sin recurso alguno, en el mayor desamparo, más de 1.500 familias. Las pérdidas materiales se calcularon en 102 millones de reales (Lord Wellington, a quien se pidieron explicaciones, calificó el saqueo y los atropellos como consecuencias naturales de la guerra, echando la culpa del incendio a los franceses; mas instruido solemne proceso por el juez D. Pablo Antonio de Arispe en averiguación de las causas de aquel triste suceso y de la conducta de las tropas británicas y portuguesas, resultó todo lo contrario. Dicho proceso lleva la fecha del 20 de noviembre de 1813.)

La guarnición acogida al castillo, no capituló hasta el 8 de septiembre (ver este día).

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